Esta semana la familia real ha hecho el pleno; bueno, siempre pueden superarse, que nada más estamos a martes. Al Rey le ha llegado una carta firmada por más de 70 militares, en la reserva, supongo que los otros, los que están en activo, no pueden —o quizá no quieren—, que se declaran seguidores de las tesis de Vox y están contra el gobierno de la nación por ser “social-comunista” y estar apoyado por “filoetarras” e “independentistas” y por poner en riesgo “la unidad de la nación”. Lo más grave, se ponen a disposición de la Corona y no sabemos para qué, aunque puede adivinarse fácilmente.

Que a los militares les pueda gustar Vox no dice nada nuevo, pero iba a escribir que el hecho de que envíen esta adhesión manifiesta al rey, sí; aunque, de hecho, tampoco. Si una cosa ha quedado clara desde la Transición —con periodos de disimulo forzados por las circunstancias—, es que el ejército no ha hecho la transición democrática —tampoco otros cuerpos, armados o no—. Y el país, me refiero a su conjunto, en eso los acompaña.

Quizá ahora que el otro rey de la democracia parlamentaria, Juan Carlos I, ha caído en desgracia con respecto a la vertiente del lucro, sabremos de verdad cuál fue su papel real también en el golpe de estado de Tejero, el del 23-F. Del actual rey sí que ha quedado clara —y no hablo solo del 3 de octubre y su discurso a la nación— la particular visión que tiene del estado del que es el jefe y también de su relación con el gobierno, mejor o peor, pero democrático, que lo sustenta en el poder.

Si una cosa ha quedado clara desde la Transición, es que el ejército no ha hecho la transición democrática. Y el país en esto lo acompaña

No sé si quiero que conteste o no a esta carta. No sé qué es peor, porque se puede hacer o decir, y no hacer o no decir, una cosa por delante y otra por detrás. De estar de cara a la galería han hecho —o tendrían que haber hecho— un oficio, aunque solo sea por los años que llevan en la familia dedicándose a ello. Como en el caso de la Reina, que se ha puesto más tarde, pero ha ido adelantando cursos —no sabemos si como los superdotados o por las ganas y las horas que ha dedicado— y lo ha demostrado este lunes por la mañana en València.

Leo que ha ido a la entrega de unos premios, los Jaume I, en sustitución del monarca. Y no puedo por más que quitarme el sombrero ante un discurso tan mesurado. La Reina ha dicho que la investigación es necesaria para afrontar la pandemia de la Covid-19 y para proyectar —en este caso se refería a los galardones, muy bien dotados económicamente— una España moderna, solidaria y fuerte. Y ha señalado el talento, el esfuerzo y la generosidad de los galardonados por su contribución en los respectivos campos de trabajo. Mejores palabras no se podrían encontrar, aunque no pueden ser más falsas.

Si lo más importante es investigar, por qué no hablamos de lo que cuesta la monarquía y lo que se dedica a la investigación en este país; el grande, quiero decir, el Reino de España. Por qué no hablamos de los gastos de la casa real, que se hacen pasar además —de vez en cuando, no cada día, menos todavía cuando se van de vacaciones privadas— por una familia “normal”. Pues si lo son, quiero decir una familia normal, que sufran por si les llega o no el ingreso del ERTE o de la ayuda a los y las autónomas o de cualquiera de las ayudas al uso de las que se ha provisto el gobierno de la nación para paliar las desigualdades. ¿Qué desigualdades? Pues las mismas que crea la propia estructura del estado del cual el Rey es el jefe. Unas desigualdades que matan y que aprovecha la Covid-19 para matar más y además de manera diferencial. Ante esta realidad, hablar de solidaridad o del esfuerzo y la generosidad de los galardonados adquiere otra dimensión, y no pueden ser estas palabras más hirientes

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