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Ahora que ya puedo compartir que Jordi Aragonès será el alcaldable de Aliança per Barcelona (escribo este texto justo cuando es noticia que Junts ha elegido suicidarse un poco más, presentando a las elecciones a un hombre que no conocen ni los alguaciles del Ayuntamiento) y a falta de averiguar quién será el elegido de la CUP en nuestra capital (la cosa tiene poco interés, pues el entorno cupaire se contentará buscando algún loro que repita compulsivamente "¡fuera fascismo de nuestros barrios!"), tenemos el panorama de las próximas municipales bastante bien trazado. La pesca del candidato no ha sido fácil y el partido de Orriols había tanteado algunas joyas mediáticas —muchas menos de las que se dicen— y algún otro jovencito despierto de la tribu, pero tiene bastante sentido que Aliança lleve en el cartel de Barcelona a uno de sus padres intelectuales; al contrario de lo que hacen los partidos de siempre, hay que guardar lo mejor de la comida casera para la capital.

Del discurso de Jordi Aragonès en su coming-of-age del Mercat del Born destacaría que —desde la campaña de Primàries con Jordi Graupera— no había oído una arenga tan desinhibida sobre la condición de Barcelona en tanto que capital política del país y faro cultural del Mediterráneo. Me complace que Aragonès hable de alejar la ciudad de la decadencia en que la han sumido comunes y socialistas (más que de "salvar" Barcelona, que suena un poco monaguillo y cursi, yo hablaría más bien de "recuperarla") y que base el actual desbarajuste en nuestras calles en el hecho de que Ada Colau y Jaume Collboni hayan gobernado Barcelona como un experimento subsumido a los vaivenes de la política española. De hecho, si pensamos en recuperar la ciudad, yo abrazaría aquella idea de nuestra Mercè Rodoreda quien, cuando le preguntaron cómo era Barcelona antes de la Guerra Incivil, se limitó a responder sencilla y brevemente: "catalana".

Como sabrán mis lectores, yo no comparto la idea que asocia la podredumbre de nuestra vida ciudadana a la inmigración. Entiendo y defiendo que todo país —y capital— puedan limitar los flujos de recién llegados solo atendiendo al criterio de su propio interés, como hacen las naciones más civilizadas; pero diría que acusar a los más débiles de nuestras carencias resulta un discurso particularmente cobarde. También considero una gilipollada supina equiparar el auge reciente —y preocupante— de asesinatos a sangre fría en Barcelona con la violencia del pistolerismo, pero supongo que todo esto responde a la demagogia que el partido necesita para flotar. Lo que sí me interesa es la irrupción de un candidato todavía joven y criado en democracia, a quien no le asusta la idea de imponer el orden en las calles y la catalanidad en los cerebros. Si Aragonès es capaz de traducir estas ideas a políticas de mayor concreción, su resultado puede hacer tambalear mucho el tablero.

Aragonès y Aliança deben pensar si han llegado a la capital para hacer más difícil su gobernanza o con el objetivo real de luchar por la alcaldía

Hace demasiado tiempo que machacamos Barcelona con paridas españolas y altamente chabacanas como la mandanga aquella de la carrera de barcos, tratando nuestra ciudad como una ramera gracias a proyectos culturales absurdos como la tontería oceánica del Liceu Mar, y dejándola pudrir a base de confundir el turismo con la invasión de guiris y el espíritu anárquico con mearse en las calles. Aragonès y Aliança deben pensar, y tienen poco tiempo, si han llegado a la capital para hacer más difícil su gobernanza o con el objetivo real de luchar por la alcaldía. Dada la escasa implantación y recursos del partido, esto implicará patear barrios de una forma compulsiva y dejar el platonismo identitario para ensuciarse con los asuntos del día a día. El barcelonés catalaniza, of course, pero es alguien que vendería su patria por caminar tranquilo por la calle y por encontrar mesa en el Xampanyet sin tener que apartar manadas de nipones.

De momento, el candidato deberá trabajar para dejar atrás su timidez (puede parecer descortesía) y encarnar políticamente el dolor que sentimos los barceloneses por haber medio perdido nuestra ciudad. Será necesario también que nos trate como a adultos y que sea lo suficientemente valiente para decir que —si uno quiere seguir viviendo en Barcelona— la mejor solución pasará por ingresar más pasta y que el gobierno le robe la justita. Si Aragonès hace todo esto, con paciencia y vista la nómina espantosa de candidatos a los que se enfrentará, puede optar a ganar la alcaldía. Pero aquí se tiene que venir a hacer más goles que los demás, no a hacer pasarela; hablando de esto, Jordi, haz el favor de encargar trajes a medida, que los aliancers parecéis salidos de un funeral de mormones... y di a menudo que, aun siendo conservador, te gusta fornicar con machos, que a las abuelas del Eixample esto les provocará un escalofrío en la espalda gustoso.

En Barcelona, en definitiva, es donde pasan las cosas serias. Ahora sabremos si Aliança ha venido a ganar o a participar.