Yo he conocido al hombre encantador. Siempre era el centro de la fiesta, acostumbraba a disparar el chiste en el instante más inesperado, como si su capacidad de ocurrencia fuera idéntica al gesto de un cazador de gacelas que puede detectar la presa escuchando solamente una lejana sinfonía de hierbajos. El hombre encantador era la envidia de todas las familias: repartía caricias a los chavales, embutía la vanidad de las mujeres, que hubieran matado sólo porque les abriera la puerta del restorán, y tenía una voz de cordura que conservaba incluso en la jocosidad. Todo quisque quería tenerlo como tío, marido, todavía mejor, muchos pensaban que sería ideal como hermano confesor, de esos que confortan en la miseria y que guardan todas las respuestas posibles. Quién pudiera pasar todo un día con el hombre encantador, decían algunos amigos mientras le veían pellizcar las mejillas de sus hijos, levantarse el primero para ayudar en la mesa o culminar, una vez más, la anécdota perfecta.

Yo he conocido al hombre encantador, decía, pero también le he visto cuando las cenas se acababan y la fiesta ya era sólo nostalgia. Le he escuchado gritar como dios enfurecido sin motivo aparente –porque un objeto no estaba donde debía o porque la ventana estaba abierta en esa particular hora–, apretar las orejas de los niños con la fuerza bruta del gobernador de un bajel y también he podido ver como los renacuajos, cuando escuchaban sus pasos, fingían dormitar imitando perfectamente a la muerte, con tal de evitarlo. Con la mujer a la que decía querer, el hombre encantador no tenía rival: a pesar que estuviera conversando con otros, la escuchaba, y esperaba una frase suya, aunque fútil, para humillarla. Cuando nadie miraba, el hombre encantador la acorralaba pitonero, le llamaba su gran desgracia, disfrutaba viéndola llorar como el que certifica la vida de un recién nacido con su primer llanto, y la convertía en sirvienta ideal.

Pero sé certeramente que hay muchos hombres encantadores que han destruido la vida de muchas mujeres, señoras que podían ser poderosísimas en su ámbito laboral o de regocijo

Ser el hombre encantador siempre ha resultado muy fácil, y de hecho entiendo que el universo entero le tuviera envidia. ¿Quién no querría, es lógico, hacer lo que le plazca en todo momento? ¿Quién rehusaría tener una corte aduladora que siempre grita más que una tribu de pocos damnificados? Pero el tiempo pasa, y al final todo el mundo acaba conociendo la sombra del hombre encantador. En momentos así, la multitud corre a opositar en sabiduría. ¿Por qué no nos decías nada?, dicen los amigos que le reían todos los chistes. ¿Pero cómo no te atrevías a denunciar esta situación y a pirar de casa?, afirman los catedráticos de la hospitalidad. Pero nadie, sólo unas cuantas personas, sabían qué era vivir con el hombre encantador. Después, cuando todo el mundo goza de mayor libertad, se sabe toda la verdad, y la moral (afortunadamente) va cambiando, la cosa es más fácil. Pero quién era el hombre encantador: de verdad, lo sabían poquísimas personas.

Me repugna este presente que sentencia con la comodidad actual los hechos del pasado y que hace moralina de cualquier escándalo, y me incomoda profundamente este nuevo deporte nacional de linchar en las redes la vida de las personas en base a rumores o, directamente, en la feliz inventiva, sin presunción de bondad. Pero sé certeramente que hay muchos hombres encantadores que han destruido la vida de muchas mujeres, señoras que podían ser poderosísimas en su ámbito laboral o de regocijo pero que –por los motivos que sean, y quién cojones soy yo para juzgarlos– ante ellos no consiguieron salvarse. Es muy fácil decirle a quien tiene miedo que se lo quite de encima cuando uno no sabe el poder que tiene el poder de dañar. Resulta muy sencillo moralizar sobre el pasado desde la libertad presente, como si las víctimas del hombre encantador fueran idiotas o, todavía peor, como si en el fondo todavía tuvieran que agradecerle haber catado su genio.

No hace falta volverse timorato o desconfiar del mundo ni de los hombres por sistema, ni tampoco santificar la debilidad y la fragilidad de las personas con tal de lloriquear de forma barata: pero creedme, el hombre encantado está mucho más cerca de lo que os pensáis y quizás ha conseguido que miles o incluso millones de personas gocen como enanos con su quehacer y su sonrisa. Pero sus víctimas también existen y deben tener derecho a hablar para recuperar su orgullo. Cuando les plazca, dando la cara o detrás de un biombo, y al precio que sea. Sólo faltaría. Porque el miedo existe, es un valor invisible aunque tiene efectos palpables. Por ello este artículo no tiene nombres propios y se titula el hombre encantador.

 

Agustí Colomines
opinión Lágrimas y conciencia Agustí Colomines
Gemma Marfany
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