Un buen amigo, agraciado con el don intransferible de la fe, me suele decir a menudo que los convergentes son unos seres que Dios nos envió desde el principio para ejercitar nuestra capacidad de resistencia y, a su vez, para poner continuamente a prueba la credulidad de la tribu. Pensaba en ello ayer mientras leía en mi queridísima biblioteca del Ateneu Barcelonès, donde resonaba el eco del griterío proveniente de la Sala Oriol Bohigas, que tuvo el privilegio de asistir a la enésima refundación de Convergència, ahora bautizada como Crida Nacional per la República. Que el invento es convergente al milímetro lo demuestra su doble naturaleza religiosa; primero, como leo en nuestro querido Nacional, porque es un movimiento nacido con el objetivo "de concurrir en todas las elecciones hasta la plena instauración de la República". No hay fe, ya lo sabéis, sin su correspondiente Tierra Prometida. Si antes el lema era "hacer país", el alehop de los neo-post-convergentes será el de "hacer república". ¿Y cuándo calculáis que llegaremos ahí, queridos compañeros? ¡¡¡Calla, hiperventilado!!!

La segunda premisa del cromosoma convergente es el martirologio, que vendrá de serie con la presencia destacada de los consellers encarcelados y en el exilio. No es casualidad que Rull, Turull, Forn y Puig ―que, diría yo, son convergentes de toda la vida― hayan puesto el sello de dolor en el nuevo producto. No son los únicos: en el Ateneu había también los consellers Calvet, Puigneró y Chacón, figuras que ya habían crecido en la retaguardia durante el masismo y que ahora la administración Torra ha situado en la más alta representación. ¡Pero no se equivoque, señora! Porque Convergència es uno de los pocos partidos del mundo que funda un movimiento rebosante de convergentes y, no tenga ninguna duda, ¡¡¡será capaz de convencerla de que la cosa de convergente no tiene ni un solo átomo!!! Para acabarlo de rematar, el speaker en la presentación fue mi queridísimo amigo Mascarell, que es el único embajador del mundo mundial que pasa más tiempo en la capital de su país que en su lugar de destinación administrativa. ¡Eres todo un genio de la ubicuidad, queridísimo Ferran!

Este movimiento de Puigdemont es una nueva versión de lo que ya había querido hacer Mas: reunir al soberanismo, forzando artificialmente la unidad

De hecho, no es raro que Convergència haya apelado al nombre de la Crida para refundarse, ahora que volvemos a las dinámicas políticas de los años ochenta y al autonomismo vintage que algunos creíamos haber superado del todo. De hecho, los cerebros del nuevo partido habían pensado bautizarlo como "Movimiento 1-O": la cosa tiene muchísima gracia, pues muchos de ellos me habían dicho, meses antes de la celebración del referéndum, que el 1-O sería imposible de hacer. También tiene cierta coña que los líderes que no tuvieron la fuerza para implantar el mandato (ecs) popular resultante del 1-O, ahora reclamen la paternidad y posible vigencia del referéndum: pero eso, amigos míos, es Catalunya, uno de los pocos lugares del planeta donde uno puede dedicarse a reivindicar aquello en lo que ha suspendido flagrantemente. Por eso llamarle Crida es mucho más oportuno, pues tiene todo el sentido del mundo reunir de nuevo a gente que, después de haber hecho carrera en partidos aparentemente antagónicos, sigue aspirando a vivir eternamente del autonomismo, como así lo pretenden sin duda David Madí y Jordi Sànchez.

Una de las pocas cosas buenas de haber sufrido ocho años de procés es que ahora nos resulta más fácil ver cuándo se repite una de sus películas. Este movimiento de Puigdemont, que basa su fuerza en el simbolismo del president 130, es una nueva versión de lo que ya había querido hacer Mas: reunir al soberanismo, forzando artificialmente la unidad (cuando, de hecho, ¡la fuerza independentista es precisamente su radical diversidad política!) y bajo la figura única de un césar. Por fortuna, ya son muchas las voces que, desde el movimiento de las primarias, reclaman menos artificios y más formas de participación política que sobrepasen los partidos y, ahora sí, ayuden a crear movimientos mucho más porosos y fuertes. De hecho, ya que el movimiento de la Crida se reclama tan transversal (ecs), estoy seguro de que sus futuros candidatos a concejales y concejalas tendrán muchísimo interés en concurrir en las primarias abiertas de cada ciudad donde proceda. Como os decía, estos convergentes de siempre tienen la habilidad de excitarte la credulidad como nadie más.

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José Antich
Editorial Puigdemont sacude el tablero José Antich