El de Sant Jordi, santo simpático por antonomasia, icono occidental de raíces medioorientales, compartido por todas las iglesias cristianas desde la Inglaterra a la Abisinia, como se decía antes, es, en Catalunya, un día luminoso. Este sábado, el caballero derrotó a la tormenta hasta media tarde y la Catalunya civil y la Catalunya política se echaron a la calle a cumplir el ritual de la rosa y el libro antes de darle la razón a los meteorólogos.
La civilización, si algo debe ser, era esto. La convivencia, como dice Judith Butler (cito, de Marina Garcés, Filosofía inacabada) debería basarse en la premisa de no poder decidir con quien convives. De convivir con aquellos que no hemos escogido, nos gusten o no. Como convivimos en la multitud en pos de las paradas de rosas y libros en el día de Sant Jordi. Tremendo, pero quizás no hay otra universalidad posible. Aunque nunca se acierte del todo ni se yerre completamente, decisión implica elección y se escoge entre lo uno y lo otro, se parte y se excluye, aunque no lo pretendamos, y ahí empiezan todos los problemas. Pero estamos condenados, nos lo dijo Thomas Hobbes, a vivir entre dragones que tampoco preguntan jamás.
Carles Puigdemont, el nuevo president, encabezó el cortejo de Sant Jordi a pie de calle. Puede sonar raro, pero lo cierto es que la crisis del 2008 (la mundial) ha contribuído a la postre a la democratización final de Sant Jordi. Artur Mas tuvo que recortar los fastos institucionales con que sus antecesores, Jordi Pujol, Pasqual Maragall y José Montilla, honraban al santo patrón. Mojar (sucar) el melindro (bizcocho) en el Pati dels Tarongers, en Palau, mientras se aguardaba el momento para felicitar el santo al president, o guardar cola (las gentes de la sociedad civil y allegados) para el besamanos de Pedralbes instaurado por los tripartitos son ya estampas antiguas. Eran otros tiempos y otros paradigmas –que diría Thomas Kuhn– que ya han hecho crisis para ser sustituídos por otros nuevos. Otros paisajes, otras posibilidades. Otros futuros imaginables. Algunos siguen sin darse cuenta.
Habló Puigdemont ayer de los “dragones feroces” que atenazan el devenir. No es el primero ni será el último en darse a esa metáfora. Lo trae el día, y, casi siempre, el momento de la relación entre la princesa y el dragón (esa es la metáfora oculta de Sant Jordi). El caballero (catalán) contra el dragón (español). Pero en realidad, de lo que se trata en la leyenda es de la princesa. ¿Alguien preguntó jamás a la princesa si quería o no ser liberada? El caballero lo dio por supuesto. Y el dragón también. Pero nadie le preguntó. Pues ahí estamos, los catalanes (y las catalanas), como la princesa del cuento. Está el caballero Puigdemont y está el dragón Rajoy (o quien quiera que le toque el papel en cada momento). Pero luego está la princesa: está el pueblo. Y está Ada Colau, en proceso acelerado de convertirse en princesa del pueblo. En princesa quizás de un cuento (político) nuevo.
¿Alguien preguntó jamás a la princesa si quería o no ser liberada? El caballero lo dio por supuesto. Y el dragón todo lo contrario. Pero nadie le preguntó
Están los dragones obvios en los que, puestos a descifrar la metáfora, todo el mundo piensa cuando Puigdemont, o el president de turno, habla de dragones (Albiol y Arrimadas, bienvenidos a Sant Jordi, lo pillaron ayer de seguida). Pero luego están los dragones sutiles, versallescos, de algodón de azúcar. En la política, siempre hay un dragón acechando cerca del caballero, del príncipe, parapetado, a veces, tras la mejor de las sonrisas. Y los hay en el partido y el Govern de Puigdemont. A otros se les ve venir, como a los elefantes en la sabana o los cachalotes en aguas abiertas. Son incapaces de disimular. Ejercen papeles antiguos y rezan en ocasiones porque la novela se quede a medias (lo que les asegura la plaza y difiere el final: se acabó el capitán pero también la ballena). Están también cerca de Puigdemont, como lo está una casi legión de dragoncillos de feria, moviendo la cola y escupiendo sus fuegos en columnillas de la prensa de papel, mientras se chamuscan con sus propias llamas.
Puigdemont, a quien le han bastado tres meses de mandato para evidenciar que Catalunya vuelve a contar con un primer caballero, vela armas. El día de Puigdemont aún no ha llegado, pero cetáceos y musarañas, extraños y propios, harían bien en no bajar la guardia. Diría que hasta Rajoy pudo comprobar el miércoles que este president es otra cosa. Y, contra lo que algunos, y algunas, han querido leer, en sus ilusiones de que todo vuelva a ser como ayer, bastante peor que Mas. Lo que explica los tres recursos ante el TC (por si las moscas) interpuestos por el Gobierno de España contra otras tantes leyes catalanas apenas 48 horas después de reabierto el no-diálogo en la cita de la Moncloa. Es el peso de los viejos paradigmas, de las interpretaciones en clave periclitada de lo que pasa, con las que aún hay quien cree poder condicionar los relatos; ese sueño de petrificar la dinámica imparable de las cosas.
Puigdemont y Colau tienen también otras posibilidades –otros juegos– en el Parlament (los comunes) y el Ayuntamiento (los aún convergentes) como antídoto al veneno paralizante que exhalan las Gabrieles y los Garganté
La imagen del Sant Jordi 2016 es el president-caballero Puigdemont junto a la alcaldesa-princesa Colau. Retengan esa imagen y ese intercambio de rosa y libro: Quan perdem la por (Cuando perdemos el miedo) es el título que la princesa de los comuns le regalo al president. Por el momento, parece que Puigdemont y Colau, los vecinos de la plaça Sant Jaume, han perdido el miedo a mostrarse juntos. No es condición sine qua non, pero desde luego, ayuda a entenderse. A comprenderse y a interpretarse. Sin ir más lejos, desde el viernes comparten otra especie de dragón acechando las no natas nuevas cuentas de la Generalitat y el Ayuntamiento: la CUP. La CUP mantiene el no a los presupuestos del posconvergente Puigdemont administrados por el republicano Junqueras y ha anunciado el no a los de la posindignada Colau. Azufre cupaire. Tierra quemada. Atentos porque Puigdemont y Colau tienen también otras posibilidades –otros juegos– en el Parlament (los comunes) y el Ayuntamiento (los aún convergentes) como antídoto al veneno paralizante de las Gabrieles y los Garganté.
El #president @KRLS li ha regalat una rosa a l'alcaldessa de @bcn_ajuntament @AdaColau #SantJordi pic.twitter.com/gyRDd0snr9
— Govern. Generalitat (@govern) April 23, 2016
Tengo para mí que Puigdemont no vino para quedarse pero se quedará o deberá quedarse, como tengo para mí que Ada Colau tampoco no es un paréntesis (otro más) en la atribulada historia política de la Barcelona postmaragallista. Y tengo para mí que ambos saben que quizás el nuevo paradigma esté por hacer, pero difícilmente podrá prescindir de sus figuras quien quiera escribir el relato de la Catalunya posprocés.
Sea lo que sea lo que pueda significar y las aperturas que implique a otros modos de hacer política (con la gente), a otras maneras de abordar el pleito (con España), el posprocés ya está en marcha. Ese es el nuevo paradigma en ciernes. Los signos son inequívocos: todos los líderes políticos españoles han desfilado por la Generalitat de Puigdemont y Puigdemont ha sido recibido por Rajoy en la Moncloa –como más pronto que tarde lo acabaran recibiendo en Bruselas o en París– porque el procés está desconstruyéndose para todo el mundo. También para los dragones de la política, la mediática y los atónitos grandes poderes de las Españas y las Cataluñas.
Nuevos actores, nuevos liderazgos, caras nuevas, nuevas fuerzas, nuevas maneras. Hace falta un nuevo relato. Y todo eso no tiene nada que ver ni con rectificaciones ni con renuncias ni con supuestos suflés en horas bajas
La desconstrucción del procés tal y como se ha entendido hasta ahora es la condición de posibilidad del nuevo paradigma. El procés deberá abandonar su trinchera para dar la batalla en campo abierto, ampliando su perímetro, su dialéctica, compartiendo y creando nuevas sinergias más allá de si mismo. Incluso necesitará nuevos adversarios. Nuevos actores, nuevos liderazgos, caras nuevas, nuevas fuerzas, nuevas maneras. Hace falta un nuevo relato. Y todo eso no tiene nada que ver ni con rectificaciones ni con renuncias ni con supuestos suflés en horas bajas (¿a qué si no, la cerrazón de caballeros y dragones a preguntar a la princesa?) sinó con nuevos comenzamientos. El procés deberá pensarse de otra manera, lo que incluye a sus partidarios, pero también concierne a sus adversarios internos y externos. Olvídense de todos de los viejos manuales, el del proceso incluido. Bien. Dejémoslo, de momento, en que el dragón es el viejo paradigma. Y hay que matarlo, incluso a veces hay que matarse a uno mismo y mudar en nueva piel para ganarse a la princesa harta del mismo caballero, el mismo dragón y el mismo cuento de siempre.