La semana de pasión y mensajería que acaba de sufrir el nacionalismo catalán ha tenido una gran virtud: ha sacado a la luz con toda su crudeza la crisis que se pretendía esconder tras una apariencia de unidad que ha resultado ser puro cartón piedra. La política siempre se abre camino cuando la realidad logra superar a la ficción.

La presión ejercida sobre el presidente del Parlament, Roger Torrent, a raíz de la suspensión del pleno de investidura, los amargos mensajes de un president Carles Puigdemont que se siente tan sacrificado como el vicepresident Oriol Junqueras al recordar en Twitter sus días y sus noches en prisión, o la cascada de ideas y soluciones imaginativas que han empezado a brotar, revelan que no estamos ante una mera disparidad de criterios o una división de opiniones. Estamos ante una auténtica crisis existencial y una descarnada lucha por el poder y la supremacía en el espacio político nacionalista.

El dilema existencial se debate entre seguir empujando la vía unilateral, con el objetivo de acabar forzando a negociar a un gobierno español cogido entre la parálisis institucional y la presión de sus socios europeos, o constatar que la vía unilateral ya no tiene más recorrido y se impone recuperar las instituciones y a la acción política institucional para seguir avanzando la agenda independentista con una estrategia viable.

No está ni mucho menos claro que volver a las instituciones vaya a resolver la situación penal de los encarcelados o garantice la búsqueda de una solución política

La lucha por el poder se libra entre quienes representan y han hecho su carrera entre las élites políticas nacionalistas tradicionales, bien en ERC bien en Convergencia, y quienes han visto su oportunidad y se han apuntado al movimiento surgido en torno a la figura del candidato Puigdemont.

El dilema existencial no tiene una salida fácil y la lucha por el poder no está decidida. Como bien dice Puigdemont en sus mensajes tan oportunamente robados, no está ni mucho menos claro que volver a las instituciones vaya a resolver la situación penal de los encarcelados o garantice la búsqueda de una solución política. Mucho menos claro parece aún que persistir en la vía unilateral vaya a terminar en una negociación con el gobierno estatal y el cese de las hostilidades judiciales. En cuanto a la lucha por el poder lo único claro es que nadie suma en solitario los votos suficientes y unos y otros se necesitan mutuamente para sumar la mayoría.

Todo lo demás, ruido y espectáculo. Las crisis políticas nunca se resuelven hasta que la opinión pública decide quién es el malo y quién es el bueno. Nadie quiere ser el malo, el traidor que cambió la utopía por el realismo y los principios por el pragmatismo, pero antes o después a alguien le toca serlo y asumir las consecuencias. Hasta entonces, crisis y perder tiempo y oportunidades.