Una de las muchas formas posibles de definir el último lustro de la política catalana (y, más en concreto, de los días anteriores al referéndum hasta la pseudodeclaración de independencia del día 27-O), sería como la era de la responsabilidad muerta. Esta es una etapa histórica de la tribu que, desgraciadamente, todavía rige con toda la fuerza y que se puede explicar sin hacer mucha metafísica: en la política catalana, en general, nadie se responsabiliza de nada. Después de conceptos básicos de la democracia, como la libertad individual o el derecho a la ciudadanía, una política con agentes que no viven con la obligación de responder de sus actos entra en la esfera del delirio. Si el regirse por máximas morales universalizables es, en el idioma Kantiano, el paso que nos lleva de la edad infantil a la adulta, la obligación (¡e incluso el orgullo!) de asumir los propios actos es la base de una vida comunitaria madura.

Los dos líderes que todavía comandan la política catalana, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, son dos políticos que, objetivamente y más allá de preferencias ideológicas o incluso personales, han renunciado a cualquier concepto de responsabilidad. Son, por definición, unos seres irresponsables o, todavía diríamos hilando más fino, que creen vivir por encima de la responsabilidad. Hace pocos días, entrevistado en Catalunya Ràdio, Oriol Junqueras nos vendía la moto de un nuevo referéndum (ahora sí que sí vinculante) con el siguiente argumento: "Ganar un referéndum y que no tenga consecuencias ya lo hemos experimentado. Haría falta –decía el vicepresidente legítimo– algo más de lo que hicimos el 1-O". Si esta fuera una frase de un líder independentista recién nacido podría discutirse sin ningún tipo de contextualización, como una idea fresca. El problema, como siempre, es quien la dice.

Porque si Junqueras sostiene que hay que hacer un referéndum vinculante no sólo explicita que el primero no lo fue, sino que admite que todo aquello que él mismo nos prometió sobre el 1-O (a saber, que se aplicaría aunque Catalunya fuera invadida por la Legión Otomana) fue fraudulento. Y no sólo eso, que alguien podría considerar words words words o una mera desiderátum, sino que las leyes de transitoriedad y del referéndum que él mismo votó en el Parlament (después, recordémoslo, de comprometerse, como el resto de los diputados independentistas, a respetar la soberanía de la cámara catalana, pasara lo que pasara) no eran nada más que papel mojado. Por lo tanto, el vicepresidente (en eso coincide punto por punto con Carles Puigdemont) acepta que ni su palabra como político ni las leyes que ha impulsado en el Parlament tienen ningún tipo de valor por lo que a responsabilidad se refiere.

En la vida, en la historia y en la política hay verdades, porque sin la existencia de verdades la responsabilidad se volatiliza. Y nuestros dos líderes son expertos en abrazar el mundo del simulacro

Hablemos ahora de Puigdemont, un político que ha acabando explicándose a la ciudadanía no dirigiéndose a ella de cara o vía pantalla –que es como se acostumbran a hacer las cosas a Occidente–, sino haciéndole pasar por caja a través de su nuevo libro, aprovechando que ahora Sant Jordi tiene el don de saltar el espacio-tiempo. "Se tiene que acabar con la confusión que nosotros mismos hemos generado", decía el 130 ayer mismo en el diario Ara en una entrevista con Antoni Bassas, como si todos los incumplimientos que he citado antes con respecto al procés y, más todavía, la confusión por la macedonia de partidos y de movimientos ciudadanos con los cuales el Molt Honorable ha conseguido marear el espacio de centroderecha catalán fuera una cosa que no tuviera nada a ver con él. Nuevamente, Puigdemont no asume ninguna responsabilidad; lo único que hace, como todos, es dar su versión personal e intransferible de los hechos y afirmar que la verdad absoluta no la tiene nadie.

Pues bien, amigos, me sabe muy mal, pero en la vida, en la historia y en la política hay verdades, porque sin la existencia de verdades la responsabilidad se volatiliza. Y nuestros dos líderes son expertos en abrazar el mundo del simulacro, del yo-dije-qué-iba-a-hcer-pero-ya-se-sabe-es-que-no-me-dejaron, un universo de conocimiento en el cual toda venta de moto es sólo cuestión de poner creatividad. De aquí que el soberanismo haya abrazado con tanta alegría la idea de un segundo referéndum, no porque sus ideólogos lo crean posible (ni mucho menos porque el estado tenga ningún tipo de incentivo para acordarlo), sino porque resulta la mejor forma de inventar una zanahoria y subsumir en una gran bola de niebla todos los compromisos que se adquirieron antes del 1-O. Pues no hay mejor forma de matar la responsabilidad (lo saben Puigdemont y Junqueras, periodista e historiador) que relativizar los hechos y borrar las objetividades de la memoria, como si todo fuera relativo.

Y así vamos viviendo, queridos lectores, con políticos sin responsabilidad (que no llegan ni a una conjura de irresponsables, pobrecitos) y una presidencia, la de Quim Torra, que ha conseguido regalado un color todavía más posmoderno a esta idea: el 131 la elude siempre, la responsabilidad, simplemente porque se dedica a no hacer nada. Es una cosa genial, no me lo negarán.

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