En el estado español se llega casi al millón de infectados, contabilizados, y el resto de países, principalmente los vecinos europeos que nos tienen más cerca —y seguramente por ello les da más miedo la situación que aquí tenemos—, se hacen cruces de cómo se ha podido llegar a esta cifra. Es difícil no pensar que el virus en España está del todo descontrolado y sin que eso quiera decir que no pueda, en absoluto, pasar en otros lugares, ciertamente hay peculiaridades del funcionamiento, del talante español, que sin duda ayudan a engrosar las listas de afectados y de muertos.

No estoy en ningún caso comparando españoles y catalanes —aunque las raíces culturales no sean las mismas y eso imprima diferencias fácilmente reconocibles—, porque estoy hablando de las consecuencias que tiene para todas y todos nosotros, los que vivimos en España, el tipo de estructura organizativo-administrativa y especialmente el tipo de valores que la fundamentan. El Estado no lo tenemos, lo sufrimos. ¿Habrase visto que el mismo estado que decreta que la mascarilla es de uso obligatorio, no por estética sino como primer elemento para evitar el contagio, le aplique al artículo un 21% de IVA?

Claro que es el mismo estado que declaró que no impuso la obligatoriedad de la mascarilla antes porque no había, y el mismo que ahora deja que cada uno se la haga en casa.

La de España es una organización política, jurídica, económica y social que no deja nunca de trabajar —a pesar de ganar la izquierda— por los poderosos

Esta cultura administrativa que tenemos deja una huella en el comportamiento de todas y todos, los gestores y las gestoras y la ciudadanía, que no nos ayuda nunca, pero menos todavía en una pandemia como esta. Y no quiero disculpar el comportamiento irresponsable de una buena parte de la ciudadanía que por no poder sentarse en una terraza hace cola en el bosque o en los centros comerciales.

No pienso que se pueda hablar de culpables, pero sí las responsabilidades tienen que estar claras. Aunque pienso también que no hay solo una causa que explique el desbarajuste en la gestión de la pandemia; y no sé —de hecho pienso que no— si alguien las sabe todas. Pero de hecho llueve sobre mojado en un estado centralizado que hace bandera mucho más del pasado que del futuro; un estado donde la singularidad de los fenómenos —o las situaciones diferenciales en comparación con Europa o el mundo— que se producen se vincula, demasiado a menudo, a factores como la situación geográfica y el clima.

De hecho, esta es una vía de salida fácil, por inevitabilidad natural; más cómoda porque bloquea la crítica y evita tener que focalizar el problema en la organización social, política, económica y jurídica del país en cuestión, y por lo tanto, en la evidencia palmaria que hace falta una profunda renovación, del orden establecido. La de España es una organización política, jurídica, económica y social que no deja nunca de trabajar —a pesar de ganar la izquierda— por los poderosos; para enriquecer a alguna persona o personas, siempre las o los mismos, o si son nuevos, en todo caso, afines a algún partido en el poder. ¿Después de todo, por eso se llega, no?

No es ni befa, ni broma, ni cinismo; ¿sino de qué otra manera podemos entender los cambios en los discursos, o las incongruencias entre las palabras y los hechos de incluso partidos antisistema en el gobierno?

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