La política catalana no es el único berenjenal de nuestro tiempo urdido con la manía de meternos en el DeLorean existencial que nos obliga a viajar al pasado. Pensad por ejemplo en el último invento de Tom Cruise, Top Gun: Maverick, un auténtico ejercicio revisionista de la estética y la narración cinematográfica de los noventa filmado como si el mundo todavía viviera nuestros años de prosperidad olímpica. Tragarse la película de Cruise no incomoda por el hecho de que vemos de nuevo a un aviador ligando heteropatriarcalmente con una chati en la barra del bar haciéndole miraditas de niño travieso, sino porque vuelve a reivindicar un tipo de individualidad que descuida el pensamiento racional, abraza la intuición y se hace fuerte con la conciencia de que para avanzar siempre hay que saltarse las normas impuestas con una cierta alegría. Contra un mundo de individuos-autómatas dormidos en Twitter, Cruise vuelve a poner en solfa un macho que se ejercita en la jugada maestra desafiando la fuerza de la gravedad.
En los primeros minutos del filme, cuando vemos al protagonista a punto de implosionar un avión experimental que consigue hacer ir a toda leche y más, Maverick parecería una apuesta por la robotización del hombre, transformado en una máquina de previsible exactitud. Todo lo contrario; Cruise aprovecha un truco de guion clásico del cine americano (la futura desaparición del equipo de pilotos Top Gun por obra y gracia de los drones que acabarán jubilando a los soldados de campo y despersonalizando todavía más la guerra) para reivindicar la chispa de ingenio con la que el hombre siempre acabará superando la aburrida perfección robótica. En este sentido, la película tiene cierta gracia porque la misión que tienen que llevar a cabo los pilotos —cargarse un arsenal nuclear situado en una cavidad casi impenetrable— nunca se presenta como un inconveniente. Sabemos que saldrán adelante porque no luchan contra un enemigo que, de hecho, ni sale en la pantalla: lo único que les puede hacer fracasar es desconfiar de ellos mismos.
Maverick pinta un mundo y un entorno donde la racionalidad será un factor de segunda y todo el mundo que quiera acabar imponiendo algo que valga la pena tendrá que hacer caso al estómago y saltarse las imposiciones
Como coach motivacional, Cruise podría parecer un producto enlatado de los años felices de la globalización. Pero el pasado nunca puede repetirse punto por punto y en su apuesta hay cambios importantísimos. Como recordaba mi querido Richard Brody en el New Yorker, en la película original Cruise es un guerrero que necesita dominar sus emociones para proteger su país y su equipo de pilotos, mientras Maverick, con casi sesenta años, consigue salirse con la suya entregándose ciegamente y rehuyendo cualquier control impulsivo. Es cierto: cuando les tiene que enseñar el arte de hacer acrobacias imposibles con los aviones, Cruise les repite frases comodín del tipo "Don't think, just do" o "You don't have the time to think up there; if you think, you're dead". En este sentido, Maverick pinta un mundo y un entorno donde la racionalidad será un factor de segunda y todo el mundo que quiera acabar imponiendo algo que valga la pena tendrá que hacer caso al estómago y saltarse las imposiciones.
Como explicó en una reciente master class en el Festival de Cannes, Cruise plantea cada nueva película como un reto fílmico y su propia figura de actor como una carnaza del arte de ejercitarse físicamente que se tiene que poner cada vez más al límite. Que el actor se cachondee de disponer de dobles en las escenas de acción más peligrosas y filme las carrerillas de los jets a velocidad real, poniendo en peligro su vida, todavía da más relieve a la figura de un macho que guía su capacidad de convocatoria por los uaus y los ooohs que sabe producir y que se emparienta con políticos como Zelenski (a quien, y no es casualidad, Cruise visitó antes de la guerra de Ucrania para charlar amistosamente). El artista yanqui ha visto muy bien que los líderes del futuro, en definitiva, ya no serán los burócratas encorbatados como Artur Mas, sino más bien una especie de Puigdemont sin la cobardía de incumplir el 1-O.
A menudo y paradójicamente, cuando más te presionan para volver atrás es cuando más acabas sintiendo la necesidad de liderar tu propio futuro. En efecto, si queremos sobrevivir, el futuro querrá muchos menos hombres sensatos y muchos más saltimbanquis de la política. ¿Quién está dispuesto a volar?