“Esta crisis no es solo sanitaria sino también política”. Esta es la opinión del historiador y filósofo Yuval Noah Harari. No es el único en afirmarlo. Muchos pensadores de todo el mundo están preocupados por las consecuencias políticas que comportará la crisis humanitaria actual. Ha sido necesario que la desgracia fuera universal para darse cuenta de lo que otros pueblos sufren desde hace años, empezando por los estados africanos, devastados por las guerras y las epidemias como el ébola. La televisión y las nuevas tecnologías nos han acostumbrado a observar la desgracia de los demás casi como un show de entretenimiento. Lo lamentamos, quien quiere lamentarlo, o bien lo observamos con indiferencia, que es la actitud de la mayoría de la gente. Hasta que llega un momento —y este es ahora— que la desgracia entra en casa de cada uno de nosotros, sin distinciones de raza, ni de género, ni de clase social, ni de identidad nacional. Entonces es cuando salen a pasear los fantasmas y el miedo se apodera de todo el mundo. Una sociedad basada en el ocio permanente, en la algarabía, en el consumismo febril en los no-lugares comerciales, vive como un sacrificio insoportable tener que estar encerrado en casa, recogido con la familia, entretenido con la contemplación. De golpe se ha acabado la sensación de vivir distraídos permanentemente, como reconoce Pablo d’Ors, el nieto del Pantarca, en el libro que dedicó a su costoso aprendizaje del silencio.

Las crisis invitan a realizar un DAFO de la política para analizar las debilidades, las amenazas, las fortalezas y las oportunidades que nos presentan, pero también deberían servir para que los ciudadanos tomaran conciencia de lo que se están jugando. Lo más fácil es adoptar la posición de quienes en las redes claman contra los políticos, a veces con razón, por la miseria de sus actos. Da grima ver como la Banda de los Cuatro de los comunes se lanza al ataque contra el independentismo con el sectarismo propio del viejo estalinismo. Resulta insoportable y ridículo leer según qué razonamientos. Pero el relevo generacional ha provocado que tengamos que soportar a sectarios muy superiores a los que ya había antes. Sin política, pero, solo existe la barbarie, como se está viendo estos días. No solo es Donald Trump quien muestra su peor cara. Por todo el planeta se han dado ejemplos de hasta dónde puede llegar la estupidez de los políticos. Nosotros lo vivimos muy cerca con Pedro Sánchez, con quien ha quedado demostrado —con el consentimiento de los neocomunistas de Unidas Podemos— que el relato de la modernidad reculaba hasta el siglo XIX. El protagonismo de los militares ha sustituido la democracia y el poder civil como si estuviéramos en los años treinta. Lo he argumentado con preocupación en algunas de mis anteriores columnas.

La imposición del estado de alarma ha ido acompañada por el intento de destrucción del estado de las autonomías, que era el mínimo común denominador que los constitucionalistas ofrecían para contener al independentismo

La reacción española a la crisis sanitaria ha hecho saltar por los aires la falsa teoría —porque ya lo era de entrada— que España era el estado más descentralizado de Europa. Para los propagandistas del gobierno Sánchez-Iglesias, ha quedado demostrado que no hacían falta autonomías. Los más agresivos en defender esta posición son varios sectores de En Comú Podem, que argumentan contra el estado autonómico como si militasen en Vox. Como ha quedado demostrado estos días, hay políticos —y articulistas y tertulianos— que sienten aversión hacia los expertos y por eso promueven campañas contra determinados médicos que no les bailan el agua. A una premisa falsa normalmente le corresponde una solución errónea. No hay que citar a Churchill para demostrarlo. La imposición del estado de alarma, que se ha ido prolongando con una improvisación que solo genera inseguridad, ha ido acompañada por el intento de destrucción del estado de las autonomías, que era el mínimo común denominador que los constitucionalistas ofrecían para contener al independentismo. Ahora sabemos cuál es la cara fea de los políticos progres que, por oposición a la salvaje derecha y a la todavía más salvaje extrema derecha española, mereció el aval de ERC para llegar al poder. El PSOE ha demostrar una y otra vez que puede ser más bestia que la derecha cuando quiere acabar con un problema. Quién lo dude que busque la lista de víctimas de los GAL.

Jordi Barbeta proponía ayer que el president Torra cogiera el toro por los cuernos y se sumara a los nuevos Pactos de la Moncloa con una maniobra previa. La jugada consistiría en convocar con anterioridad unos inéditos Pactos de la Casa dels Canonges para propiciar un gran acuerdo nacional en Catalunya —de grupos políticos y de grupos sociales, de científicos y catedráticos, de patronales y sindicatos, y de municipios, etc.—, cuyo objetivo sería diseñar las prioridades del posdesconfinamiento. ¿Quién podría negarse a una propuesta tan necesaria y reconfortante como esa? Nadie que todavía conservara un poco de criterio y del típico seny catalán. Pero antes de llegar aquí, y este será el problema principal a superar, muchos de los políticos catalanes tendrían que olvidarse del sectarismo y reconocer cuál es la realidad. Con un ejemplo bastará. Mientras el “gobierno más progresista” que jamás haya tenido España desde la Guerra Civil se pelea internamente por cómo tiene que ser la renta vital, en Catalunya hace dos semanas que la renta garantizada de ciudadanía (RGC) llegó a la última fase de despliegue para beneficiar a un total de 81.636 hogares y cubrir a 127.711 personas. No sé si me explico. Del mismo modo que la crisis sanitaria ha puesto al Govern de la Generalitat al frente de la reacción más sensata, como así incluso lo admiten los articulistas más reacios, cualquier pacto tiene que empezar por reconocer el mérito y la personalidad del otro. Incluso la sociedad civil ha demostrado ser más activa en Catalunya (con donaciones económicas a los científicos o con la confección de batas y mascarillas en talleres privados) que en ninguna otra parte. El independentismo no bajará la guardia ante la intención del gobierno español no solo de destruirlo, sino de acabar con la autonomía. El PSOE lo ha intentado dos veces: una con la aplicación del 155 y otra ahora, con la crisis sanitaria. El sector más españolista de Podemos se muestra exaltado contra las autonomías. Pero la gente no es estúpida. Estos días de confinamiento ha aprendido que no basta con vivir el silencio impuesto como un mero sacrificio, sino que hay que tener una actitud activa para evitar que los listillos les den gato por liebre haciéndose pasar por progresistas. Al final, les guste o no, quien se ha visto obligado a seguir los criterios de Quim Torra —con la ayuda de los expertos— ha sido Pedro Sánchez y no al contrario.

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