Supongo que esta inaugurada mala leche me viene de que me he roto el meñique del pie. O de que es más fácil ser simpática cuando todo te va bien. Creo que me cuesta digerir la cortisona que me he tenido que tomar. Es lo que tiene ser autónoma. Pues resulta que un montón de personas que me comparten por las redes me han hecho saber que es muy común romperse el dedo, sobre todo si resulta que nos levantamos dormidos por la noche para hacer pipí y nos damos golpes contra las patas de la cama.
—Claro, eso te pasa por no llevar zapatillas en casa.
Bien mirado, veo que con 44 años y andando casi siempre descalza, se me han roto pocos dedos. Podría parecer que me lo hice en una cata de callet versus mantonegro en Mallorca. Pero casi siempre todo es menos glamuroso de lo que parece por pantalla. Resulta que mi hija me despertó a medianoche diciendo que no había papel higiénico y yo, sin calcular el parámetro de la puerta, me destrocé el dedo meñique. Algo absurdo, por cotidiano, que ha sucedido justo en la semana en la que tenía más viajes de trabajo. Tengo fama de empollona, tanto en los hoteles donde trabajo como en los congresos en los que participo, y que hago horario infantil y que intento cuidarme al máximo. No hay drama. Esté donde esté en el mundo, aprovecho siempre para escribir. Porque así, cuando estoy en casa, puedo estar cien por cien con mi gente. Lo del dedo me fastidia. Dejar de hacer deporte durante un mes me costará suministrar la dopamina que necesita mi cerebro. He aprovechado para ponerme al día de cosas que nunca tengo tiempo de ver. Y sí, lo siento, dentro de mi autodestrucción de comer mal debido a que no soy capaz de hacer ayuno por la medicación, he visto el documental Melania. No quise ir al cine para no darle dinero. A pesar de las críticas recibidas, no creía que podía ser tan malo. Incluso para una servidora, conocida como "Wines and the city", el documental me ha hecho explotar la cabeza. Aparte de ver el tema de los outfits a medida, no hay nada interesante. Una pena, porque era un gran momento para demostrar algo. Habría sido importante mostrar un poco de humanidad en la vida eminentemente pública de la primera dama, y no tanta superficialidad.
Reconozco que a día de hoy disfruto más con un libro que con un vino
Ha sido una semana extraña esta, en la que he tenido que viajar a Conil de la Frontera con un dedo pegado al otro y con muleta, y en la que me han llevado en silla de ruedas por los aeropuertos. Gente mayor, lesionada, con poca movilidad o con Alzheimer han sido mis compañeros de viaje, y he descubierto el mundo de los carros de los aeropuertos. Miro el móvil y veo a Rosalía disculpándose por no poder continuar el concierto. Las veces que ha pasado que alguien se va por las patillas y no lo hemos sabido. Qué daño hacen las gastroenteritis. Recuerdo el día en que, estando en la tele, sufrí un aborto en directo. No he podido ver nunca ese trozo porque me pondría a llorar al ver mis ojos disociados. Una vez, incluso, presenté una cata en inglés de una reconocidísima marca de cafés antes de que me tuvieran que hacer otro legrado. No quería perder, aparte del bebé, el trabajo y el dinero. Se llama evitación experiencial y lo teorizó el doctor Steven Hall. Intentar controlar lo que sentimos, no quejarnos para no mostrarnos vulnerables. Esta mierda del "yo puedo con todo", siempre relativizando las cosas porque tienes miedo de quedarte en el malestar. Porque escapar del dolor no significa que todo esté bien. Escribo en un AVE Barcelona-Madrid, una semana después de la muerte de Noelia, y sigo leyendo a gente que habla por hablar. Pero, claro, es mejor esto que pensar en lo del bebé de seis semanas abusado por sus padres. O las putas guerras que fingimos no darnos cuenta de lo grave que es todo esto. Miro la última peli de Cesc Gay en Netflix 53 domingos y creo que el arte es la única medicina que puede curar o distraerte de la vida. También me he terminado el libro de Llucia Ramis Un metro cuadrado, IV Premio No ficción Libros del Asteroide y el de Agnès Marqués, Premio Ramon Llull, La segunda vida de Ginebra Vern. Es lo que tiene no poder moverte mucho. Leyéndolos, he recordado las cosas que he vivido y los secretos de otras vidas. Reconozco que a día de hoy disfruto más con un libro que con un vino.
—No es que camine sexy, es que estoy coja —pensaba en el desbarajuste de mi escoliosis. Hasta que he tenido que triplicar el tiempo para moverme. No es verdad que piano, piano si arriva lontano y menos por Semana Santa.
