A estas alturas, la mayoría del común habrá recibido un guatsap de algún conocido muy bien informado, recomendándole que compre reservas de aceite o de papel de váter antes de Navidad, porque la falta de existencias de materias y productos básicos puede comportar que tenga que sofreír con mantequilla o limpiarse el ano con papel de lija cuando la Virgen dé a luz al niño Jesús. Si el mensaje irrumpe en un grupo (ya sea de amigos, padres de escuela o compañeros de gimnasio y ante el escándalo general), el compañero documentado en cuestión responderá que los barcos no llegan a puerto, alguna cosa sobre el monopolio manufacturero de China y la competencia con América, y una previsión muy razonada sobre cómo los precios subirán de doce a quince euros debido a la escasez de la despensa mundial. Ante el apocalipsis, se pensará que por tener unos litros más de aceite en casa tampoco pasa nada, y se volará hacia el supermercado.

Si hay algún negacionista en la sala, se le advertirá que un país civilizado y musical como la bella Austria ha advertido a sus ciudadanos sobre la posibilidad de un apagón eléctrico que dejaría el país sin luz durante un tiempo indefinido. Se adjuntará el correspondiente enlace del telediario donde se dice que la ministra de defensa ha regalado a los austríacos un pequeño vídeo informativo sobre cómo se tiene que obrar cuando no tienes luz en casa y, literalmente, "qué hay que hacer cuando todo se para." El eslogan tiene su gracia, dado que ya hace un tiempo que el mundo había asumido un cierto adagio sostenuto y apenas volvíamos a pasear por las calles sin marearnos. Todo eso, no hace falta decirlo, responde a la fiebre apocalíptica que comentaba aquí mismo hace semanas, pero también a la inaudita gracia que tiene el capitalismo para anticipar el fin del mundo con el único objetivo de amedrentar al consumidor y engordar al proveedor.

No hay mejor forma de destruir el apocalipsis consumista que ateizar el fin del mundo como un nuevo truco más para hacer engordar la locura

De hecho, el mundo está lejos de haberse detenido. Más bien, si me permitís la metáfora cursi, el motor ha descansado un poco antes de volver al ruido de siempre, incluso con un poco más de brío. En efecto, el pavor de un mundo a oscuras o sin suficientes galets para hacer la sopa no solo aumentará el consumo oportunista de algunos bienes de primera necesidad, sino que será la excusa perfecta para que los empresarios del primer mundo jueguen al monopolio y encarezcan algunos productos. Pero no ha cambiado nada; seguimos produciendo (y en Europa, destruyendo) una cantidad ingente de alimentos que lanzamos a la basura y difícilmente llegaremos a un apagón general, por el simple hecho de que los primeros interesados en cobrar la luz más cara son sus mandarines. La cultura del capitalismo todavía cristianea, y no hay nada mejor para parar el fin del mundo que pregonarlo para alborotar a los cándidos.

De hecho, si alguna cosa teme la máquina del sistema y su frenesí, pues vivimos una existencia acelerada y con disposición 24/7, es que nuestro ritmo vital y la lentitud del confinamiento se contagie a otras esferas de nuestra existencia como el consumo. Si alguna cosa da miedo, en definitiva, al caracol de la fiesta consumista es la ralentización general de la vida activa. Sin llegar a hacernos eremitas, es posible una vida feliz mediante una existencia semiconfinada que reduzca las necesidades de llenarlo todo a fuerza de comprar. En efecto, parar la velocidad, dejar correos electrónicos para el día siguiente, o reducir el consumo absurdo sería mucho más revolucionario (y poco contaminante) que gritar blablablá como una loca a la manera de la pluma insufrible de Greta Thunberg. No hay mejor forma de destruir el apocalipsis consumista que ateizar el fin del mundo como un nuevo truco más para aumentar la locura.

La Navidad se celebrará, para desgracia de los descreídos como yo, y tendrá una dosis extra de aceite, todos los galets necesarios y la consecuente diarrea intestinal. Y no, amigo del guatsap, no nos faltará papel de inodoro. Al contrario, habrá un frenesí del gasto que te cagas.