Si ninguna contingencia humana, divina o pandémica lo impide, el Gran Teatre del Liceu inaugurará temporada hoy mismo (21 h) en la Basílica de Montserrat con el concierto "Del dolor a l'esperança". Los responsables artísticos de nuestro primer equipamiento musical público han creído oportuno programar una velada centrada en dos tótems sinfónicos-corales del repertorio, el Réquiem de Mozart y la Novena Sinfonía de Beethoven, partituras venerables con que la dirección liceísta ha querido simbolizar la transición entre el luto causado por el bichito amarillo de Wuhan y el anhelo de un futuro más benigno. El concierto no tendría mucha más historia si no fuera que, hace justo una semana, el crítico y profesor Jaume Radigales tuiteaba oportunamente, y con las narices hinchadas, exclamándose de la nula presencia de intérpretes de casa en la parte solista de unas obras que podrían ser excelentemente defendidas por alguna voz del territorio. Como era de prever, el clamor se desvaneció en el ruido inhumano de la red.

Desdichadamente, y la enmienda va más allá de un concierto que es el enésimo síntoma de la dejadez de nuestros gestores culturales, nos hemos avezado a que las instituciones musicales del país no tengan la presencia de los músicos de casa entre sus prioridades artísticas. Repitámoslo de nuevo: el Liceu y el Auditori, entre muchos otros equipamientos catalanes, se sufragan de los impuestos de la ciudadanía, lo cual los obliga al fomento de nuestro patrimonio, incluyendo la presencia de los intérpretes que asegurarán el futuro. Por poner un ejemplo de actualidad, los catalanes dedicamos bien contentos una parte importantísima de recursos públicos a formar y profesionalizar a un nivel de primer mundo a nuestros magníficos enfermeros y médicos. Si un 70 % de estos profesionales que nos han hecho sentir orgullosos por como han afrontado la Covid-19 se tuvieran que ganar el pan fuera del país, ¿verdad que nos indignaríamos? Pues eso es exactamente lo que ocurre con nuestros músicos.

Nos hemos avezado a que las instituciones musicales del país no tengan la presencia de los músicos de casa entre sus prioridades artísticas

Por un liberalismo de pacotilla mal entendido, se tiende a pensar que normalizar una cuota de músicos catalanes en las temporadas de los equipamientos públicos (que podría ser equiparable al tanto por ciento de impuestos que se entregan) implicaría coartar la libertad de sus equipos artísticos, cayendo en una especie de provincianismo de butifarra. Es exactamente lo contrario: que nuestros auditorios y teatros de ópera sean el espacio natural donde los cantantes de casa inicien y después consoliden sus carreras, y que, a su vez, el Liceu o el Auditori fomenten la conexión entre los músicos del plantel y su público más próximo es justamente la condición de posibilidad para internacionalizar el trabajo de los equipamientos y mejorar el nivel de excelencia. No hay nada más provinciano, en definitiva, que no imitar aquello que ya sucede en los países más desvelados de nuestro entorno, donde nadie discutiría que negar a los músicos el derecho de ganarse parte del sueldo sea un gesto de mínimos.

Hace unos cuantos lustros, algunos remilgados profesionales de la tribu ya se indignaron cuando la radio pública estableció una cuota mínima de música catalana moderna en su programación. Pues bien, sin este acto absolutamente normalizador que acababa con una discriminación patológica de nuestros artistas en emisoras como Catalunya Ràdio, hoy la presencia de músicos catalanes como Sílvia Pérez Cruz en muchos escenarios del mundo o la naturalidad con que grupos como Manel forman parte del cartel de festivales de prestigio internacional como el Primavera Sound habría sido imposible. Recordémoslo hasta la náusea: sin cuidar del patrimonio, la internacionalización del arte de un país es una simple quimera. Si un equipamiento nuestro como el Liceu inaugura la temporada sin ningún solista de casa, y más todavía en un espacio formativo esencial como Montserrat y en un concierto que se televisará, ¿qué mensaje estamos dando a músicos y estudiantes del país? Sólo uno: ¡exiliaos!

En tiempo del confinamiento, la red hervía de elogios ditirámbicos a los músicos catalanes que ofrecieron multitud de conciertos de forma gratuita en la red para hacernos la vida más pasable. No hubo para menos, pues en un tiempo de precariado endémico en la profesión, los artistas de casa nos mostraron una generosidad indecible. Pues bien, ahora que las salas vuelven a medio abrir y las temporadas pretenden recobrar la normalidad, es hora de que los ciudadanos les devolvamos el favor exigiendo a nuestros responsables una cosa tan básica como que hagan todo lo posible para que los artistas que hasta ahora han podido ir tirando no acaben cayendo en una situación vital de emergencia (y cuando escribo esta frase quiero decir que hay muchos músicos vecinos a quienes el estómago no sólo les hierve de rabia, sino que empieza a hacerlo de hambre). Entiendo que eso sea aplicable a otros sectores laborales igualmente precarios, pero algun lumbreras político dijo que este año la cultura sería una prioridad esencial.

Las cosas podrían cambiar si los políticos hicieran su trabajo y los responsables artísticos de los equipamientos públicos catalanes recordaran el motivo por el cual ocupan su silla y cobran un sueldo mucho más generoso que muchos de los artistas del país

Sé que muchos programadores de la tribu contrarrestarán este artículo con un nivel porcentual de presencia catalana en sus salas, pero estos mismos gestores saben perfectamente que los números esconden que nuestros cantantes casi siempre ocupan un rol secundario, a menudo de presencia prácticamente invisible, y que su caché es ínfimo si lo comparamos con el de estrellas internacionales (¡o incluso de músicos muy mediocres!) que visitan regularmente nuestras salas para hacer recitales que dejan poquísima huella, más allá de ir llenando la caja y contentar a los esnobs. Si hace falta lo consultaré personalmente con la Moreneta, pero se me ocurre ningún motivo por el que los melómanos que subirán a Montserrat hoy de noche no podrían escuchar y no disfrutar de algunas de nuestras magníficas voces defendiendo alguna de las inmortales frases del Réquiem o de la Novena. Porque de cantar en latín y alemán, creedme, nuestros cantantes también saben un rato.

Nada me complacería más que poner fin al artículo dominical con un acuerdo de esperanza. Pero, tristemente, no es la primera ocasión que reclamo un derecho básico para todos aquellos artistas de casa que viven de forma precaria o deben ganarse la vida allende los mares. Las cosas podrían cambiar si los políticos hicieran su trabajo (¿cómo puede ser que la conselleria de Cultura todavía no haya convocado una mesa para afrontar la crisis del sector musical, teatral o de danza que incluya a artistas, promotores, técnicos, etcétera?) y los responsables artísticos de los equipamientos públicos catalanes recordaran el motivo por el cual ocupan su silla y cobran un sueldo mucho más generoso que muchos de los artistas del país. De momento, y espero equivocarme, yo de esperanza tengo poca. Y dolor y rabia, contrariamente, entre los compañeros he visto a espuertas, como para llenar toda una basílica.

Por cierto, amigos del Liceu, si visitáis Montserrat aprovechad para echar una ojeada a su magnífica biblioteca. Es un buen sitio para descubrir que, aparte de excelsos cantantes, Catalunya también tiene una especie de bípedo denominado compositor. Los hay buenísimos, de primera línea. Y sí, ya ves tú, también tienen el defecto de comer más de una vez al día. Si hace falta, también pueden componer en latín, en alemán o en lo que haga falta. La esperanza también la conocen, y el dolor ya ni os digo.

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