Alfonso XIII, el bisabuelo del actual monarca español, fue destronado en 1931 exactamente por cometer el mismo error que no hace mucho Felipe VI imitó. Para entender este paralelismo tan flagrante como aleccionador me serviré de un libro publicado recientemente por David Martínez Fiol y Joan Esculies, dos investigadores del Grupo de Investigación en Estados, Naciones y Soberanías (GRENS) que puso en marcha el profesor Enric Ucelay-Da Cal en la Universitat Pompeu Fabra. Lleva el título de L’Assemblea de parlamentaris de 1917 i la Catalunya rebel.

Debemos recordar, en primer lugar, qué fue aquel año de 1917. 1917 fue un año convulso en el mundo, pero también lo fue en Catalunya. Para empezar, el 1 de agosto de aquel 1917 murió Enric Prat de la Riba, con lo que se abrió en el seno del catalanismo, y específicamente en el sector conservador, la llamada crisis de liderazgo. Cambó no logró jamás el consenso que había conseguido Prat de la Riba superado el trance, que no fue menor, de 1909 y el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia. Cambó era un gran político, pero también un oportunista y un personaje odioso. Hay políticos que, a pesar de su brillantez, fallan en los momentos más importantes. Yerran el camino. Y Cambó, como Santi Vila, salvando todas las distancias en favor del primero, tomó decisiones que lo llevaron a la marginalidad. Si no hubiera tenido dinero para hacer mecenazgo y comprar voluntades, hoy quizás ni siquiera se hablaría de él.

En 1917 el militarismo español, con la complicidad de la monarquía, amputó el movimiento autonomista, impulsado por el catalanismo

Volvamos al libro de los profesores Martínez Fiol y Esculies. 1917 es una fecha importante para la historia de Catalunya. Mientras en Rusia los bolcheviques tomaban el poder, en España el militarismo español, con la complicidad de la monarquía, amputó el movimiento autonomista, impulsado por el catalanismo, que se afanaba en conseguir la aprobación de un autogobierno para Catalunya y apostaba por la reforma democrática de la monarquía. En tiempos de Alfonso XIII como también sería así en tiempos de Juan Carlos I. El instrumento para impulsar esa propuesta reformista fue convocar en Barcelona una Asamblea de Parlamentarios. Siguiendo la tradición del nacionalismo catalán, del catalanismo, por lo menos hasta que en 2012 se optó por otro camino, que es el actual, el espíritu que inspiraba el movimiento asambleario de hace cien años era tan español como catalán. Cuando ha dejado de serlo, Felipe VI se ha convertido en Alfonso XIII.

En 1917, los políticos catalanes, aliados con los sectores liberales y de izquierdas españoles, querían cambiar España y, para empezar, querían cambiar la Constitución de 1876, aquella ley fundamental impulsada por Cánovas del Castillo para construir una alternancia política ficticia, puesto que se apoyaba en el caciquismo y en la corrupción del voto. No lo lograron. Al contrario. El nacionalismo español, militarista y violento como todavía es hoy en día, no lo permitió y persiguió judicialmente aquel movimiento democratizador. En España todo ya está inventado. La respuesta del régimen de la Restauración se asemeja mucho a la que el PP da en estos momentos. La justicia está ahora tan corrompida y politizada como lo estaba entonces. La diferencia es que hoy, cien años después de que el PSOE y los sindicatos de clase impulsaran una huelga general en verano de 1917 “para la salvación de la dignidad, del decoro y de la vida nacionales”, los socialistas son parte del problema que antes había provocado el nacionalismo español más rancio. En 2017 el PSOE comparte con el PP ideales nacionales y políticas represivas contra el soberanismo catalán. Los años pesan y hay partidos que, como las personas, envejecen mal.

En España todo ya está inventado. La respuesta del régimen de la Restauración se asemeja mucho a la que el PP da en estos momentos

La mala gestión de Cambó de aquella “revolución sensata y legal”, sumada a la represión pura y dura del gobierno español, que se tradujo en la imposición de la censura de los diarios y la persecución por “sedición” y “rebelión contra el Estado” de algunos de los líderes que participaron en el movimiento, propició cambios en el liderazgo del catalanismo. Mientras la Lliga y los reformistas españoles acabaron por dar marcha atrás, hasta el punto de implicarse en la gobernabilidad de España (Cambó fue nombrado ministro de Fomento el 23 de marzo de 1918), un antiguo militar español, diputado independiente de la Lliga por el distrito de les Borges Blanques, emergió como la figura que acabaría sustituyendo a Prat de la Riba al frente del movimiento catalán de reivindicación nacional. Él, junto con el republicano tortosino Marcel·lí Domingo y el sindicalista Ángel Pestaña, organizaron, en paralelo a la Asamblea de Parlamentarios, un movimiento insurreccional, que se inspiraba en el alzamiento del Domingo de Pascua irlandés de 1916, para acabar con la monarquía y proclamar la República catalana. El 19 de julio de 1917, el mismo día en que debía celebrarse la segunda Asamblea de Parlamentarios, era la fecha elegida para asaltar la Mancomunitat y el Ayuntamiento e instaurar un gobierno provisional. Al final, la insurrección acabó en nada y los sectores más decididos del nuevo catalanismo acusaron a Cambó de “mercader y traidor”.

Macià, como todo el mundo sabe, acabó siendo el primer presidente de la Generalitat de Catalunya en 1931 después de renunciar a la República catalana por la presión de tres ministros del gobierno provisional español enviados a Barcelona a negociar. Dos de esos ministros eran catalanes, Lluís Nicolau d’Olwer y Marcel·lí Domingo, el antiguo insurrecto de la “Pascua catalana”. La fuerza y el carisma del Avi le ayudaron a superar aquella prueba, tan criticada por los sectores más puristas del separatismo catalán. Pero la fuerza de aquel hombre acabó siendo tal, que Francesc Macià es el único político que ha ganado unas elecciones después de muerto. Ciertamente, Macià falleció el día de Navidad de 1933 y, sin embargo, su imagen y su recuerdo protagonizaron las elecciones de febrero de 1936, las del Frente Popular, aquellas que sirvieron para excarcelar a Lluís Companys y a su gobierno, encarcelados a raíz de lo ocurrido en octubre de 1934. Los carteles electorales con una fotografía del Avi inundaron Catalunya. El icono no era el gobierno encarcelado, era Macià, el líder que había sabido aglutinar a una nueva generación de políticos catalanistas, alejados de las martingalas cambonianas.

El mundo da vueltas y vueltas, pero hay cosas que no cambian, sobre todo si no existe la voluntad de ponerles remedio. Hay un pasado que no pasa jamás. Es el que se acompaña del silencio de los corderos. No sé si me explico.

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Agustí Colomines
OPINIÓN Ojo al parche Agustí Colomines