El epidemiólogo Mendioroz, director de la Unidad de Seguimiento de la Covid-19 en Cataluña, apuntaba al hecho del posible confinamiento en unos 15 días. Se refería al área de Barcelona. Pero mucho me temo que, días arriba o abajo, más pronto que tarde, nos vamos a tener que volver a encerrar.
Parece mentira, pero después de los meses que hemos pasado, de la incertidumbre, de saber como sabemos que ha habido miles de personas fallecidas y otras tantas que van a tener secuelas a causa del nuevo coronavirus, volvemos a caer en los mismos errores.
Ya se decía al inicio de esta pandemia: el problema, el verdadero escollo, se producía por la saturación en los hospitales de personas que necesitaban una atención urgente y de la que no podían disponer. Esa fue la catástrofe: tener que gestionar una situación de crisis sin los recursos necesarios. No era tanto por el virus en sí sino por la falta de preparación que teníamos para cuidar de aquellos que lo necesitaban.
El virus sigue presente. Las vacunas están en proceso pero por el momento no hay nada que lo frene o que lo elimine. De hecho, ya sabemos que se propaga por el aire, y además que puede ocasionar efectos a lo largo del tiempo: desde problemas en la piel a problemas respiratorios, o del sistema nervioso. También sabemos que los linfocitos T generan defensas que pueden durar años en nuestro organismo. No todo iba a ser malo. Pero lo cierto es que el verano hace que nos relajemos, y sumado a la enorme cantidad de personas asintomáticas que pueden estar contagiando a otras sin saberlo, tenemos la ecuación perfecta para que, como señala Mendioroz, nos tengamos que volver a confinar.
Esta vez, al menos, mentalmente ya estamos preparados. Sabemos en qué consiste pasar los días en casa, sabemos cómo podemos gestionar mejor aquello que no hicimos del todo bien la primera vez.
De esto va, en parte, la gestión de este virus: de conciencia colectiva, de empatía y de saber que si tú haces todo lo posible por proteger a los demás, todos estaremos más seguros
Y muchos pensábamos que todo esto nos serviría para aprender. Para analizarnos, para crecer. Lo cierto es que viendo ahora la cantidad de irresponsabilidades que se producen, no está tan claro que hayamos aprendido. Pero no nos vendría mal haber tomado nota de algunas cosas: de cuidar de nuestros mayores, llamarles cada día si nos vuelven a aislar; ayudar a nuestros vecinos, preocuparnos por saber cómo están, si necesitan algo; ser muy prudentes a la hora de hacer cualquier plan que conlleve el más mínimo riesgo; saber que habrá alimentos para todos y que no es necesario repetir aquellas imágenes indecentes de los supermercados arrasados sin sentido. Espero que hayamos aprendido también a no ser policías de balcón, a no meternos donde no nos llaman y a no criticar a los demás por cualquier cosa: espero, sinceramente, que no se repitan esas imágenes lamentables de personas insultando y criticando a quienes tenían que salir a la calle por necesidad. Espero que no sea necesario salir con un lazo azul en el brazo para indicar que estar en la calle en un momento dado es por salud, del tipo que sea, pero necesario.
Me gustaría, si nos vuelven a confinar, que aprendamos a respetarnos. Algo que no hacíamos antes de la pandemia y que, por lo que se ve, ahora tampoco. Porque en definitiva de esto va, en parte, la gestión de este virus: de conciencia colectiva, de empatía y de saber que si tú haces todo lo posible por proteger a los demás, todos estaremos más seguros.
Es una pena que tengan que obligarnos a hacer las cosas. Es triste tener que reconocer que ni siquiera para salvar nuestra salud y la de los demás, tienen que imponer una coacción mediante multas y sanciones. Y ni siquiera así se puede garantizar que la gente deje de hacer botellones, fiestas, y tratar de trampear. Ni en estas circunstancias aprendemos, y si no lo hacemos en algo tan básico, es fácil comprender cómo seguimos viviendo de la manera en que lo hacemos, cómo soportamos los abusos que soportamos y, en definitiva, cómo nos dejamos hacer en lugar de actuar por responsabilidad propia. Tenemos una oportunidad excepcional para aprender, tomar el hábito y aplicarlo en lo que vendrá, que no será únicamente una cuestión sanitaria.