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Lo primero que hago cuando me levanto es tomar un café y hacerme la cama. Si el café es meramente un elixir mañanero más psicológico que real, hacerme la cama tan pronto como me levanto formó parte de mi reeducación cuando estuve ingresado en el centro de adicciones. Hacerse la cama es el punto de partida de un día que, en teoría, se regirá por el orden en una mente tan poco cartesiana como la mía. Si existe el caos, encontradlo dentro de mi cerebro, con la ventaja, ahora, de que quien visite mi habitación con las legañas todavía en los ojos se encontrará una cama inmaculada a disposición de los amantes espontáneos o de los que se echan siestas con pijama o sin él.

El problema es que la modernidad me ha vuelto estúpido. Dormir con edredón, moda importada de los países considerados la capital de la civilidad, facilita hacerse la cama, pero la otra noche dormí entre sábanas y, cuando me levanté, las pasé putas para rehacer todo el desastre nocturno. Evidentemente, después de tantas dormidas bajo la alfombra de un edredón, había perdido la maña y el resultado fue una cama imperfecta, de esas que, cuando tratas de deshacer una arruga, aparece otra, y me habría podido pasar el día rehaciendo la cama hasta la derrota final. Como el tío de Jacques Tati, y el ciprés. Los cinéfilos sabrán de qué hablo.

La IA es neutra, inodora e incolora, y nunca queda mal contigo, a menos que seas Netanyahu, Putin o los líderes del Estado Islámico

Y mientras malhacía la cama, pensé que el edredón es como la IA. Te facilita el trabajo, pero te empobrece el entendimiento. Porque es cierto que la IA te evita cualquier tipo de esfuerzo, pero te limita la metáfora, y sobre todo, a enfrentarte a los problemas que, en el fondo, son los que adiestran tu supuesta inteligencia. La IA, como el edredón, es demasiado amable. Y si no, hagan un ejercicio de egocentrismo y pregunten a la IA sobre su persona si han tenido una vida más o menos pública. Fuera de la IA encontraréis de todo, haters incluidos. Pero la IA es neutra, inodora e incolora, y nunca queda mal contigo, a menos que seas Netanyahu, Putin o los líderes del Estado Islámico. Se puede equivocar con ciertos datos, pero es como aquel amigo que te conoce lo suficientemente bien pero que nunca te acompañará al dentista ni te apoyará en un mal de amores. Sería, en lenguaje boomer, un amigo sin derecho a roce. Pero, incluso siendo Netanyahu o Putin, la IA mantendrá con ellos una actitud neutral. Explicará los hechos, pero nunca tendrá una actitud crítica. Tal como los buenos equidistantes.

Vivimos en una sociedad que ya está preparada para ser fagocitada por la IA. Y hablo de fagocitar y no de antropofagia porque, según la IA, fagocitar es el proceso biológico en el que una célula rodea, engulle y destruye partículas extrañas, como bacterias, virus y células muertas. Atención a las partículas extrañas. Yo, el otro día, paseando por Lloret de Mar, me sentí una célula muerta.

Tengo la enfermedad de la adicción y seré portador toda la vida. Por esta razón siempre tengo que ir por el mundo con el pie en el freno, porque, a menudo, tengo tendencia a acelerar y saldría retratado en todos los radares a satisfacción de gente tan equidistantemente funcionarial como Pere Navarro. Y ahora que me divierto visitando TikTok con carácter de voyeur, el algoritmo tiene la generosidad de regalarme entrevistas de periodistas que ponen el micrófono a disposición de la horda que acompaña a Donald Trump en todos sus mítines. Y bajo la pregunta, ¿qué piensa usted de Trump?, todos responden que es el mejor presidente de la historia de EE. UU. Mejor que Lincoln, mejor que Reagan, mejor que Dios, tan amigo de la América First. Y cuando el periodista les pregunta el porqué de aquella afirmación tan inflada, los entrevistados contestan repletos de patriotismo que Trump ha ganado todas las guerras. Evidentemente, el periodista continúa metiendo el dedo en la llaga, y cuando les pide que digan una de las guerras ganadas por Trump, son incapaces de decir una y lo desafían con una mirada que lo dice todo: ¿quién necesita ganar una guerra si el mundo es nuestro?

Todos estos trumpistas ya son bacterias, virus y células muertas fagocitadas por la IA. Los une la desidia moral, la ignorancia y sobre todo la estética, a pesar de ser una masa transversal que engloba desde empresarios hasta el más obrero de la clase obrera. Es una estética chabacana y patriota, que a menudo brilla demasiado bajo el sol de las Américas. Como el pelo de Donald Trump, que un día es naranja, el otro amarillo y a veces del color del cemento armado. A los ultras en España también les pasa lo mismo. Cuando se manifiestan, lo único que lucen, disfrazados de patriotas abanderados, es odio a la diversidad y mucha ignorancia, que es la mejor manera de soportar su propia ignominia. Y estos asiduos a la plaza Colón y Madrid también son una masa transversal; en este caso, más ética que estética, compuesta por pijos adornados con polos de Ralph Lauren, mujeres con perros con collar rojigualdo, obispos, jueces, toreros, influencers, militares, intelectuales monolingües, amigos de Desokupa y trabajadores en general.

La estética define muy bien la situación moral de la sociedad. Si un periodista hubiera puesto el micrófono a disposición de los paseantes de Lloret de Mar, donde fui a comprar un ratón para el ordenador, y hubiera preguntado por Pedro Sánchez, muchos habrían contestado lo que les ha ordenado el algoritmo, camuflados bajo la dictadura de una estética quilla a la que se le ha sumado la moda ordinaria llegada de las Américas hispanohablantes con ínfulas yanquis. Pura ideología de la fealdad, que es la ideología que empieza a imperar en todos los países que deberían dar ejemplo de urbanidad. El mundo es moralmente cada día más ordinario y los ciudadanos, con los gobernantes incapaces de plantar cara a los tecnoautoritarios, estamos a punto de ser fagocitados por una IA que no tiene derecho a voto pero que entrega su voto electoral a las bacterias, virus y células muertas ya fagocitadas.