Pedro Sánchez ha subido a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados para presentar su discurso de investidura y una vez leídas las 42 páginas, eso sí, más que correctamente, a uno le queda la sensación que el texto de verdad se lo había dejado en casa. No podía ser la plática hueca que acabábamos de oír. Por primera vez desde el inicio de la transición, un candidato a la presidencia del Gobierno se despreocupó del objetivo que allí le había llevado (conseguir los 176 diputados necesarios; sólo tiene 130 seguros) y se dedicó, sobre todo, a formalizar ante la Cámara una moción de censura a Mariano Rajoy. O yo o Rajoy, vino a decir. Convencido como está de que el presidente en funciones saldrá de este debate con muchas más magulladuras que él. ¿Es suficiente? Desde luego que no, pero en una mirada con luces cortas uno no puede atisbar la gran mayoría de los obstáculos que hay en el camino.

Sánchez construyó a lo largo de 95 minutos un discurso plagado de tópicos y con muy pocas aristas. Casi desideologizado. Así iba juntando palabras y frases más que aportando ideas. El listado sería interminable pero sirvan a modo de ejemplo las siguientes: hora crucial, causa común, patria, igualdad, fraternidad, unidos en la diversidad, encontrarnos, acompañarnos, ayudarnos, bien común, diálogo, acuerdo, tiempo nuevo, convivir, territorio común, el valor de las diferencias, el poder es temporal, el sentido común, plan de choque contra el empleo y así varios centenares más.

En su aproximación al tema catalán, tampoco hubo margen para las sorpresas. Constató que había razones para el desencuentro actual pero lo situó en un escenario perfectamente reconducible con una política diferente -reforma de la Constitución, Senado a Barcelona, reunión de comisiones mixtas y recuperar los famosos 23 puntos que en su día fueron de denuncia de incumplimientos y ahora se busca transformar en mesas de negociaciones- y a partir de una historia que consideró común. "Los sentimientos son la patria particular de cada uno, y ahí nadie puede ni debe entrar", señaló. En definitiva, el independentismo son sentimientos, la Constitución  no permite otra salida y los catalanes deben "sentirse parte de un proyecto común que es España". Nada de referéndum, pero eso ni estaba ni estará en el guión.