Qué gozo para miles y miles de personas poder disfrutar de un Jordi Cuixart sencillo y risueño, sin argumentarios aprendidos, en el último FAQS de la temporada. El presidente de Òmnium se reivindicaba digno, insumiso y pacífico y confesaba el pensamiento de las primeras semanas de encarcelamiento de doblarse como lo hace el junco, sin llegar nunca a romperse, pero con la tentación poco meditada que, en sus palabras, "quizás si les decía lo que querían oír me dejarían tranquilo". Jordi Cuixart, sin embargo, es un hombre lúcido y pronto entendió que ceder a las fabulaciones era hacer un regalo del todo inmerecido a los señores de las venganzas. En un tema tan fundamental, su recuerdo y reconocimiento agradecido por el abogado Gil Matamala, nos dio la medida de la grandeza. Sobre todo, cuando ya se ve y reconoce como preso político en un régimen con tantos déficits democráticos.

Cuixart se acompaña de una dignidad nada frecuente cuando explica que, aunque no era académico, en la prisión asistía a conversaciones de alto nivel político, en las cuales prefería no participar, mientras que en la celda tenía demasiadas horas de soledad en las cuales podía leer mucho. Mucho, y muy bien, por lo que se veía, por lo que decía, y por lo que rehuía contestar y a veces, pocas, optaba por callar. Y así, Cuixart se ofrecía a encontrarnos en más luchas compartidas —tantas como ha habido en los últimos años, tantas como las que nos esperan— para acabar siendo, desde las hileras de Òmnium, una persona más de las que entienden el derecho a la cultura y a la lengua propia como una parte indiscernible de los derechos sociales y nacionales. Con Jordi Cuixart coge cuerpo y verosimilitud el anuncio que el pueblo, una vez más, sabrá el poder que tiene y lo volverá a ser y hacer, mientras reclama la amnistía para los presos (también para Dani Gallardo, también para los CDR, para los catalanes nacidos en el Magreb, para los raperos que dicen verdades como planetas) y para las exiliadas y exiliados. Una lucidez amable que empodera. Una realidad al descubierto que los indignos de las altas magistraturas (de los deep states judiciales) no pueden tolerar porque viven en los mundos paralelos de la venganza.

Con Josep Rull la conversación se volvió más risueña y un poco retozona. Tampoco las preguntas que se le hacían buscaban profundizar en los aprietos políticos, y Rull, en el fondo, parecía agradecerlo. No iba a vender ningún carné, ni romper tampoco ningún otro. No, de momento. Lo que sí que quería hacer evidente, en cambio, era el amor por sus hijos, y compartir con quien lo escuchara que mientras el pequeño no para de charlar, el grande no para de leer... y que él mismo hacía teatro los domingos en la prisión. Que prefiere la cama de abajo de la litera, y valora las celdas con tabique de respeto para preservar intimidades. Seguramente no era lo que más nos interesaba oírle explicar, pero sí que le debíamos escuchar con empatía y respeto, porque también son momentos definitorios las historias cotidianas de la prisión que o bien te despersonalizan y deshumanizan, o te cambian a mejor y te hacen crecer por dentro. A la pregunta que parecía inevitable de si ha pasado miedo, Josep Rull no habló del miedo al maltrato, ni al dolor, ni a la violencia de la prisión: confesaba que el peor rato fue cuando se llevaron al hijo pequeño al hospital por un accidente que tuvo cuando lo visitaba, y él seguía en el módulo de ingresos sin saber si podría ir a verlo, mientras se vencían burocracias e inhumanidades. Solamente en este momento se le apagó la sonrisa.

Si como tendría que ser y nos dice Raül Romeva, "abandonar la bandera del diálogo en el ámbito internacional no se perdona", ¿qué les pasa a los gobiernos que nunca dialogan, que manipulan medios, espían a los adversarios, apuntalan regímenes caducos y monarquías en desgracia en busca de súbditos?

Raül Romeva fue el tercero entrevistado. Entró como le gusta dibujarse, aunque ni estaba entre barrotes ni llevaba ninguna flor. Pisó el plató con la cabeza alta y la mirada larga. El verbo sereno lo acompañó todo el programa, aunque no podía estar seguro que donde extendía la mano, encontraría una mano tendida, de igual a igual, para estrechar. Romeva sonreía mientras hablaba también de uno de sus referentes, Pepe Beúnza (el primer objetor de conciencia político al servicio militar en el estado) que le aconsejó no perder nunca el sentido del humor, porque la inteligencia que comporta y la sonrisa con que se acompaña hace también el trabajo del viejo topo y debilita el suelo sobre el que se afirman y apuntalan las viejas momias. Con Raül Romeva, por obra y gracia de la presentadora, hubo mucho espacio para mesas de diálogo, mesas que para el exconseller eran utensilios para poner y defender ideas, como la amnistía y la autodeterminación, palabras clave de las sobremesas imprescindibles, como lo era también la vieja máxima (que siempre pierde sonoridad al atravesar la M-30) que "el conflicto político solamente se resuelve haciendo política".

Impecable. Pero, al final, se abre una paradoja: si como tendría que ser y nos dice Raül Romeva, "abandonar la bandera del diálogo en el ámbito internacional no se perdona", ¿qué les pasa a los gobiernos que nunca dialogan, que manipulan medios, espían a los adversarios, apuntalan regímenes caducos y monarquías en desgracia en busca de súbditos? ¿Qué pasa en el ámbito internacional si uno de los lados de la mesa solamente tiene como bandera, por encima del diálogo entre iguales, la unidad a la fuerza y la dolorosa preservación de las ruinas del franquismo?

Y para acabar de redondear la paradoja: ¿no será que hacen falta, a la vez, unilateralidad, bilateralidad y multilateralidad en torno a una mesa que se forjó el 1 y el 3 de octubre del 2017?

El pueblo ya sabe el poder que tiene.

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