Este artículo va de uno de estos hombres de seny tan típicos de la tribu que, ante cualquier problema o una posible corruptela, lo primero que hace es encargar una auditoría. En el caso que nos ocupa, el llamado Barçagate, la firma afortunada ha sido PriceWaterhouseCoopers, pero ya sabemos que si quieres encargar un informe con la intención de que te dé la razón, también podrías haber tocado la puerta de Deloitte, Arthur Andersen, Ernst & Young, Simon & Garfunkel, Johnnie Walker (si puede ser Blue Label) o Milli Vanilli. Cuando la cosa va de disimular el hecho hasta ahora incuestionable de haber contratado una empresa no sólo para despotricar de algunos de tus antiguos rivales por la presidencia, lo cual podría entenderse, sino también de los mejores jugadores del primer equipo que comandas, el mejor contraataque siempre es un tocho de auditoría. Tú métele folios, chato, que en este país no lee ni cristo.

La Catalunya de Josep Maria Bartomeu es un caso encomiable de resistencia que no podemos dejar de aplaudir y la prueba indiscutible es que el Barça, en efecto, no es más que un club, sino una entidad con más vocación divina que la Moreneta. Porque si tú no dimites de un cargo como la presidencia del Barça después de autorizar la contratación de una empresa sin concurso ni rivales conocidos (eso sí, con el clásico fraccionamiento de contratos: ¡y después dirán, querida Laura Borràs, que eso del fútbol no es cultura!) que despotrica de tus jugadores, después de que seis de tus directivos abandonen el barco y uno de ellos te acuse de alguna cosa más que irregularidades, y de suspender de empleo y sueldo a la responsable de cumplimiento normativo del club que tú mismo has ratificado, pues si no te largas después de toda esta ensalada de deserciones, es que eso de irse no entra en tu diccionario.

Así es el país de los socios del Barça, un lugar donde vale más una buena auditoría que te dé la razón que meterle seis goles al enemigo y olvidarte de que en el campo hay un señor que viste de negro y amarillo chillón

Pero al socio del Barça, que es una extraña ramificación del catalán prototípico, esta persistencia en el cargo es una cosa que le enorgullece. De hecho, por si todo lo que citaba antes fuera poco, Bartomeu ha decidido que eso de culpar los otros de la propia incompetencia (lo que hace el Govern cuando no tiene bastantes respiradores y mascarillas para nuestros abuelos y lo exculpa todo a los demonios de Madrit, vaya) necesita un nuevo alehop. Si tú has autorizado un contrato con una firma de una forma irregular, lo más sensato que puedes hacer es cargar toda la responsabilidad en uno de tus directivos: coges al pobre Jaume Masferrer, un hombre a quien nadie pone rostro ni voz, y le disparas toda la diarrea. No obstante, tienes que intentar que no te acusen de mala persona y de poco sensible: ¿y cómo se puede conseguir esta cuadratura? Pues vas y lo suspendes de trabajo... ¡pero no de sueldo!

¡No me diréis que la cosa no es de auténtico genio! De hecho, Josep Maria Bartomeu tendría que entrar directamente en el panteón de catalanes universales, al lado estrellas del firmamento patrio como Pau Casals y Salvador Dalí. ¿Porque quién no ha soñado, en su delirio más excelso, con la sola posibilidad de cobrar, aun estando suspendido de trabajo? ¿Quién no querría ser CEO de una empresa inmobiliaria, cirujano, ingeniero, poeta o incluso panadero si el castigo que implica contratar con fraudulencia es el de seguir cobrando sin la necesidad de abrir el horno a las cinco de la madrugada para hacer los primeros cruasanes del día? Así es la Catalunya de Bartomeu, queridos lectores, que también es la Catalunya de Sandro y de todo nuñista como Dios manda. Si tienes un problema, tú métele creatividad, improvisa una solución mágica o saca del armario a tu jefe de prensa, que hoy hay ruido en la radio pero mañana ya será otro día.

De hecho, Josep Maria Bartomeu no estará nunca solo en su cruzada. Cuenta con la inestimable ayuda de los socios del Barça, que ya llevan muchas semanas pensando que la Liga se les ha escapado porque el VAR y los árbitros que lo comandan son más blancos que las bragas de la Virgen María; y ya sabemos que los dirigentes ancestrales del Barça darían todas las Champions del mundo a cambio de ganar al Madrit en casa y de poder flagelarse un poco con el favoritismo arbitral que se regala al equipo del kilómetro cero. Por si eso fuera poco, los socios del club también podrán excusar la catástrofe deportiva de este año en el hecho de que el Espanyol baje a segunda, ya que aquí, amigos míos, venimos no a disfrutar de los éxitos propios, sino sobre todo a escarnecer las desgracias de los vecinos. Así pues, con un poco más de arbitrajes blanqueados y con cuatro lágrimas de los pericos eso del Barçagate será historia.

Esta es la Catalunya de Josep Maria Bartomeu. En el campo ya puedes apostar por el toque corto y la posesión larga, que en la vida lo que toca es meter una buena patada al balón y rezar para que no vaya a la tercera gradería. Así es el país de los socios del Barça, un lugar donde vale más una buena auditoría que te dé la razón que meterle seis goles al enemigo y olvidarte de que en el campo hay un señor que viste de negro y amarillo chillón. Todo eso tiene su traducción en la política, pero hoy es el miércoles y del procés da muchísima pereza hablar nada más a media semana. Basta decir que eso, en definitiva, es lo que queremos. O mejor dicho que eso es, al límite, lo que merecemos. Y visca el Barça, reina. Y mueran los árbitros, qué coño. Y baje el Espanyol, que da mucha rabia. ¡Y qué buen presidente eres, Josep Maria!

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