Supongo que ustedes conocen el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, aunque no sean religiosos, como yo mismo. Les refresco la historia. Un día, Jesús estaba con sus amigos, los apóstoles. La gente, al verlos, se acercaba para oír cómo Jesús, Jesús de Nazaret, hablaba de dios y de cómo ayudar a los demás. Cada vez se congregaba más gente, hasta agrupar a una gran multitud. Transcurrían las horas hasta que anocheció. Uno de los apóstoles le dijo a Jesús: “Maestro, di a esta gente que se vaya a su casa a cenar”, Y Jesús le respondió: “Dadles vosotros de comer”. El apóstol replicó: “Maestro, son miles de personas. No tenemos comida para todos”. Entonces, un niño ofreció todo el pan y los peces que tenía para compartirlos con la gente. Jesús agradeció al niño un gesto tan generoso, bendijo las cestas que de pronto se llenaron de panes y peces. No me dirán que no es una fábula bonita. Rezuma fe y generosidad. La paradoja del mundo actual es que para dar de comer a todo el mundo no sería necesario recurrir a la milagrosa multiplicación de los panes y los peces. Eso ya es conocido, aunque siempre hay a quien le gustan las paradojas para enunciar teorías contrarias al sentido común. 

La última paradoja que se ha puesto de moda entre los integrantes de la coalición contra Puigdemont se parece al milagro de los panes y los peces pero al revés. Esta es una coalición extraña, que agrupa de todo, desde unionistas puros, hasta lo que queda de la tercera vía, junto con antiguos dirigentes de Sociedad Civil Catalana y, claro está, los independentistas resentidos. Una mezcla de gente que hasta hace poco se combatía la una a la otra, pero que ahora aparenta sentirse cómoda yendo todos del brazo porque tienen delante un enemigo fuerte, que les cuesta eliminar de la ecuación con la que se quiere acabar con la lucha por la independencia. Un aggiornamento que no se parece para nada al reformismo de Juan XXIII. Más bien es liquidador del 1-O y de la autodeterminación, con la cara de Puigdemont en medio de la diana. Los oráculos intelectuales de esta coalición se han inventado una paradoja muy curiosa. La paradoja es la siguiente: “en las próximas elecciones se podría dar que el voto independentista sumara más que nunca, a pesar de que son menos que hace dos años los que desean la independencia”. ¡Caramba! ¿Qué significa esta paradoja? Si la cesta está llena de panes y peces, ¿por qué el milagro consiste en provocar la hambruna de la multitud que apoya la independencia? Nadie con dos dedos de frente puede defender esta patraña milagrosa que ni siquiera tiene el sentido moral, de exaltación de la generosidad, del niño que ofreció a Jesús los exiguos panes y peces que el de Nazaret multiplicó.

Más que una paradoja, el razonamiento de los oráculos de la renovada tercera vía es un argumento perverso, pervertidor del voto. Las estadísticas, que a menudo las carga el demonio, señalan desde hace años una  especie de empate técnico entre los seguidores de la solución independentista y los contrarios, y unas veces van por ante los partidarios del sí y otras los del no. También hace muchos años que estas mismas estadísticas señalan que un 80% de la población está a favor de resolver el conflicto mediante el ejercicio del derecho a la autodeterminación. De ahí la campaña que el entorno de ERC ha puesto en marcha con ese lema. Por lo tanto, no parece que se haya movido nada. Pero si finalmente, como proclaman los profetas que anuncian el apocalipsis, los partidos independentistas sumasen más apoyos que nunca, entonces ¿cuál sería el milagro? La única conclusión posible seria que en las próximas elecciones el unionismo se abstendría, a diferencia de lo que ocurrió el 21-D. Pero los oráculos, los salvadores de la “desafortunada patria”, desfiguran los hechos porque no entienden el cambio histórico que se ha producido en Cataluña y su única obsesión es tener razón. El independentismo es hoy mayoritario porque ha cambiado la mentalidad del antiguo electorado nacionalista, a pesar de los dulces cantos de sirena que se emiten desde Poblet y del deseo del independentismo autonomista, que por otro lado es un oxímoron, de poner el freno.

Al fin y al cabo, en las democracias consolidadas que no creen en los milagros de las democracias populares o de los regímenes autoritarios con elecciones, lo importante, lo que cuenta, es el voto de las personas

El objetivo de los apóstoles de una negociación sin exigencias, lo que corre por debajo de la paradoja que observan entre el aumento del voto independentista y la disminución de los partidarios de la independencia, es deslegitimar una eventual victoria electoral independentista. El argumento será este: “Sí, sí, los panes y los peces se han multiplicado, pero son de plástico porque no todos los votos depositados a los partidos independentistas son realmente independentistas”. Un circunloquio malvado que explica mucha más sobre cómo piensa quién lo defiende que sobre la realidad que dice observar. Un autoengaño, también, tan exagerado como cuando algunos independentistas defendían el razonamiento opuesto en relación con los comunes. Iban diciendo que una parte del electorado de Catalunya en Común era independentista y que por eso había que esperar a su maduración. Las alabanzas al ejército español y “a nuestro país” de un diputado comunista que ha pasado por todos los partidos hasta recalar en ERC, demuestran que incluso los soberanistas de aquel entorno son poco independentistas. El cambio de opinión del ministro-profesor sobre la autodeterminación es otro ejemplo a tener en cuenta. Los dos eran del mismo ambiente político y mientras uno dice haberse sumado a ERC sin ser independentista, el otro es ministro del gobierno español y participará en una mesa de negociación que se niega a discutir sobre lo que él antes pensaba que era la solución al largo conflicto. Entre los dos, la suma es cero.

¿Cómo debería ser interpretada, pues, la victoria independentista con menos independentistas que anuncian los profetas? Me parece evidente que los que postulan esta paradoja desde Cataluña quieren reforzar la posición resignada, claudicante, de ERC. A menudo las teorías son mucho más demostrables que los milagros de Jesús. La realidad es tozuda. Al fin y al cabo, en las democracias consolidadas que no creen en los milagros de las democracias populares o de los regímenes autoritarios con elecciones, lo importante, lo que cuenta, es el voto de las personas. Y es por su voto que conoceremos a esas personas, a los independentistas, y no por las interpretaciones forzadas que hagan de ese voto los que creen que su autoridad analítica es divina.

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