El amigo Alfons Godall, hombre de puntería fina, lo clavó en un simple tuit dirigido a Oriol Junqueras, cuando el líder de ERC dijo que Catalunya no podía crecer más. Godall respondió: "generan el problema con el 'Queremos acoger' y los negocios de la DGAIA y después dicen que no puede ser...". Y es cierto. Con los matices y la complejidad que la cuestión genera, resulta difícil alertar sobre la inviabilidad de la Catalunya de los diez millones, cuando uno dirige un partido que se ha sumado a todos los discursos progrebonistas en materia migratoria, y avala a los gobiernos socialistas, tanto el español como el catalán, responsables de la actual situación de degradación que sufre Catalunya. Sería una contradicción, pero parece más bien un acto de cinismo, en la misma línea de lamentarse de la falta de unidad en el independentismo, siendo el actor principal de su destrucción. La retórica de la política y sus miserias, cuando está vacía de convicciones...
Más allá de ERC y su absoluta incapacidad para la autocrítica, es necesaria una reflexión a fondo sobre el descontrol demográfico al que parece que nos abocamos con frenética velocidad. Desde el logro de los 6 millones a finales de los ochenta —recordemos el famoso lema de la época—, hemos pasado a superar los 8 millones en solo cuarenta años y el último millón lo hemos sobrepasado en solo quince años. Pero el proceso está acelerado, tal como asegura el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, que dice que Catalunya superará los 10 millones en 2050. Es decir, aumentará la población actual en un 24 %, cuando la media europea se sitúa en un crecimiento del 5 %. Y todo pasará sin que los catalanes tengamos ninguna soberanía para tomar las medidas pertinentes, totalmente controlados por los intereses del Estado.
Si la Catalunya de los ocho millones ya está bajo un estrés insufrible, imaginar un horizonte de diez millones en pocos años, con la misma política, nos empuja a un país totalmente degradado, con el Estado del bienestar al límite
Lo primero que hay que subrayar es que no es cierto que esto sea una buena noticia, como tan a menudo repite la retórica de las izquierdas que nos venden la idea idílica de la tierra de acogida, la economía en expansión y etcétera. Sánchez no para de repetir que España es la economía que más crece de Europa, y las cifras en Catalunya las publicita en la misma dirección. Pero de qué sirve que crezca el PIB global, si es gracias a un aumento de la población importada, una degradación de los servicios públicos y un deterioro del PIB per cápita. Dicho de otro modo, como explicaba Joan Guinjoan en su artículo, la renta familiar de este año es la misma que hace veinticinco años, y si en el año 2000 estábamos 6 puntos por encima de la media europea, ahora estamos 6 puntos por debajo. Es decir, con los datos en la mano, este aumento demográfico no ha representado ninguna mejora de la calidad de vida de los catalanes, sino que nos ha hecho más pobres y ha degradado todo el sistema. Dos millones más de personas sin una inversión de crecimiento estructural en los recursos públicos han derivado en una situación degradada en materia de vivienda, transportes públicos (Rodalies como metáfora), sanidad pública, ayudas sociales y toda la estructura del Estado del bienestar. El ejemplo más claro es el de la situación de la escuela catalana, totalmente desbordada por el aumento descontrolado de la población, lo cual ha comportado una degradación de la calidad.
El resumen es contundente: aumento demográfico desmedido, basado en una población mayoritariamente sin cualificaciones; falta de soberanía para poder gestionar adecuadamente el fenómeno; una persistente estafa en materia inversora, que ha dejado en colapso Rodalies, AP-7, aeropuerto...; una sanidad infradotada, que tiene que aguantar el aumento poblacional sin el aumento de los recursos; una escuela en la misma situación degradada; y, finalmente, una cuestión cultural e identitaria que ha dejado el idioma propio del país en situación de urgencia.
Si la Catalunya de los ocho millones ya está bajo un estrés insufrible, imaginar un horizonte de diez millones en pocos años, con la misma política, nos empuja a un país totalmente degradado, con el estado del bienestar al límite. Al mismo tiempo, también al límite la misma nación y nuestra lengua, que difícilmente podrá sobrevivir al impacto demográfico, mientras esté desprotegida, tutelada y perseguida como está. No nos equivoquemos: la Catalunya de los diez millones es el fin de nuestra nación.