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Normalmente, los que menos se dan cuenta de un cambio son aquellos que lo están viviendo. El día a día nos engulle y, de repente, no sabes cómo, ya ha terminado otro curso. No hace falta que sea 31 de diciembre para darnos cuenta de esta vertiginosa velocidad de crucero que lleva la vida. Con la llegada del calor hay una sensación parecida y contradictoria: de la alegría de un nuevo verano a la constatación de que somos un año más viejos (y suerte de seguir siéndolo). El verano llegó ayer y, mirando la agenda e intentando encajar los planes con todo el mundo con quien queremos quedar, ya parece que estamos en la Diada. Como decía Pere Calders: "Nací anteayer y ya estamos pasado mañana".

Precisamente porque acabamos revueltos dentro de esta centrifugadora que es el ritmo de la actual sociedad, va bien aferrarse a las cosas que no cambian —pequeñas brújulas— y el verano nos proporciona unas cuantas: volver al pueblo, quedar con los amigos de siempre, leer más libros, bañarnos en el mar, dejar pasar las horas, sentarnos en una terraza, quedarse embobado... Y todo esto empieza con la hoguera de la verbena. Rendir culto al sol la víspera del 24 de junio es una tradición pagana que, posteriormente y como siempre, la Iglesia se apropió, cristianizándola, y adaptó a la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista. Celebrar el solsticio de verano tiene más años que 'Nuestro Señor' —nunca mejor dicho— y representa un pistoletazo de salida hacia la época más libre y salvaje del año que también, de alguna manera, nos transporta a nuestra infancia indomable y feliz. Quizás por eso nos gusta tanto.

Mañana será la noche de petardos y humo. La pólvora de la vida. Que quema, que brilla, que estrena el verano que nos evidencia que nos hacemos mayores mientras seguimos recordando que fuimos pequeños

Entonces, cuando íbamos con pantalones cortos y las rodillas peladas (como recuerda la canción de Els Pets), los días eran eternos e incluso se nos hacían largas las vacaciones. Hoy el tiempo pasa volando y nos parece que el verano solo tiene diez semanas y para de contar, que septiembre es de azúcar, a pesar de que el equinoccio no llegue hasta finales de mes. Mañana será la noche de lucecitas de colores y cohetes. De petardos y humo que no a todo el mundo gustan, pero que forman parte del ritual. La pólvora de la vida. Que quema, que brilla, que estrena el verano que nos evidencia que nos hacemos mayores mientras seguimos recordando que fuimos pequeños, cuando las bicicletas no tenían cambio de marchas y los abuelos nos esperaban con la merienda en la mesa: una rebanada de pan de payés con vino, azúcar y canela (hoy en día alguien todavía los denunciaría por dar alcohol a menores).

Ahora que el arroz verdea, los olivos ya han echado muestra y los racimos de uva empiezan a enverar. Ahora que los flamencos incuban la cría y las algarrobas se abarrocan. Ahora que apuramos las últimas cerezas y empezamos a saborear la sandía —nuestro "melón de moro"—, ahora nos vienen a la cabeza las cabañas construidas en los árboles, hoy desmochados, la mobylette donde subíamos tres sin casco y sin hacernos daño, las dos horas sin meternos en el agua para hacer la digestión. La inocente bengala y el trueno de mecha, y aquella heladería artesanal del Eixample, La Ibense, donde continúo degustando mi helado preferido de siempre, el que pido desde que tengo ocho años: un cucurucho doble de chocolate y limón. Otra de aquellas brújulas que decíamos antes, costumbre entrañable e indicativo de que tampoco debemos ser tan viejos si todavía seguimos haciendo cosas de cuando éramos jóvenes.