Después de que hayan transcurrido tres meses desde las elecciones catalanas del 27 de septiembre, tampoco ha sido este domingo el día para decidir cómo queda la legislatura en Catalunya. Si era la asamblea de la CUP la que tenía que tomar la decisión en Sabadell, los militantes y simpatizantes cuperos la han adoptado con un pronunciamiento no muy diferente al que ha tenido el grupo parlamentario hasta la fecha: un empate matemático a 1.515 votos. O sea, no decir la última palabra.
De entre todas las posibilidades que había de que no se produjera una decisión, ha acabado por darse la más insólita, la estadísticamente más improbable y la que no ofrece una respuesta a qué hacer a partir de ahora. ¿Cómo se desempata un empate? Lo más lógico sería repartir los diez parlamentarios entre cinco votos afirmativos y cinco abstenciones pero esto sería para el sector más reacio a continuar el proceso e investir a Artur Mas tanto como haber perdido la asamblea. Cosa que, de hecho, en muy buena parte ha sucedido, porque la base ha dado un revolcón a la dirección que muy mayoritariamente había calentado el no al proceso y el no a Mas.
La dirección de la CUP debe encontrar una fórmula que respete la voluntad de la asamblea, donde la mitad de los delegados ha votado investir a Mas y aceptar la propuesta que Junts pel Sí entregó a los cuperos para debatir, a partir de una hoja de ruta, un plan de choque de emergencia social y un proceso constituyente popular y democrático. Es evidente que cualquier atajo que prescinda de la voluntad de este 50% deslegitimaría a la asamblea.
En todas estas sumas y restas que se van a hacer hasta el próximo día 2 –cuando tendrá lugar la siguiente reunión de la CUP, la de su consejo político ampliado a los miembros del Grup d'Acció Parlamentària–, valdría la pena que la formación política incorporara a su análisis que 1,7 millones de votos a Junts pel Sí en las elecciones del 27S se merecen al menos el mismo respeto que han tenido ellos con la CUP. Sobre todo, después de constatar cómo se trataba de impedir que el candidato de la fuerza política que ganó las elecciones llegara a la presidencia de la Generalitat, planteando insólitamente el veto a una persona por encima de un programa político. La nueva política tiene a veces demasiados tics de la vieja. Todo ello después de una jornada que también se podría resumir como el día en que la CUP en pleno no quiso decidir.