A estas alturas de la semana, ya sabréis que elDiario.es ha publicado en exclusiva el testimonio de extrabajadoras de las mansiones caribeñas de Julio Iglesias que acusan al Sinatra español de episodios muy graves de agresión sexual. Una de las mujeres, trabajadora del servicio que vivía en la casa —por decirlo de forma modesta— de la República Dominicana, relata que fue presionada para mantener encuentros sexuales con él y describe penetraciones, bofetadas y vejaciones físicas —que les ahorro— y verbales, noche tras noche. Ella y una compañera fisioterapeuta explican que, además de tocamientos, recibían insultos y humillaciones durante la jornada laboral, en un ambiente de control y acoso continuo. Los hechos ocurrieron en 2021. La más joven tenía entonces 22 años. Julio Iglesias, 77.

Entre otras muchas perlas, existe documentación que acredita que el cantante “imponía” pruebas ginecológicas, de embarazo, de VIH y de enfermedades de transmisión sexual a las empleadas cuando ya estaban trabajando para él. Algo prohibido en España y en la República Dominicana. No hace falta ser muy malvado para pensar por qué querría saber el hijo de Papuchi si sus empleadas estaban embarazadas o tenían alguna enfermedad venérea.

La casa y el sistema diseñado para el placer inmune de un señor de 80 años recuerda inevitablemente a la mansión de Jeffrey Epstein, el caso de pederastia y tráfico de menores vinculado a numerosas personalidades públicas. Algo que quizás explique la hiperactividad internacional de Donald Trump. Y también quizás explique la reacción de Isabel Díaz Ayuso. A lo mejor piensa, como Abascal, que en este caso la cortina de humo es de Pedro Sánchez y sus amigos para que no se hable de otras cosas. O, sencillamente, hace de Trump para ganar la batalla cultural, que significa el poder.

Tanto en el caso de Iglesias como en el de Epstein o de Strauss-Kahn los protagonistas son tres hombres blancos, ricos y poderosos que se creían por encima del bien y del mal

El caso Epstein se remonta a principios de los 2000, cuando el magnate financiero empezó a pagar a jóvenes menores de edad a cambio de mantener relaciones sexuales con ellas. Pues bien, en algunos puntos, el caso de Julio Iglesias es aún más sórdido. Y en otros aspectos, tendría similitudes con el del exdirector del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn. Caso que dio la vuelta al mundo cuando el político y economista francés fue arrestado en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, acusado de agresión sexual a una camarera del Hotel Sofitel de Manhattan.

elDiario.es —en colaboración con Univisión— se ha apresurado a explicar que ha contactado con quince extrabajadores de Julio Iglesias que estuvieron en las casas del cantante en Punta Cana, las Bahamas y Málaga en diferentes períodos entre finales de los noventa y 2023. Saben del poder del cantante, se han guardado lo bastante de hacerlo de prisa y corriendo. Es la investigación más larga y minuciosa en la historia del diario. Se la juegan, insisten. Porque —no hace falta fijarse mucho— los tres casos tienen algo en común: los protagonistas son tres hombres blancos, ricos y poderosos que se creían por encima del bien y del mal. Ya fuera en casa, en una mansión o en un hotel.