Con esa mentalidad tan madrileñocentrista que empapa la política española, abunda la teoría que sostiene que el 26-M será, sobre todo, una segunda vuelta de las generales de abril. Así puede que sea en aquellos territorios sin una identidad diferenciada o habituados al reflejo de cuanto sucede en la política estatal, aunque ni siquiera allí podemos darlo por seguro. Lo que sí podemos dar por cierto es que, en naciones como Catalunya, Euskadi o Galicia, estos comicios tienen vida propia porque se disputan en sistemas políticos propios.

Pasadas las generales y dictaminado en quién se confiaba para representar los intereses del país, gestionar el futuro de los presos o buscar un desenlace para el procés, no parece descabellado pensar que los catalanes se acerquen a las urnas pensando más en quien va a gobernar sus ayuntamientos y sus “asuntos locales”, como les gusta decir en el Foro, que en los apuros de Pablo Casado, las ambiciones de Albert Rivera, las remontadas de Pablo Iglesias o las poses presidenciales de Pedro Sánchez.

Dando por sentado que habrá elecciones catalanas en unos meses, tampoco parece un exceso aventurar que muchos votantes catalanes valoren estas municipales como una primera vuelta para ir decidiendo quién va a gobernar el país en los decisivos años por venir. Una percepción que también tendría un claro impacto en las elecciones europeas y que explicaría que el CIS le esté dando, contra todo pronóstico, escaño a Carles Puigdemont; feliz protagonista de una excepcional campaña de marketing gratuito, gentileza de la tozudez y la cortedad de miras de Ciudadanos y el Partido Popular y su empeño en forzar la ley para impedir su candidatura.

Lo que sí podemos dar por cierto es que, en naciones como Catalunya, Euskadi o Galicia, estos comicios tienen vida propia porque se disputan en sistemas políticos propios

Será muy relevante para las futuras catalanas comprobar si ERC consigue repetir su victoria de abril, ampliar su dominio sobre el espacio electoral nacionalista y, sobre todo, asaltar un pedazo significativo del notable poder territorial que aún conservan los antiguos convergentes, que les ha facilitado sobrevivir mejor de lo esperado el 28-A. La simbólica toma política de la alcaldía de Barcelona por parte de Ernest Maragall y los republicanos podría marcar un antes y un después en los equilibrios de la política catalana.

El PSC se enfrenta al desafío de repetir un resultado brillante sin el impulso del PSOE y la candidatura de Pedro Sánchez a la Moncloa. Necesita recuperar partes significativas del poder territorial que ha ido perdiendo, especialmente en áreas urbanas, si pretende aspirar de manera creíble a gobernar la Generalitat en unos meses, sea desde la presidencia o sea como socio.

En la derecha las urnas se abrirán con tintes casi dramáticos. Con Ciudadanos en dolorida vigilia tras la marcha de Inés Arrimadas y el PP en plena operación de volver a enterrar a Aznar y desenterrar a Mariano Rajoy, se juegan ver quién de los dos se queda con el espacio menguante de la derecha catalana. Naturalmente no se trata de una lucha equilibrada. Los naranjas juegan para mejorar su ventaja. Los populares luchan por sobrevivir a la voracidad de Vox y al glamour de la marquesa.

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