La primera norma de la guerra exige conocer las fortalezas que tiene el enemigo al que te enfrentas. El independentismo, ya sea por cobardía o pura negligencia, siempre se ha resistido a ser plenamente consciente del poder coactivo del Estado, y la mayoría de la población catalana ha preferido chotearse con los gags de Polònia que pintaban a Rajoy como un funcionario despistado y a Sánchez como un playboy narcisita que no ejercitarse en pensar que de un estado como España, si abandonas el juego y te enfundas la máscara para luchar, siempre debes esperar lo peor. Nuestros líderes, de una mediocridad cada día más alarmante, no paran de citar la “situación de excepcionalidad” de nuestro presente, como si esto de criminalizar al independentismo, incluyendo detenciones arbitrarias, o de imponer la fuerza bruta por encima de la ley fueran algo nuevo. No, amigos: eso se llama razón de estado y, creedme, si obliga a llenar prisiones se hará, y si debe inhabilitarse a quien sea se hará. Cuando lo dudes, repite: “sí, lo volverán a hacer.”

España ha vuelto a ganar porque no sólo ha conseguido que el independentismo se presente disgregado a las elecciones del 10-N, sino sobretodo porque lo hace con unos partidos que compiten por ver quién se ejercita a lloriquear con más ahínco

El independentismo nunca ha dispuesto de armas, cierto es, pero durante los primeros años del procés adquirió la gracia de controlar el relato político, ilusionando a la población con la idea de “un nuevo país” que consiguió animar a ciudadanos indecisos, condenando al Estado a contrarrestarlo de forma reactiva y a ritmo de borrego. Pero desde la rendición posterior al 1-O y la claudicación de los presos a la justicia española el Estado ha conseguido hipotecar a nuestra clase política a todo cuanto desee y sin precio alguno. Fijaos si la cosa es delirante, que a pocos días de celebrar el segundo aniversario del referéndum de (supuesta) autodeterminación, aquel día en el que la policía se encarnizó contra la población, el tema central de la discusión política en Catalunya es si el independentismo ha devenido en la actualidad una opción política violenta de tintes terrorista. Éste es el único objetivo que escondían las detenciones en Sabadell, un anuncio electoral más del PSOE y la trampa perfecta para que todo procesista cayera de cuatro patas.

España ha vuelto a ganar porque no sólo ha conseguido que el independentismo se presente disgregado a las elecciones del 10-N (en las que sólo tenía sentido concurrir bajo una candidatura conjunta de bloqueo que tumbase sistemáticamente cualquier aprobación de investidura o presupuestos), sino sobretodo porque lo hace con unos partidos que compiten por ver quién se ejercita a lloriquear con más ahínco. Hasta la CUP que, a pesar de sus errores y abstenciones desastrosas, acostumbra a tener la decencia de tratar a los electores como seres adultos responsables, decía por boca de Mireia Vehí que se presenta a los comicios para “decirle al Estado que deje en paz a nuestra gente, que pare de encarcelar, de detener” y un largo etcétera que podría resumirse en la frase venimos al Congreso para decirle a España lo que sabe de sí misma, y a mucha honra. Si incluso los antisistema caen en esta política lacrimógena tan ancestral, entenderéis que mi pesimismo natural no pare de crecer cada día que pasa.

Ya sabéis que no tengo alma de predicador y que nunca peco del defecto de decir a la peña lo que debe hacer, pero –por todo lo que he escrito– en las próximas elecciones irá a votarles su puñetera tía. Eso de ir a llorar a Madriz (y engordarse con la nómina del reino, al estilo Duran i Lleida o Rufián-dieciocho-meses-y-ni-un-día-más) ya sabemos de sobra como acaba. Y acaba con que España gana otra vez. Siempre.

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