Fue el primer ministro francés Georges Clemenceau quien utilizó, por primera vez, el término “cordón sanitario” fuera del ámbito de la medicina o la sanidad. Se refería a la necesidad de que los nuevos Estados independientes nacidos después de la Primera Guerra Mundial, conocidos con el nombre global de Estados fronterizos o Estados limítrofes, formaran una alianza militar para contener a la Unión Soviética y la expansión del comunismo internacional. Estos nuevos Estados eran Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumanía y Finlandia. Inicialmente también estaban Ucrania y Bielorrusia, pero enseguida cayeron bajo el yugo soviético y se convirtieron en países secuestrados. Seguramente, la condición de médico de Clemenceau le condicionó a la hora de encontrar un nombre para un concepto: la contención política o diplomática, que en el ámbito de la medicina hacía siglos que se llevaba a cabo mediante cuarentenas o confinamientos de la población enferma o infectada. El término hizo fortuna y se abrió paso en el ámbito de la política internacional, hasta que a partir de los años ochenta se convirtió en una frecuente doctrina política en Europa. Que yo sepa, la primera vez que se acuñó el término en el ámbito estrictamente parlamentario fue en Bélgica, con la intención de aislar a los nacionalistas de la derecha radical flamenca.
Hoy, en política europea, los cordones sanitarios están a la orden del día y se aplican aquí y allá, con mayor o menor solidez y con mayor o menor hipocresía. Pero lo cierto es que, muy mayoritariamente, no han servido para lo que debían servir. Por el contrario, a menudo han servido para que los partidos sometidos a estos cordones se puedan victimizar constantemente y, por lo tanto, incrementar su apoyo electoral. En Francia, donde los socialistas fueron pioneros en hacer crecer el Front National de Jean-Marie Le Pen y al mismo tiempo le condenaron a un cordón sanitario, el resultado de esta estrategia es el siguiente: el Partido Socialista, que un día fue hegemónico, tiene hoy solo 65 diputados de los 577 miembros de la Asamblea Nacional, mientras que Rassemblement National tiene 123 y su líder, Marine Le Pen, está a las puertas de ganar las elecciones presidenciales. En Italia, Giorgia Meloni es ya primera ministra del país y en otros países vemos cómo la extrema derecha, que es a quien suele someterse a un cordón sanitario, es una alternativa sólida de gobierno. En España, por ejemplo, será imposible que el PP llegue al gobierno central sin un pacto con Vox, que ya ha gobernado algunas comunidades autónomas (por suerte, de manera muy torpe).
En Catalunya, como no podía ser de otra forma, ya se ha tocado a rebato para hacer un cordón sanitario político contra Vox y contra AC. El objetivo formal es no alcanzar acuerdos ni pactar nada con ellos. Es posible que, efectivamente, no haya mucho que pactar con Vox ni con AC, pero sí sé que este cordón sanitario, propuesto, diseñado y aplicado con una vigilancia digna de la Stasi por determinada izquierda catalana, tiene un segundo objetivo, más discreto y menos explicado. Este segundo objetivo no es otro que impedir, de forma indefinida, el acceso de Junts a ninguna esfera de poder; o, dicho de otro modo, facilitar el acceso, de forma indefinida, del PSC y los Comuns a todas las esferas de poder. Con este cordón sanitario, Junts solo puede pactar con los cuatro partidos de la izquierda catalana, pero, por norma general, el PSC, ERC, Comuns y CUP no quieren pactar nunca con Junts, por lo que el cordón sanitario, en realidad, es contra Junts. Dicho de otro modo: los Comuns nunca pactarán nada en ningún lugar con Junts, pero quieren determinar con quién puede pactar Junts. Lo mismo vale, más o menos, para el resto de partidos de la izquierda catalana.
A un año de las elecciones municipales, el objetivo real del cordón sanitario es quitarle el máximo número de alcaldías a Junts (y también a ERC), aunque hayan ganado las elecciones con mayoría simple. No tengo ninguna duda de que, durante la campaña, se dirá lo de “¿usted aceptará los votos de tal partido para ser alcalde?”, una pregunta tramposa y absurda porque los votos son libres y un candidato no puede renunciar a los votos de nadie si este nadie quiere votarle a él. La parte más curiosa (o no) es que los partidos que quieren aplicar cordones sanitarios y harán esta pregunta se los saltan cuando les conviene a ellos. Así, hemos visto cómo Ada Colau en 2019 no tuvo ningún reparo a la hora de pactar con Manuel Valls, que se presentó con Ciutadans, para arrebatar la alcaldía al candidato más votado, que fue el republicano Ernest Maragall. O cómo, cuatro años después, Jaume Collboni no tuvo ningún problema en pactar con el PP para arrebatar la alcaldía al juntaire Xavier Trias, que fue el candidato más votado. Y que nadie tenga ninguna duda de que socialistas y Comuns volverán a hacerlo, sin escrúpulo ni sentimiento de culpa. Porque, a diferencia de Junts y ERC, son partidos estrictamente de poder, donde la moral o la ética tienen un papel residual. Y por eso aplican cordones sanitarios, visibles o invisibles, a los demás, mientras que ellos no se aplican ninguno. Prefieren dos días de malos titulares y cuatro años de gobierno, en vez de dos días de buenos titulares y cuatro años de travesía del desierto. Y pienso que quizá tengan razón y que es el camino a seguir.
