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Cuando José María Aznar hace un llamamiento a construir una «mayoría nacional», resulta evidente que está recuperando la dialéctica de la Guerra Civil, cuando los militares sublevados que dieron el golpe de Estado contra la República se autodenominaban «nacionales». Esa presunta «mayoría», nunca demostrada, tiene, según Aznar, la misión de impedir el «cambio de sistema» que, a su juicio, pretende Pedro Sánchez. Franco también justificó el golpe de Estado afirmando que la República había iniciado una revolución.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia de España, las iniciativas de cambio de sistema han sido combatidas sistemáticamente por el conjunto de las fuerzas reaccionarias con el apoyo de los militares, de la Iglesia y el concurso de la dinastía borbónica. Sin ir más lejos, el golpe del general Pavía contra la Primera República y el golpe del general Franco contra la Segunda. En ese sentido, España es el único país donde las monarquías que caen después regresan, y también el único donde el fascismo triunfó.

La voluntad de cambiar el sistema ha sido siempre, principalmente, un episodio de la lucha de clases y ha sido preconizada desde la periferia, mientras que las reacciones en contra han tenido siempre como denominador común la defensa de los intereses de la nobleza castellana y, muy particularmente, de las élites funcionariales que han defendido con uñas y dientes su poder radicado en Madrid. Ejemplos significativos son la Guerra dels Segadors y la Guerra de Sucesión. En este segundo caso, Madrid fue ocupada en dos ocasiones por las tropas austracistas, en 1706 y 1710. El archiduque Carlos intentó toda clase de complicidades con los madrileños, pero la respuesta fue un rechazo sistemático a una dinastía que contaba con el apoyo de los reinos periféricos de la península y que, a diferencia de la borbónica, no garantizaba el modelo centralista francés.

A lo largo de la historia de España, las iniciativas de cambio de sistema han sido combatidas sistemáticamente por el conjunto de las fuerzas reaccionarias con el apoyo de los militares, de la Iglesia, de las élites funcionariales del Estado y el concurso de la dinastía borbónica

Las experiencias republicanas, tanto la Primera como la Segunda, también tuvieron un componente periférico y fueron rápidamente sofocadas por quienes se han arrogado la propiedad del Estado, dado que siempre han actuado como sus propietarios; no solo del Estado, sino también de la nación, de la que se han apropiado para condenar como ilegítima cualquier otra alternativa. Dicho de otro modo, en España casi siempre han mandado los mismos y no están dispuestos a dejar de hacerlo.

Que, como afirma Aznar, Pedro Sánchez pretenda «cambiar el sistema» parece una exageración destinada a animar y legitimar la ofensiva del «quien pueda hacer que haga». Sin embargo, hasta el momento, el actual presidente del Gobierno español no se ha atrevido a acometer grandes cambios estructurales. De hecho, ni siquiera se ha atrevido a derogar o reformar la ley mordaza, que otorga barra libre a la actuación policial. También reincidió en pactar con el Partido Popular la composición del Consejo General del Poder Judicial y no ha movido un dedo para excarcelar al rapero Pablo Hasél, una auténtica vergüenza.

El único cambio que ha hecho Sánchez ha sido pactar con el diablo para mantenerse en el cargo. Desde el punto de vista de Aznar, el diablo consiste en pactar con partidos de la periferia o ajenos al sistema —Podemos, Junts, ERC, Bildu…—. Alguien podría recordarle a Aznar que él pactó con el PNV y con CiU cuestiones tan trascendentales como la retirada de la Guardia Civil de las carreteras de Euskadi y Catalunya, la supresión del servicio militar obligatorio o la desaparición de los gobernadores civiles. Siendo esto cierto, también hay que decir que entonces el PNV y CiU formaban parte del sistema; eran sistema, ejercían de sistema al servicio indiscutible de Su Majestad. De hecho, eran, como entonces el PSOE, la garantía de que nunca ocurriera lo que después terminó ocurriendo.

Desde el punto de vista de Aznar y de sus correligionarios, es ilegítima cualquier alternativa política que no consista en mantener el statu quo dominante y, por tanto, se considera legítimo combatirla en todos los frentes

A veces la historia, los partidos y las personas evolucionan, dan un giro, y lo que ha hecho Sánchez, haciendo de la necesidad virtud, ha sido formar una mayoría en el Congreso de los Diputados con partidos de la periferia ajenos al sistema que, de facto, es republicana. Con todo, Sánchez no parece lo bastante atrevido como para ir mucho más lejos, pero es cierto que los cambios crean precedentes, y los precedentes generan inercias. Eso es precisamente lo que intenta advertir Aznar al convocar la reacción antes de que sea demasiado tarde, por así decirlo.

Sánchez, haciendo de la necesidad virtud, pacta la amnistía para poder seguir siendo presidente y, a menudo, no tiene más remedio que satisfacer las peticiones de otros aliados parlamentarios. El PNV, que es el menos antisistema de esa mayoría, está decidido a conseguir la desclasificación de secretos oficiales y la reforma de la ley de secretos heredada de la dictadura. Quizá por eso Felipe González está tan inquieto...

Y hace unos días, para mantener contento a Sumar en un momento de crisis, Sánchez se vio obligado a sacar del cajón, donde llevaba tres años, una reforma del Código Penal para despenalizar las injurias al Rey. De entrada, eso no va a suponer ninguna revolución, pero son esas pequeñas cosas las que van creando un clima. Tal vez, en las distintas manifestaciones de protesta laboral o de cualquier otra índole, algunos, para hacerse notar, quemen fotografías del monarca y eso acabe convirtiéndose en una costumbre; de la costumbre, en un estado de opinión; después, en un referéndum simbólico y, más adelante, en una reivindicación política. Ya advertía Karl Popper de que «la ingeniería social gradual consiste en introducir pequeños cambios que puedan ponerse a prueba y corregirse, en lugar de intentar transformar toda la sociedad de una sola vez». Ese es el temor que verbaliza José María Aznar López y por eso pretende poner una vez más en pie de guerra a las fuerzas reaccionarias del Estado para garantizar que en España sigan gobernando los de siempre y, por supuesto, desde Madrid.