"Si alguien quiere conocer la Catalunya real, solo tiene que ir a la Feria de Abril que se celebra estos días en el Fòrum, un espacio no apto ni para enemigos de la inmigración, ni para defensores de purismos nacionales", escribió en un tuit Arantxa Tirado, politóloga española y "orgullosamente hija de la clase obrera" —así se declara cuando un periodista le acerca el micrófono— y militante de este nuevo grupo de los orgullosamente charnegos creado por el guionista Eduard Sola. Yo soy también un orgullosamente charnego por parte de mis abuelos paternos, y un orgulloso nieto de la clase obrera, y también un orgulloso hijo de la burguesía, y voy capeando el día a día sin complejos de clase que me obliguen a pisar una horterada como la Feria de Abril de Sant Adrià de Besòs para conocer la Catalunya real. Como orgulloso hijo de la burguesía, prefiero el Aplec del Caragol o la Patum de Berga para conocer la Catalunya real, que —según Tirado— solo representan a los hijos de la inmigración obrera de origen no catalán que han hecho del charneguismo un sello de identidad ante el explotador de ocho apellidos catalanes. Para estos orgullosamente charnegos y defensores de la Catalunya real ferial, la Catalunya real se construyó sobre una Catalunya de fábricas fantasmagóricas repletas de obreros catalanes ficticios, porque —como todo el mundo sabe— antes de que los padres de Arantxa Tirado llegaran a Catalunya, aquí se ataban los perros con longanizas.
Reconozco que he dudado a la hora de escribir este artículo, pero desde que leí el tuit, empecé a apuntar frases inconexas para poder gestionar el malestar que me provocan este tipo de intelectuales que reparten lecciones de moralidad por el mero hecho de ser hijos de una inmigración que se vio obligada a marcharse de su lugar de origen para instalarse en Catalunya. Si lo hicieron a disgusto, no es culpa del país de adopción, sino de los señoritos y latifundistas —en el caso de Tirado, andaluces— que les negaron el pan y la sal y se mearon sobre sus campos de cultivo para convertirlos en cotos de caza para ministros franquistas.
Estos hijos de la clase obrera orgullosamente charnegos tienen algo en común con un militante de Vox: el odio hacia las raíces identitarias catalanas
Las entrevistas que he leído de Tirado están llenas de tópicos. Y el tuit, origen de este artículo escrito desde la modestia de un orgulloso charnego por parte de abuelos paternos, un orgulloso nieto de la clase obrera y un orgulloso hijo de la burguesía como yo, es de un tópico espeluznante, que sirve para que todo este grupito en el que vive confortablemente orgullosa Arantxa Tirado viaje constantemente en el AVE que conecta Barcelona con Madrid para participar en tertulias de cadenas generalistas de ámbito nacional como representante de la "Catalunya real", la integrada por los catalanes buenos, un abanico que va de Cercas a Tirado, pasando por los miembros de esa Catalunya silenciosa tan reivindicada por Inés Arrimadas o Albert Rivera. Se puede ser europeo y militante de las repúblicas bolivarianas del mundo, como Tirado, y salir en Antena 3 o Tele 5, para enfrentarse a los Inda de turno, pero solo si consideras xenófobo y clasista el procesismo, serás integrado automáticamente en el club de los mediáticos nacionales. Estos hijos de la clase obrera orgullosamente charnegos tienen algo en común con un militante de Vox: el odio hacia las raíces identitarias catalanas por culpa de una mala digestión ideológica o de un complejo de clase mal gestionado.
Buscando información de Tirado, encuentro una fotografía que le hicieron en la Feria de Abril de Sevilla, donde va vestida de flamenca. Tirado transmite felicidad, la felicidad que niega a aquellas ciudadanas de ocho apellidos catalanes que querrían vestirse de pubilla sin ser tachadas de racistas, y ríe como si eso de vestirse de flamenca fuera la muestra de un hito, excelso y espiritual, logrado por una hija de la migración andaluza que vuelve a la casa de los abuelos. Pero eso de vestirse de faralaes no solo forma parte de su universo obrerista, sino también del universo de la hija o de la nieta de la duquesa de Alba, y de muchas votantes de Vox vestidas de sevillanas que se caracterizan por militar en una catalanofobia que a Tirado debería horrorizarle si no fuera porque hace bandera de sus raíces negando las raíces del país en el que fondearon sus padres para vivir dignamente. Ser un catalán de ocho apellidos catalanes no te da una pátina de bondad, pero ser una hija orgullosa de la clase obrera u orgullosamente charnega, tampoco.
Muchos militantes de ICV o del PCE que acabaron integrados en formaciones como Comuns, Podemos o Sumar no entendieron, o no quisieron entender nunca, la cuestión catalana por una idea extravagante de multiculturalidad en la que asociaban apriorísticamente el catalanismo al pujolismo o a la burguesía explotadora y esclavista. Este es el caso de Arantxa Tirado, intelectual y profesora universitaria que confunde la Feria de Abril celebrada en Sant Adrià de Besòs con la Catalunya real, sin pensar que su Catalunya real no existiría sin la Catalunya construida, a lo largo de los siglos, por gente que no se vestía de sevillana, ni bebía fino a dos pasos del río Besòs, sino que se vestía de pubilla o de hereu borrachos como una cuba a la orilla del río Congost después de trabajar, horas y horas, en las colonias fabriles.
Lástima que la Catalunya de Tirado sea la única que llega a los platós de las cadenas generalistas, porque solo interesa dar a conocer la Catalunya real de los orgullosamente charnegos para menospreciar la Catalunya construida por generaciones y generaciones de catalanes. Mi abuela Rosa Montalbán, hija de murcianos, ciudadana del barrio Chino, anarquista y catalanista, si hubiera leído el tuit de Tirado, la habría mandado, amablemente, a la mierda.
