Supongo, querido lector, que hoy tienes la bondad y la gracia de leerme mientras te tuestas bajo el sol en una de estas insufribles playas donde se acumulan virus varios, niños huraños y adolescentes chillones, rodeado también por los pocos turistas que han desobedecido a sus civilizadísimos gobiernos europeos y han visitado Catalunya, todo cerca de chiringuitos nauseabundos malolientes de frituras, rodeado de una serie de utensilios de ocio que, bien enmarcados en Instagram, podrán regalar a tus amigos la imagen de una vida feliz. Me gustaría ofrecerte un poco de paz, ahora que la canícula nos marea, pues sé que la fotografía que has colgado, donde sales haciendo morritos con tu pareja y con los niños abrazados, esconde que con Maria Lluïsa hace meses que no folláis y que cuando los chiquillos se ponen tozudos y los críos se pelean por un trozo de helado, los lanzarías por la ventana del hotel. Yo vivo entre las sombras, y lo sé todo.

Sé que, en el fondo, te estás cagando en la vida. Pero incluso en este entorno de sordidez, te recomiendo casi como un imperativo que lo disfrutes mientras puedas. Porque no se acerca una crisis, se avecina un cataclismo. De eso del bache, en el fondo, no hemos salido desde el 2006. De aquella cueva salimos adelante agotando las últimas existencias; ay, no teníamos trabajo o nos hacía falta una habitación porque no podíamos pagar el alquiler, los ahorros de la familia o el colchón de la abuela nos sacaban del apuro. Primero nos acostumbramos a no tener sueldo fijo, hacíamos cachondeo e incluso nos declarábamos orgullosos autónomos; lo que denominábamos "nómina" todavía es una ficción, y las propinas que nos pagan algunas empresas de grandísimos superávits se han reducido a la mitad. Los abuelos van muriéndose; los padres, lógicamente, reclaman tener cuatro duros para sufragarse el descanso. Ahora no vienen estrecheces; viene hambre.

Este no es un artículo fatalista; es una simple mirada al cataclismo que nos viene encima. Otras cosas no, amigos míos, pero eso sí que se huele

Paladea la birra caliente que tienes en la mano o acábate el asqueroso daiquiri que te han hecho en el bar de la playa, porque la tregua durará pocas semanas. Disfruta de las mañanas haciendo running, uno de los pocos momentos que puedes escaparte de casa, y degusta las tortillas de berenjena que te preparas por la noche, porque el cataclismo ya está aquí. Sí, querido y paciente lector, antes he escrito "hambre"; el hambre que ya están pasando muchos compañeros músicos que se han quedado sin trabajo y que ven en el horizonte un par de conciertos en octubre que probablemente no se harán. El hambre que ya están pasando los amigos actores, dramaturgos y técnicos, a quienes ningún gobierno salvará, ni ningún espectador rescatará para agradecerles la cantidad inmensa de horas que nos han hecho disfrutar. No estoy haciendo a ninguna defensa sectorial, porque toda esta precarización que hemos sufrido en la cultura (¡y en el periodismo!) muy pronto llegará a tu sector y te reventará en la cara.

No soy economista y (vistas las predicciones que hicieron todos los sabios de Columbia y de Harvard) no hace puta falta. Sólo hace falta que llames a diez amigos tuyos con quienes tengas una relación sincera, y verás cómo están las cosas realmente. Paséate por el Eixample, la mejor encuesta del país, y en pocas manzanas verás como los locales que se disponen a traspasar van de cinco en cinco. Barcelona ha jugado a la carta de ciudad provinciana y pobre: ahora pagaremos las consecuencias del runrún y de tanta polla en vinagre comunista. Nuestra capital ya ha dejado de ser una ciudad interesante; ya me dirás qué coño haremos del resto del país. Si tienes menos de treinta años, lector mío bonito, no lo dudes: busca trabajo en el extranjero y sal corriendo mientras puedas. Este no es un artículo fatalista; es una simple mirada al cataclismo que nos viene encima. Otras cosas no, amigos míos, pero eso sí que se huele.

Me sabe mal turbarte el domingo, pero sabes que siempre te he dicho la verdad. Ni recesión ni mandangas: una hostia con toda la mano abierta, y escoge tú el lugar donde te haga más daño, si la mandíbula o directamente en los cascabeles. No hay ningún motivo de esperanza, y de política supongo que no hace falta ni que te hable. El chantaje seguirá por muchos años más. Fíjate en que los convergentes, a pesar del papelote de Puigdemont, ya vuelven a subir en las encuestas. Mira si la cosa tiene gracia, que el independentista ha acabado decidiendo su voto según quién le parece menos loco. ¿Los debates del futuro? Pues ya te lo puedes imaginar, que si este va o no va a la conferencia de presidentes, que si un poco más de financiación para respiraderos, que si ahora os llevo el Senado a Barcelona (¡sí, querido, volverás a oír hablar del Senado!) y un eterno regurgitar de payasadas que creíamos haber superado. Un eterno retorno de la misma farsa.

Perdona, que hoy tenía ganas de hablar y la cosa ha acabado un poco larga e inconexa. Deja estar el teléfono y regálate un buen baño, que te lo mereces, y será de los últimos. Porque todo lo que viene es, de hecho, peor que el cataclismo que te espera en la esquina. Es una decadencia que sólo podrás salvar hablando solo, yéndote de aquí o haciéndote el loco. Que tengas un buen verano, querido lector. Yo no pararé de escribir. Alguien lo tiene que hacer, y a mí me sigue gustando como el primer día.

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