"Nunca se pueden devolver, ni reparar, ni olvidar los años, los días y las noches pasadas sin las personas que quieres."

Carme Forcadell

 

Cuando el primer día de agosto la presidenta del Parlament de la undécima legislatura, Carme Forcadell, escribió estas palabras para enmarcar una reflexión de Arnaldo Otegi en las redes, hacía mucho más que acompañar y compartir: añadía sentimientos y vida a la política. Y expresaba la amargura inmerecida por como, con abuso e impunidad, se despedazan afectos. La aplicación inhumana del derecho del enemigo, la falta de garantías, la desprotección de las personas acusadas, la manipulación y arbitrariedad reiteradas, la despersonalización que pretenden, e incluso, la duda de insidia extendida (como si fuera un divertimento) sobre las capacidades mentales de los no vencidos, tendrían que chocar con la denuncia más firme y la insumisión más constante. A todos los tsunamis por venir, a todas las urquinaonas que vendrán: hay que reconciliar ética y política como líneas indisociables de actuación.

Decía Otegi que su encarcelamiento y el de sus compañeros era una operación contra la paz en Euskal Herria. Y que con sus sentencias el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos recordaba que, en el Estado, no hay justicia independiente. Ya lo sabíamos, pero ha hecho falta, y volverá a hacer falta, una y otra vez, que desde Europa lo confirmen. En el caso contra Otegi y sus compañeros lo dijo el Tribunal de Estrasburgo de forma rotunda en noviembre del 2018, reconociendo que en el proceso de los dirigentes abertzales por pertenencia a ETA, el caso Bateragune, se vulneró el derecho fundamental, básico de cualquier democracia, a un juicio justo. Y dejaba patente, negro sobre blanco, la parcialidad de la magistrada de la Audiencia Nacional que los condenó a sentencias de prisión.

Los altos tribunales españoles ya saben que no pueden reescribir de manera fantástica acusaciones, pruebas y formas de cumplimiento de las condenas, pero les sale rentable, en términos políticos, jugar con el tiempo, el derecho y las personas

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ya tiene la plantilla hecha. Con pocas modificaciones, cambiando nombres, a medida que les llegan y valoran recursos, podrían ir dejando muy claro el valor jurídico no homologable de la alta judicatura española, tan rápida para hacer sentencias cuando conviene y tan lenta cuando se siente amenazada. El Tribunal Supremo, nueve años después de la sentencia de la Audiencia Nacional, tiene que reconocer que se equivocaron, que no administraron justicia ni nada que se le parezca. Pero si los fiscales, los abogados del Estado y los jueces fueran la mitad de doctos de lo que se les supone, no se entiende de ningún modo que cometan el mismo error una y otra vez, ni que necesiten tantos años para "acatar" la enmienda. Y quizás la respuesta es que los altos tribunales ya saben que no pueden reescribir de manera fantástica acusaciones, pruebas y formas de cumplimiento de las condenas, pero les sale rentable, en términos políticos, jugar con el tiempo, el derecho y las personas.

De hecho, todavía habrían podido tardar más en reconocer la sentencia del TEDH si la Covid-19 hubiera seguido retrasando las elecciones en Euskadi. Porque lo que salía rentable era la inhabilitación de Otegi y el escarmiento para Euskal Herria. Y jugaron fuerte. Era un peligro demasiado grande y evidente que Otegi, condenado en un juicio injusto, encabezara la lista de EH Bildu para construir una estrategia pacífica. Y además, que NO lo hiciera con valores de derecha nacionalista (de la cual el bipartidismo unionista ya sabe de qué pie cojea) sino de izquierda soberanista, que puede tener amplias mayorías.

Si las elecciones de Euskadi no se hubieran celebrado con cartas marcadas y hubiera ganado una alternativa real de más igualdad, más respeto por los derechos humanos y la naturaleza, y en la que la sanidad pública no fuera víctima de la mercantilización ni amenazada por recortes, quizás en la última conferencia de presidentes de las comunidades autónomas con un Felipe VI adosado, no se habría visto a un Urkullu con perfil bajo y peix al cove conseguido con dinámicas de compraventa desigual. Tienen razón los de EH Bildu cuando afirman que el PSOE ya sabe de qué pie cojea el PNV, y retribuye los servicios prestados a Urkullu como figurante del teatro autonómico con promesas que siempre salen a cuenta al unionismo.

En la última conferencia de presidentes autonómicos (con rey irritado en busca de apoyos), no había ni maneras ni dignidad. Que Catalunya se mantuviera ausente y sin arrodillarse se lo podemos agradecer al president Torra, al rechazo de la ciudadanía a volver a los tiempos oscuros y a haber aprendido a no desvincular afectos, ética y política. Como recuerda Carme Forcadell. Como nunca le agradeceremos lo suficiente que lo haga.

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