El país ha entrado en una fase aguda de neurosis colectiva porque está a punto de descubrir que si Franco viviera hoy sería de izquierdas. Ya sé que entre catalanes se ha dicho siempre que hay poca diferencia entre un español de izquierdas y uno de derechas, pero no es lo mismo decir las cosas que vivirlas. Castilla es un pueblo que no ha tenido nunca nada que fuera realmente suyo. Los castellanos ganaron el Euromillón de las Américas y desde entonces intentan resolverlo todo con la fuerza cruda del dinero y del hambre. Los castellanos son los últimos en entrar en las modas y los últimos en abandonarlas, más o menos al contrario de los catalanes, que son una nación tan refinada, con un sentido tan tiquismiquis de la personalidad, que hace siglos que no encuentran la manera de asegurar sus necesidades más básicas.
Pedro Sánchez ha vuelto a despertar al Frankenstein español y las gallinas del corral están, lógicamente, asustadas. Desde los tiempos crepusculares del militarismo europeo, hace un siglo, que los castellanos y los catalanes no andaban tan perdidos con sus locuras respectivas. Evidentemente, yo voy con Catalunya y espero que los catalanes encontremos, por una vez, una forma eficaz de defendernos y de salir del pozo, sea cerrando filas con los castellanos o sin ellos. Pero el Frankenstein lo hemos despertado entre todos y no distinguirá mucho a la hora de proyectar su rabia. De momento, Sánchez se ha cargado, con las regularizaciones, la España de las autonomías que había venido a defender cuando Junqueras le regaló los votos para que hiciera caer a Mariano Rajoy.
Con la legalización por decreto de más de un millón de inmigrantes ilegales, Sánchez ha traicionado a Junqueras y Puigdemont, y nadie parece darse cuenta ni darle importancia. Junqueras y Puigdemont han sido asesinados —políticamente asesinados— por ser demasiado buenos chicos, por intentar sobrevivir dentro de las normas de la ley que nos dimos entre todos durante la Transición. Al final, no han sido los jueces, ni los diarios, ni la policía, ni Vox, ni ninguna banda de skinheads de la plaza Artós los que se han cargado a los dos líderes políticos del referéndum del 1 de octubre. El sicario ha sido el patito feo de la España regeneracionista que emergió con el procés: un dirigente de izquierdas, europeísta y educado en democracia, lo suficientemente culto para saber inglés —hito impensable hace unos años en la política madrileña— e incluso para valorar, sobre el papel, la lengua catalana.
La líder de Aliança ahora tendrá que empezar a pensar si quiere estar al frente de un partido o liderar el país
La última correa de transmisión que ligaba a los catalanes al Estado se ha roto, por más filosofía barata que los guardianes del viejo orden hagan sobre Sílvia Orriols. La líder de Aliança ahora tendrá que empezar a pensar si quiere estar al frente de un partido o liderar el país, junto con otras figuras que, si Dios quiere, irán saliendo. Junqueras y Puigdemont habían entendido mejor que ningún otro político de su generación que los partidos autonómicos ya solo pueden ser herramientas secundarias, pero han querido sobrevivir subidos a la cinta transportadora del catalanismo, que solo lleva al exterminio. En cierto modo, recuerdan al Cambó deshonrado por las lógicas del orden que intentaba reformar. Con las regularizaciones, se acaban 150 años de catalanismo, de supeditación de los intereses nacionales catalanes a la economía española y barcelonesa.
Junts y ERC han hecho el último servicio a Giménez Caballero, aquel intelectual del primer falangismo que decía que el problema de España se solucionaba repoblando Catalunya de andaluces. Los diarios no lo dirán porque el mundo que cae se agarra a todo lo que encuentra. Todo el que vive del chiringuito público tiene interés en que Puigdemont pueda volver y hacer como si nada, pero ningún catalán podrá volver a tomarse en serio a Junts y ERC. Orriols da miedo porque no circula por la vía del catalanismo, y si tiene que dividir el país en dos o tres partes para intentar salvarlo, lo dividirá, y en el conflicto que genere encontrará a muchos catalanes a su lado. Además, Orriols no representa todavía todo el radicalismo de la Catalunya que emergerá de las cosas que han pasado en los últimos años.
Orriols todavía tiene una idea del país ligada a la democracia y al siglo XX. La líder de Aliança tiene miedo de ofender a los castellanos que llegaron durante las dictaduras de Franco y Primo de Rivera y por eso habla con ellos a través de los musulmanes. Pero lo que vuelve es la Edad Media. Toda Europa irá conectando con su sustrato histórico a medida que los Estados nación sean desbordados por los monstruos que han creado. Catalunya nota más el viento de cara porque es más vulnerable a los cambios históricos, pero también porque el país está más despierto, más acostumbrado a vivir en modo de supervivencia. Catalunya tendrá sus oportunidades, y quizás los historiadores del futuro verán el procés como una etapa de un período más complejo de lo que la propaganda intenta explicar.
Catalunya es el pueblo europeo más colonizado por arriba y por abajo. Con el pretexto de la patriotería y de la democracia, los castellanos se han visto con ánimos de cometer todo tipo de abusos sobre el pueblo catalán. Pero como ha explicado Abel Cutillas en el Patreon de Casablanca, los catalanes todavía no somos una sociedad resignada a la humillación y a la decadencia, como por ejemplo la francesa. A los castellanos también les llegará el momento francés; es lo que Rajoy ha intentado decir a propósito del Mundial de fútbol, con las herramientas intelectuales de la vieja derecha autoritaria castellana. El hecho es que Michel Houellebecq no podría escribir a partir de los catalanes una novela como Sumisión. Por eso Junqueras y Puigdemont están muertos políticamente, por eso Rajoy está inquieto y por eso el discurso de Orriols sobre el islam funciona tan bien y todo el mundo lo entiende.
Es Catalunya o barbarie, no solo en el Principat y en el resto de los Països Catalans, sino también en el conjunto de España y en toda Europa. Los castellanos deben entender que Sánchez puede ser la antítesis estética de Franco y, a la vez, ocupar el mismo lugar en la historia de España, mientras que los catalanes deberían ver que David Fernàndez y otras figuras de la izquierda llamada nacional pueden parecer la antítesis de Giménez Caballero y acabar dejando, cuando el tiempo lo ponga en perspectiva, la misma estela de grandilocuencia repugnante y estrafalaria.
