Hace meses que solo me acerco a los medios públicos de la tribu y en Twitter para ver cómo periodistas y celebrities gestionan la institucionalización de la derrota independentista (hablo del atardecer inexorable de las élites políticas, no de la idea misma, que vivo todavía con más convicción). Últimamente, me ha parecido incluso entrañable el interés que TV3 ha mostrado por la evolución de la tragedia natural del volcán Cumbre Vieja en la Palma, una pequeña catástrofe que, de haber ocurrido poco antes del 1-O y con la ciudadanía enardecida por la inminencia del voto, no habría pasado de alguna mención compasiva. Cuando veo al pobre Cruanyes hablar de la lava con las salivales activadas como una fuente romana no puedo evitar pensar en este amor por el decadentismo que se ha apoderado de algunos amigos que el viernes pasado hacían tuits sobre el referéndum como si recordaran la muerte de un yayo.
Me hace mucha gracia comprobar como los políticos catalanes (y sus prosistas a sueldo) que me habían dicho personalmente que el referéndum era imposible o la ocurrencia intelectual de los enfants terribles Graupera, Villa y servidora, ahora hacen cursillos de poesía barata sobre como hemos llegado a tener un Gobierno sin aspiraciones y un presente cultural tan putrefacto. Lo que todavía me sorprende sinceramente es que las generaciones más jóvenes les sigan la corriente haciendo el llorica sobre el referéndum mientras sueñan secretamente que algún burócrata de la esquerrovergencia les encuentre trabajo para pagarse los gin-tonics. Muchos todavía no han entendido que si no hubiéramos demostrado que el referéndum se podía hacer, y que por lo tanto la independencia es perfectamente posible, el pujolismo de Oriol Junqueras no sería tan detectable y nos encontraríamos discutiendo todavía las mentiras de los años noventa.
Actualmente, la administración catalana es un ejemplo muy curioso de políticos y comunicadores que intentan dormir la ciudadanía con debates ideológicos de antaño (polémicas derivadas de iniciativas de políticas sociales, cuestiones relativas al feminismo, y otros espacios de opinión donde incluso los podemitas pueden charlar sin exprimir mucho la neurona), aun afanándose para que el estrés de la discusión no pase de las tertulias matinales. Eso explica este repentinísimo amor a la lava del noticiario patrio que produce, a su vez, una especie nueva de espectador que prepara el sofrito echando un vistazo a como la materia magmática se abre camino hacia el mar destrozando la casa de la Conchi. Una tragedia natural televisada es el marco mental perfecto que excita a la compasión, te hace pensar que al fin y al cabo no estamos tan mal y, chico, mientras volvemos a la energía perdida del 1-O aprovecharemos la autonomía para hacer algún dinero.
Que el independentismo todavía tiene fuerza no solo se explica por el hecho de que la gente que antes me criticaba los artículos porque me reía de los presos ahora reconozca que nos tomaron el pelo, sino porque las excusas para hacerse el derrotado y escribir sobre la lava con tuits ochocentistas ya no da rédito a nadie
La fascinación por la lava y la gestión poética de la derrota no es únicamente patrimonio nacional. De mañana, para relajar un poco el ánimo, me encanta leer los artículos de mis queridos columnistas progres del The New Yorker para ver como intentan explicar a sus lectores la desastrosa salida yanqui de Afganistán y excusar a Joe Biden de entregar Kabul al fascismo de los talibanes. Eso de tener un ejército al lado mientras haces el artículo no es menor y la mayoría de los compañeros de Manhattan salvan el ridículo de su presidente recordando Vietnam y escribiendo artículos pornográficamente compasivos sobre la barra libre que habrá a partir de ahora para violar a las mujeres afganas y ponerles el burka incluso dentro del hogar. Leedlos, compatriotas, porque la caradura supina de los americanos es idéntica a la de los que ahora lloran el 1-O cuando se mearon encima nuestro y todavía lo hacen; así, de paso, practicaréis el inglés.
Que el independentismo todavía tiene fuerza no sólo se explica por el hecho de que la gente que antes me criticaba los artículos porque me reía de los presos ahora reconozca que nos tomaron el pelo, sino porque las excusas para hacerse el derrotado y escribir sobre la lava con tuits ochocentistas ya no da rédito a nadie. Si no tuviéramos músculo, los jóvenes que se entregan al poder lo tendrían mucho más fácil para no pasar vergüenza y Pere Aragonès no parecería tan ridículo cuando habla del 2030. España nos ganó porque nuestros políticos se rindieron con mucha facilidad esperando la vida regalada del mártir, pero los defensores de la unidad de España tienen que ver cómo esta se salva con Aznar saliendo del armario del racismo escarneciendo a los mexicanos. El enemigo, al fin y al cabo, nos quería vendidos a la autonomía y se afanaba para que que gente como yo guardara la prosa en el cajón para escribir como Jordi Amat.
La realidad es justamente la contraria. En efecto, ver como la lava se lleva parte del mundo en que me formé y carga con alguno de mis coetáneos y amigos me debilita e incluso me viene alguna lágrima, pero conservo la fuerza intacta, tramo artefactos que harán temblar a gigantes, y puedo informar deque el flequillo está a punto de ponérseme en su sitio de nuevo. Y sigo escribiendo muy bien, que finalmente es lo único que cuenta.