Como alguien que cree firmemente en la nobleza de la política y la concibe como un debate de ideas, quiero darle las gracias públicamente a Oriol Junqueras por el impresionante ejemplo de integridad moral y política que nos está dando, jugándose nada menos que 25 años de cárcel, y en este momento, cuando la penuria de integridad política vuelve preciosas e imprescindibles excepciones como la suya.

Tras una semana, otra más, donde la política española no ha desaprovechado ni una sola oportunidad de demostrar que, como dijo Groucho Marx, el hombre es el animal que, partiendo de la más absoluta nada, ha logrado alcanzar las más altas cotas de la miseria, es de justicia reconocer al líder de ERC haber demostrado que aún quedan políticos dispuestos a asumir el coste de defender sus ideas, preparados para afrontar su responsabilidad sin una sola palabra de odio o de reproche hacia sus inquisidores.

La comparación de la generosidad ética y moral de Junqueras con la miserable inquina de los tuits donde Albert Rivera o Pablo Casado se alegraban con saña del arranque del juicio a sus rivales políticos resulta simplemente devastadora, en lo político y en lo personal. Los cálculos de unos y otros sobre si debía o no aceptar las preguntas del fiscal suenan a marcianada ante la evidencia de un testimonio que ha resultado demoledor en lo político, pero también en lo jurídico. Se podrá condenar por rebelión a Oriol Junqueras. Pero nadie con una mínima decencia moral e intelectual aceptará que pueda condenársele por haber usado o incitado la violencia. Junqueras ha hablado para la historia, no para las gacetillas del momento. Y ya sabemos lo mal que trata la historia eso que llaman “juicios de estado”.

Admiro sin condiciones la integridad del testimonio de Junqueras ante el Supremo, la firmeza respecto a sus convicciones, la entereza con que asume la responsabilidad por sus actos y se dispone a pagar el precio de defender aquello en lo que cree

Discrepo en muchas cosas de Oriol Junqueras, creo que él y su formación han cometido errores políticos y estratégicos de primera magnitud. Desde forzar que Carles Puigdemont no convocara elecciones, a tumbar ahora los presupuestos de Pedro Sánchez. A veces les ha guiado la avaricia electoral, otras les ha engañado el exceso de tacticismo. Pero admiro sin condiciones la integridad de su testimonio ante la sala de lo penal del Supremo, la firmeza respecto a sus convicciones, la entereza con que asume la responsabilidad por sus actos y se dispone a pagar el precio de defender aquello en lo que cree, hasta las últimas consecuencias.

En estos tiempos donde la derecha ha acreditado que, como algunos nos temíamos, Mariano Rajoy fue su último líder con sentido de Estado y ahora cabalga desbocada en manos de oportunistas y mequetrefes intelectuales como Santiago Abascal u Ortega Smith; mientras la izquierda parece debatirse entre la cursilería empleada por el presidente Sánchez para llamar a rebato el 28 de abril y el pánico aterrador a desafiar siquiera mínimamente el marco y el relato político impuesto por la visión más reaccionaria de España, resulta esperanzador escuchar a alguien defender lo mismo que piensa quien firma estas líneas: que se trata de un problema de todos y que a todos nos concierne encontrar una solución que nos permita seguir compartiendo un espacio común. Y que lo haga, además, con dignidad y convicción ante un tribunal que puede mandarle a la cárcel los mejores años de su vida; que siempre será mucho peor que ganar o perder unas elecciones. Gracias.

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