Los pesimistas de guardia (que nunca faltan) afirman que el progreso nos ha acabado conduciendo a la perpetración de algunas catástrofes. Quizás sí, pero primero debemos ponernos de acuerdo sobre qué entendemos por progreso, y sobre cómo lo definimos.
Si el progreso consiste en vestirse con prendas de usar y tirar hechas en el sudeste asiático y de vida y moda efímeras, o en ir a alimentarse en locales de cadenas de comida rápida, o en coger aviones con billetes a veintinueve euros, quizás habría que posicionarse contra el progreso, al menos, contra este tipo de progreso. Pero si se privilegia hacer mejor las cosas, en lugar de hacer más; y si lo que se fabrica lo hacemos empleando energías renovables y descarbonizadas, menos caras; y si podemos permitir el acceso a la energía por parte de los más desfavorecidos; y si logramos que más personas tengan acceso a la salud y a la educación; y si esto implica que se pueda ir a la otra punta del mundo sin contaminar… entonces hay que estar a favor del progreso.
En todos los ámbitos que acabo de señalar han existido progresos, pero podríamos hacer más e ir más deprisa. Pero el tema es que las empresas que se quieren implicar en ello tropiezan con las administraciones (no lo bastante diligentes), con la burocracia y los burócratas (que son legión, al grito de "¡esto se ha hecho siempre así!"), con normas (a menudo obsoletas o reiterativas o incomprensibles), o con las certificaciones (que no acaban de llegar nunca), o, sobre todo, con la ignorancia de unos interlocutores cómodamente instalados sin correr riesgos.
La voluntad de permanencia del statu quo y el miedo al cambio son unas constantes universales, y tenemos montones de ejemplos. Miremos, si no, el trabajo que ha hecho en el sentido de abrir mentalidades y expectativas (¡y desde el año 2003!) Bertrand Piccard, PDG de Solar Impulse, y ahí anda todavía, que no ha sido nada… Y eso que predica un tema que, en principio, debería interesar a muchos: la rentabilidad de la ecología. Tal como él indica, en la transición ecológica hay que empezar por suscitar la voluntad de cambio, para después pasar a dar las herramientas para cambiar, acabando por dar confianza al cambio, mostrando que el mañana será mejor que el antes. Quizás estamos donde estamos porque esto no lo hemos hecho, o no hemos hecho suficiente.
Es necesario que la ecología se presente en forma de freno al desbarajuste, de freno a la pérdida de dinero y recursos, de lucha eficaz contra la contaminación
Queda claro, pues, que hay que empezar por involucrar a quienes deciden para convencerlos de que la modernización y la eficiencia que apliquen a procesos y objetivos les retornarán en forma de beneficios. En este sentido, hay que hacerles entender que es necesaria primero la eficiencia por encima de la sobriedad, que estamos hablando de inversiones rentables (en el plazo razonable que se convenga), y que se trabaja por las generaciones futuras, pero a la vez también para la generación actual.
Aunque se haya dicho por activa y por pasiva, debemos ser cuidadosos en no hablar de crisis, sino de oportunidades, y deberíamos ser capaces de no hablar de decrecimiento, sino de crecimiento cualitativo. En el campo de la ecología, como en todos los campos del saber, es importante emplear un lenguaje adaptado, positivo y estimulante. Todo lo que se presenta en negativo, se percibe en negativo.
Una de las dificultades que nos encontramos para impulsar estos cambios es que los partidarios del decrecimiento parece que no comprenden la diferencia entre facturación y beneficio. De hecho, deberían saber que se puede disminuir la facturación de un negocio aumentando el beneficio. Porque necesitamos seguir creciendo para poder sostener la sanidad, la enseñanza, los servicios sociales, la defensa, etc. Hay malentendidos que hay que corregir cuanto antes: el objetivo es crecer, aumentando beneficios, sin implicación directa con facturación, y eliminando excesos y sobrecostos.
Lo que no podemos hacer es quedarnos estáticos, respetando la definición de locura que formuló Albert Einstein: “hacer siempre lo mismo esperando un resultado diferente”.
En este sentido, es negativo presentar los avances ecológicos en términos de sacrificio, sino que hay que hacerlo afrontando los problemas que provienen de unas infraestructuras arcaicas, ineficaces, derrochadoras, contaminantes y caras.
El mundo actual, tal como aún lo percibimos, está pasado de moda. Los motores térmicos son ineficientes, como lo son los aislamientos que hay en nuestras viviendas, o como lo son las bombillas incandescentes, los sistemas de calefacción y de climatización de espacios cerrados, o la combustión de energías fósiles.
Hay que fomentar la adhesión y no las reticencias, y por eso es necesario que la ecología se presente en forma de freno al desbarajuste, de freno a la pérdida de dinero y recursos, de lucha eficaz contra la contaminación (que nos afecta directamente) y en términos de creación de más puestos de trabajo y de apertura de oportunidades económicas.
Hay que precisar los objetivos y alcanzarlos. Y hay que hacerlo aplicando el sentido común por todas partes. Y junto al sentido común, la curiosidad, la perseverancia y el respeto. Si no lo hacemos así todos juntos, nos la acabaremos pegando.
