Ayer, como cada domingo, vi una película despatarrada en el sofá. Le tocó el turno a Noé (Noah, en la versión original), una película fantástica (en todos los sentidos) del año 2014, dirigida por Darren Aronofsky (un director al que le gusta explorar los límites psicológicos del ser humano) y protagonizada por unos espléndidos Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson y Anthony Hopkins, entre otros. Noé es una adaptación épica y muy libre del relato bíblico del diluvio (Gn 6-9): Noé (Russell Crowe) tiene visiones divinas que lo avisan de que habrá un diluvio universal y que le ordenan que construya un arca para salvar un macho y una hembra de cada especie (hoy, con todo el tema del antibinarismo, se habría vuelto loco para encontrarlos) y que ponga fin a la existencia de la humanidad, que desde el pecado de Adán y Eva, en el jardín del Edén, y de su hijo Caín (que mató a su hermano Abel) ha ido de mal en peor. Como me ha pasado con todas las películas que he visto de este director (Requiem for a Dream, por ejemplo), me removió por dentro y me dejó pensativa; y, en este caso, incluso me hizo tener ganas de leerme la Biblia de cabo a rabo (hace años que busco tiempo para hacerlo).

Me dejó pensativa, sobre todo, porque vi paralelismos muy evidentes con el momento actual. Los humanos, como en Noé, seguimos matándonos los unos a los otros por avaricia, por miedo, por narcisismo…; de excusas no nos faltan. A pesar de vivir en la época de la historia en la que algunos (no todos, ni mucho menos) hemos tenido más comodidades —gracias a un capitalismo feroz que tritura todo lo que sea necesario para que una minoría siga ingresando a final de mes cantidades desorbitadas de dinero—, no hemos mejorado. El mundo se divide en tres grupos: los que tienen el privilegio —gracias a su perversidad y su narcisismo— de ser los dueños del mundo; los que tienen el privilegio de formar parte de la sociedad del bienestar, y los pobres desgraciados a los que les ha tocado (sobre)vivir miserablemente para que los dos primeros grupos puedan existir. Diría que todo el mundo ya sabe quién es quién en este mundo y qué territorios son los vertederos del mundo a pesar de tener tierras raras (tan necesarias para la tecnología que estamos implantando por todo el planeta y que tanto están enriqueciendo a los del primer grupo) y suficientes recursos para salir adelante (si se lo permitieran). Me parece que los miserables no son precisamente los del tercer grupo.

Ahora no construimos arcas (para salvar lo bueno que queda en el mundo), construimos cohetes para que los dueños del mundo se puedan ir a vivir a otro planeta cuando este reviente

Cambia la forma (el contexto), pero no el contenido. El resultado es el mismo: los humanos se matan los unos a los otros; eso sí, algunos por razones más nobles que otros (como ha pasado siempre). Noé (el de la Biblia) construyó un arca de madera de ciprés para salvar a los animales (víctimas inocentes de la maldad del ser humano) y a sus hijos, su mujer y sus nueras, tal como Dios le indicó —una buena manera de limpiar y empezar de cero—, pero la inclinación del hombre hacia el mal no desapareció —como muy bien sabemos— y la obra de Dios (matar a casi toda la humanidad) no sirvió para nada. Ahora no construimos arcas (para salvar lo bueno que queda en el mundo), construimos cohetes para que los del primer grupo (los dueños del mundo) se puedan ir a vivir a otro planeta cuando este reviente (principalmente gracias a ellos) y máquinas para sustituir a los humanos del primer y el segundo grupo, que se quejan porque no llegan a final de mes o porque están desnutridos. A los del primer grupo se les debe hacer muy pesado tener que aguantar tantas quejas cuando podrían tener montones de máquinas con rostros y pechos a la carta que les dicen que sí a todo (o eso creen; que no les salga el tiro por la culata) y vivir eternamente en este sueño húmedo de poder y de inmortalidad gracias a la tecnología. Veremos (o no) cómo acaba la cosa. No tiene muy buena pinta.