Vivimos un tiempo espantoso marcado por la hemofilia sentimental y la pulsión obligatoria de la ofensa continua. El lunes pasado, en certificarse la abstención de los socialistas en lo de la moción impulsada por Ciudadanos, Juan Carlos Girauta escribía en Twitter: “El PSC ha decepcionado hoy a muchos. A mí ya no podía: lo abandoné hace 33 años sabiendo lo que era: un partido de lameculos paniaguados con ladrones pijos. Traidores, acomplejados, inmorales y nacionalistas dedicados a servirle a Pujol la cabeza del área metropolitana”. Como era de prever, el tuit despertó la indignación de toda la turba de analistas políticos, plumillas, spin doctors y otros animales de la tribu (un altísimo tanto por ciento de los cuales tuvieron que consultar alguna de las palabras del texto en el diccionario), imputando al diputado de Ciudadanos ser el responsable último de la desaparición de la cortesía parlamentaria, de la aniquilación de los buenos modales y de no sé cuantas mandangas más.   

Es norma que el independentismo, incapaz de purgar críticamente las trolas de sus líderes y la escasa fuerza de sus tsunamis de transistor y esplai, tenga que obligarse a impostar indignación con un tuit tan simpático. Un texto que, dicho sea de paso, acierta de lleno recordando que el PSC (también el PSOE) fue uno de los mejores garantes de la supervivencia del pujolismo en la Generalitat, y sólo cabe recordar los muñecos que los socialistas y Felipe presentaron siempre a las elecciones catalanas para competir contra Pujol. Uy, sí, pero lo podría haber dicho con otras palabras, exclama la cuñada procesista, sin saber que el arte de escoger libremente los adjetivos (y también de disparar con el insulto creativo) es uno de los pilares de la cultura occidental. No hay mejor forma de detectar a un farsante, creedme, que escuchar a alguien que dice que podrías decir lo mismo pero en un tono diferente. Es una norma científica que nunca me ha fallado.

Si queréis sentiros ultrajados, indignaros con las estructuras de estado que eran arquitectura de humo, con un Govern que llama a la revolución y que el día después no tiene ni la fuerza para mantener una pancarta en el balcón de la Generalitat

Puestos a ofenderse, señora, admire la oratoria parlamentaria de esta chavala que dicen que es la consellera del Departament de la Presidència. Mira que nos habéis regalado cosas buenas a los catalanes, amigos de La Garriga, de las prédicas de Fra Benet a la música cálida y tranquila de mi queridísimo Blancafort, y va y nos enviáis a Barcelona esta Demóstenes. Si queréis sentiros ultrajados y queréis hurgar en el callo, bienqueridos lectores, indignaros con las estructuras de estado que eran arquitectura de humo, con un Govern que llama a la revolución y que el día después no tiene ni la fuerza para mantener una pancarta en el balcón de la Generalitat, molestaros, en definitiva, porque los políticos independentistas hayan vuelto a cruzar el límite de la sumisión pidiendo a gritos y de rodillas una amnistía para los presos. Esto de indignarse es de gente muy previsible. Pero, puestos a pecar, que la causa tenga chicha.

Dejad que los tuits vuelen libremente, que en la red básicamente nos gusta olvidarnos del tedio de la política catalana y remover la sopa de la parsimonia, y celebrad que alguien como Girauta insulte a los socialistas con tanta gracia y ciencia. Porque nunca se pierde el tiempo, ya lo sabéis, situando a un socialista en su correcta tesitura.

Jordi Galves
República belga (245) El Parlamento y la marquesa Jordi Galves
Enric Vila
Opinión La amnistía Enric Vila