Ceuta y Melilla son África. Sobre esto, geográficamente, no hay duda ni discusión posible. Que administrativamente las dos ciudades pertenezcan a España y, por lo tanto, a la Unión Europea (UE) es un accidente que cualquier día puede revertirse. Y este es el principal escollo que impide que los españoles entiendan que un simple cambio de soberanía a favor de Marruecos resolvería todos los problemas alrededor del fenómeno migratorio que hay planteados en estos momentos. Para ellos, sin embargo, sean del color que sean —tanto es si del azul del PP o del verde de Vox como del rojo del PSOE o del morado de Podemos, Sumar y compañía—, la unidad de España es sagrada y nada que la ponga en cuestión es negociable. "Antes roja que rota", que popularizó durante la Segunda República el político conservador español José Calvo Sotelo, en el sentido de que la derecha prefería perder el poder y que gobernara la izquierda e incluso los comunistas antes que malograr la unidad territorial de España con la independencia, por ejemplo, de Catalunya o de Euskadi.
Un mes y medio después de la entrada, el 30 de julio, de más de 70.000 inmigrantes irregulares en Ceuta, el Gobierno ha sido incapaz de resolver el desbarajuste provocado por la invasión procedente de Marruecos y la situación se ha convertido en un auténtico polvorín. Pedro Sánchez y los ministros a quienes les ha tocado dar la cara se han empecinado en desoír las peticiones de devolución de todos los migrantes llegadas desde diferentes instancias, muy especialmente desde los órganos de la UE, y han permitido con su inacción que el conflicto se enquistara. De hecho, la gestión de la crisis que se ha hecho y se hace desde la Moncloa puede ser la sentencia definitiva para un líder del PSOE que ha tocado fondo —el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) así se lo pronostica— y, esta vez, no parece que nada ni nadie esté dispuesto a salvarlo. La imagen de ministros contradiciéndose, de avisos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) a los que nadie hizo caso, de informes de la policía desmintiendo la versión oficial según la cual Marruecos no tuvo nada que ver y —¡atención!— la culpa fue de Rusia y de Israel, de la Zarzuela y la Moncloa disintiendo sobre si Felipe VI debía o no visitar Ceuta y, en fin, de una serie de incongruencias y de anomalías que han dejado España en estado de shock y al borde del colapso.
Una situación de desconcierto generalizado —también del PP, que como alternativa de gobierno que se supone que es tampoco ha sabido estar a la altura del momento— que recuerda la del 1898, cuando la derrota ante Estados Unidos representó la pérdida de los últimos bastiones coloniales de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. A partir de aquel desastre —que es como la historia ha bautizado el episodio—, en España se volvió a poner el sol y desde entonces no ha levantado nunca más cabeza. Lo poco que le quedaba, los enclaves del Sáhara, Sidi Ifni, Río Muni y Fernando Poo, pasó, en la segunda mitad del siglo XX, en el caso de los dos primeros a Marruecos y en el de los dos últimos a Guinea Ecuatorial. Y hoy Ceuta y Melilla —con la propina de las islas de Alborán, Alhucemas, Chafarinas y Perejil y el peñasco de Vélez de la Gomera— son las rémoras de aquellas posesiones norteafricanas —las islas Canarias, a pesar de pertenecer geográficamente también a África, son un caso diferente— que el reino alauita hace tiempo que codicia y que, visto cómo han ido las cosas desde la entrada de los más de 70.000 inmigrantes irregulares, da la impresión de que tiene más cerca que nunca.
En este escenario, la reacción española ha sido la típicamente quijotesca de lanzar proclamas a los cuatro vientos en favor de la unidad de España, y el PSOE y el PP, por mucho que se tiren los trastos a la cabeza, han coincidido plenamente, cada cual desde su particular punto de vista. Desde el PSOE, la parte que todavía controla Pedro Sánchez y lo apoya ha respondido reafirmando la españolidad de Ceuta y Melilla, pero evitando el choque diplomático con Marruecos, mientras que la parte que tiene en contra y la vieja guardia lo han hecho subiéndose por las paredes por no llevar a cabo una defensa suficientemente vehemente. El PP también y, además, lo ha tildado directamente de traidor. Entre todos han alimentado la idea de que el actual presidente del Gobierno no hace suficiente para garantizar la integridad de las dos ciudades, e incluso que sería cómplice de una eventual maniobra para ceder la soberanía a Marruecos, y así no es extraño que una de las consecuencias de todo ello sea el ruido de sables que ha empezado a oírse en algunos estamentos militares.
La cuestión es si, llegado el caso, la clase política catalana estaría preparada para aprovechar la oportunidad de un nuevo desastre para España como el de 1898 para completar el trabajo que a raíz del resultado del referéndum del Primero de Octubre de 2017 no se hizo
Tarde o temprano, la lógica tendría que imponerse y Ceuta y Melilla tendrían que acabar, efectivamente, en manos de un Marruecos que históricamente no ha parado de reclamarlas y que desde la invasión del 30 de julio las reivindica con más insistencia que nunca. El domingo día 20, sin ir más lejos, está convocada una marcha popular —de momento todavía no se sabe dónde— para "exigir la liberación de Ceuta y Melilla y del resto de islas y posesiones españolas en la costa norte marroquí", al estilo de la famosa Marcha Verde realizada en 1975 para obligar a España a entregarle la parte del Sáhara que controlaba. ¿Que Pedro Sánchez está preparando el terreno para cuando esto vuelva a suceder? Vaya usted a saber, él ha demostrado sobradamente que es capaz de todo y, además, en política no puede descartarse nunca nada. ¿O es el PP que maniobra para forzar justamente que esto pase? La presencia en Ceuta no tan solo de Alberto Núñez Feijóo, sino sobre todo de José María Aznar inflamando los ánimos, es una imagen reveladora de las pretensiones de cargarse al actual inquilino de la Moncloa al precio que sea. El caso es que unos y otros actúan sin pensar en los intereses de los habitantes de las dos ciudades, que están tan hartos que no es extraño que en alguna ocasión se hayan tomado la justicia por su cuenta, con el riesgo que comporta que la situación se complique y pueda acabar habiendo una tragedia.
Desde Catalunya, en cambio, la solución se ve más fácil y la mayoría seguro que entiende que tendría que pasar por poner fin a la anomalía que representa que ciertos enclaves del norte de África pertenezcan a la UE. La cesión a Marruecos no es, pues, para los catalanes ningún sacrilegio. Al contrario, sería la salida más razonable para todo el mundo. La cuestión es si, llegado el caso, la clase política catalana estaría preparada para aprovechar la oportunidad de un nuevo desastre para España como el del 1898 para completar el trabajo que a raíz del resultado del referéndum del Primer d’Octubre del 2017 no se hizo y llevar al país, esta vez sí, a la independencia. Lo que está claro es que si hay que fiarse de lo que puedan hacer JxCat y ERC —por no hablar de la CUP, que ya no cuenta para nada— arreglado está, porque hasta ahora se han limitado a tratar el conflicto en clave española como cualquier otro partido español y ni siquiera, a pesar de los efectos que el caso podría tener para Catalunya, han sido capaces de hacerlo en clave catalana.
Y eso que desde Marruecos este es un aspecto del conflicto que ha sido puesto encima de la mesa para presionar todavía más a España. Ha habido campañas en las redes sociales de apoyo al gobierno marroquí para que respaldara los movimientos independentistas de Catalunya y de Euskadi a fin de debilitar al Estado español y posibilitar que las reclamaciones territoriales marroquíes tuvieran éxito. Incluso han aparecido carteles con el lema "Catalunya libre, País Vasco libre, Ceuta es marroquí" junto a la estelada, la ikurriña y la bandera de Marruecos. Pero aquí los políticos locales se hacen los suecos, no fuera a ser que, haciendo según qué movimientos, se quedaran sin la silla del procesismo en la que ahora se encuentran tan bien apoltronados.