Hay que escuchar la masa, mirarla tranquilamente, sin tanta propensión a hacerse el ofendido con aquel tic nuestro de quien se cree editorialista de La Vanguardia a tiempo parcial. Otead la riada de gente, aparentemente turbia e indefinida como un tullido, y muy pronto reconoceréis vuestro propio rostro. Pues la masa de jóvenes que bailan, maman y queman árboles cerca de la plaza de Espanya (un lugar tan sórdido que se deja quemar, todo sea dicho) es sólo un espejo de nosotros mismos. La masa es joven, ciertamente; está llena de todos estos críos y mujeres a quienes lleváis lustros haciéndoles creer que hay que vivir por sistema en esta condición que los cursis llaman precariado y que en casa, de toda la vida, hemos llamado ser pobre. Sí, son los jóvenes a los que habéis querido abatir rebajándoles toda la ambición, diciéndoles que su única salida vital era hacerse youtubers y hablar de cuándo les viene la regla. He aquí vuestra obra. Contempladla.
Fijaos en la masa, haced el jodido favor de callar y leed a vuestro mejor prosista. Hay críos que privan (así lo decíamos los de la generación X, que todavía nos emborrachábamos con Pompeu Fabra; ahora dicen tajarla), sólo faltaría, porque una docena de birras del paqui son ocho euros y pico y ya me dirás quién cojones se sienta en un bar a pagar tres, por mucho que el propietario te garantice una buena conversación sobre lo cosmopolita que era Barcelona durante los setenta. Queríais una ciudad de adolescentes sin futuro y rebosantes de sueños equivocados para que no os hicieran sombra, y todavía os quejáis de que por la Mercè (y si hace falta por Santa Eulàlia) os quemen un par de contenedores. Todavía hacen poca cosa, pobrecitos míos. Si devolvieran el rédito de todo el desprecio con el que los habéis tratado, si tuvieran los huevos de escupir el escasísimo anticipo con el que los habéis alimentado, quemaría incluso la Mar Bella.
La comedia es tan frágil y hortera que sabe mal explicarla. La policía barcelonesa, y todas las otras sectoriales uniformadas, conocen perfectamente quiénes son los autores de los disturbios que nos han monopolizado últimamente los noticiarios. El Estado, hija mía, sabe incluso a qué hora echas el polvo con tu amante y cuál es tu grupo sanguíneo, y ya me dirás si no tiene la capacidad de recitar nombre, apellidos e incluso ubicación exacta de cuatro críos que se aburren y hacen alboroto ensayando batallitas campales. La policía los tiene calados, los altos funcionarios saben dónde viven, pero a todo el mundo le sale más a cuenta fingirse sorprendido y exaltado ante la enésima rebelión de una masa en el fondo inofensiva, y todo para seguirla machacando y quitarle la poca alma que le queda. No necesitas a la policía cuando tienes el país bien rebosante de pasma moral, de articulistas y tertulianos que reclaman orden impostando mirada de digno.
La masa está llena de todos estos críos y mujeres a quienes lleváis lustros haciéndoles creer que hay que vivir por sistema en esta condición que los cursis llaman precariado y que en casa, de toda la vida, hemos llamado ser pobre
Ya sabéis que yo transito por otros caminos, y tengo una extraña manía de tratar a mis lectores de inteligentes. Por eso os recomiendo que paremos de alarmarnos y miremos qué hay de nosotros en esta masa que nos enciende la pantalla del portátil cada mañana para sanarnos la conciencia. El sistema respira la mar de tranquilo viendo cómo los diarios pontifican sobre la presencia de menas (a saber, "menor extranjero no acompañado", que es una definición urdida para ubicarte directamente en la mierda) y otros profesionales del desenfreno en los botellones, yo os ruego que vayáis un poco más allá, porque de hecho esto es lo menos interesante de esta masa que os está hablando, que vive aburrida de no tener incentivos y a la que habéis encerrado injustificadamente en casa durante más de un año. Esta es la masa que grita, con una música que sólo yo puedo oír y que seguís ignorando para ir tirando.
Estamos en un país que agoniza, liderado por una pléyade de funcionarios moribundos, y resulta totalmente lógico que en su capital, de vez en cuando, la masa salga a la calle para decir caca pedo culo pis. Qué esperabais, queridos políticos; ¿legiones de jóvenes recitando Hölderlin? La masa del 1-O era rebelde y bella, como lo son todas las masas que tienen sentido, una masa que atraía porque estaba hecha de gente que no tenía ganas de negociar su libertad. Todo eso que vivimos ahora son desperdicios de aquella imagen; de una sociedad que ha renunciado a todo, derivan masas muertas, que pillan un ciego con un cubata baratito y que si las estampáramos en una barra de bar no sabrían exactamente qué decirse entre ellos y ellas. Mirad la masa. Aprended. Son vuestro hijo y, aunque os pese, se parecen a vosotros a la perfección. Sólo cuando recuperemos el temple, la masa también será luminosa. Sólo cuando haya vida, la masa volverá a dar miedo.
De momento, estamos en la inercia y los niños maman. Los entiendo. Yo también lo hacía, hasta que el psiquiatra dijo que basta y el hígado me cantaba como el de un pato. Primero te agarras al delirio intentando destruirte, y después, si sobrevives, ves que es mucho mejor ver claro. Pero eso ya llegará. De momento, lo que hay que hacer es contemplar la masa.
