Dicen que fueron más de doscientas mil personas las que ayer fueron a Perpinyà a ver y escuchar a Carles Puigdemont. Hay datos que se acercan más a las trescientas mil. Todas ellas organizadas, pagándose de sus bolsillos el viaje, la comida, la gasolina, el autobús, el aparcamiento. Convencidas, libres y respondiendo a la llamada, una vez más.

La Catalunya Nord, que está en territorio francés, ha hecho posible que la inmunidad de Puigdemont, Comín y Ponsatí sea efectiva, ha dejado en evidencia a España. Literalmente, ha avergonzado al Estado español una vez más. Porque ha dejado constancia de que en Francia tres eurodiputados han podido darse un baño de masas, acompañados por miembros del gobierno actual de Catalunya, y ante los ojos de múltiples medios de comunicación.

Es evidente que el problema lo tiene España, porque este acto no habría sido posible unos kilómetros más allá de Perpinyà. Porque el juez Pablo Llarena avisó de que la inmunidad aquí no tendría efecto, considerando que España es de algún modo una suerte de paraíso judicial. Algo parecido decía un tribunal aragonés estos días, al señalar que las normas de derecho penal internacional no son de aplicación en España. Y todo para no responder a las demandas sobre memoria histórica de las víctimas del franquismo.

Todo lo que tenga que ver con aquellos que plantan cara al fascismo queda fuera de la ley que se supone igual para todos. Y la derecha brama: como Álavez de Toledo, que sin reparar en el brutal ridículo que hace, envía una carta a las autoridades francesas para pedirles que repudien a Puigdemont. Y lo hace apelando a la libertad y a la democracia. Algo esperpéntico. No se da cuenta de que tanto ella como Valls hacen gala de unos ramalazos anitdemocráticos y contra la libertad, precisamente. El francés, que negaba la existencia de la Catalunya Nord, se atrevía además a decir que el president Puigdemont no era bienvenido en Francia. Así, sin despeinarse. Otro que tal baila, como Cayetana Álvarez de Toledo. Los que están tan acostumbrados a creerse que todo es suyo, que no se dan cuenta de que precisamente quedan en evidencia cuando escupen hacia arriba.

Una semana en la que el Constitucional ha tumbado la sentencia de Marchena contra Strawberry, en defensa de la libertad de expresión. La misma en la que conocemos la absolución de Willy Toledo por cagarse en Dios y en la Virgen, haciendo uso, también de su libertad. Y esto sucede los mismos días en que se destapa el escándalo de la Junta Electoral Central, que tenía como vocal a Betancor mientras estaba a sueldo de Ciudadanos y resolvía las denuncias que estos presentaban y que, supuestamente, él habría ayudado también a redactar. Son personajes como éste los que, haciendo trampas, se dedican a criticar a los demás: criminalizan a quienes sencillamente quieren expresar su opinión a través de unas urnas. Esos son los delincuentes. ¿De qué libertad hablan estos? Los que aplauden la inhabilitación tramposa de un diputado por colgar una pancarta que pide la libertad de quienes están presos de manera injusta. Los que se alegran de ver entre rejas a quienes hicieron posible que más de dos millones de personas expresasen pacíficamente sus ideas. Resulta cínico y cansado aguantar los discursos de estos personajes.

Habría habido aún más gente en el acto de Puigdemont de no ser porque la policía española se ha dedicado a hacer controles de todos los vehículos, obligándoles a pasar de uno en uno la frontera. Esto ha ocasionado atascos interminables que han hecho que centenares de personas no llegasen al acto a tiempo. El diputado vasco Jon Iñarritu preguntará en sede parlamentaria por estos controles.

Los amigos de Álvarez de Toledo, de Valls, de Betancor han sido pocos y no han podido pasear su odio como les habría gustado. Pero aún así, los cuatro que han sido, han tenido la libertad para expresarse. Porque la libertad es precisamente eso: poder no estar de acuerdo y expresarlo tranquilamente.

Hoy ha sido un día histórico. Uno más. Otra victoria más de Puigdemont, que ha conseguido tener una respuesta masiva, sin comparación por parte de otro líder político en la UE en estos momentos. Y eso es, precisamente lo que les jode. Lo que les hace apretar los dientes y escupir veneno. Y son tan nefastos que escupen para arriba… y ya se sabe lo que pasa después.

Pero, además de todo esto que ha sido sin duda emocionante y reconfortante, hay algo que me parece lo más importante de ayer en Perpinyà: Núria Casamajó ha podido abrazar a su hijo dos años después, después de sufrir el exilio de su hijo, sus días en la prisión alemana, las persecuciones, las amenazas, la muerte de su marido. Sinceramente, todo lo político me parece apoteósico. La movilización de la gente me resulta alentadora. Pero, sobre todo, humanamente, lo que más me ha llegado al alma es que una madre que lleva dos años sin poder estrujar a su hijo, habiendo pasado un verdadero calvario, haya podido hacerlo. De corazón, es lo que más me alegra del día de ayer: el abrazo de Perpinà. Y hay que hacer todo lo posible para que pronto ese abrazo sea en Amer.