“El patriotismo es el último refugio de un canalla”, escribía Samuel Johnson en El patriota, un ensayo que escribió para influir en las elecciones parlamentarias inglesas de 1774. ¡Qué gran verdad! Para Johnson, la mala gente, aquellas personas que son capaces de cometer los actos más reprobables, no son realmente patriotas. Al contrario, son antipatriotas. Quien en su actividad parlamentaria es incapaz de someterse al bien común, afirmaba el poeta, lexicógrafo y crítico literario más citado después de Shakespeare, no es un patriota. La traducción española de este panfleto incluye otro escrito dedicado al fanatismo político. Estaría bien que los políticos de hoy en día lo leyeran. No les llevaría mucho el tiempo, porque tiene la extensión propia de un artículo de periódico, que es como se publicó el sábado 17 de junio de 1758.

Lo que Johnson arguye sobre la política se podría aplicar a la actividad de los políticos actuales. La esencia del patriotismo consiste, según Johnson, en no caer en el fanatismo. Y exige de los políticos que combatan las injusticias y las arbitrariedades con todas sus fuerzas. Johnson reclamaba a los políticos que se rebelaran en contra de los abusos de poder y en contra de los intentos de censura gubernamental sobre la vida intelectual y política. Y eso a pesar de que el famoso filólogo no era ningún revolucionario. No creía en la revolución porque era un moderado aferrado a unos principios conservadores y monárquicos. Y aun así, ese moderantismo que sostenía sin ningún rubor le llevaba a abominar del fanatismo político. Un fanatismo que en aquel tiempo y hoy arranca de la incapacidad de algunas personas de aceptar las opiniones de los demás. Los fanáticos son aquel tipo de gente que desprecia el diálogo para resolver los conflictos y alimenta la intemperancia y la carencia de sentido crítico de los crédulos.

La credulidad de los fanáticos es tan nociva como la mentira que fabrican quienes quieren servirse de los crédulos. Aquellos que afirman algo solo porque lo dicen los “suyos” sin averiguar si es realmente verdad o no. Los fanáticos se burlan de las evidencias. El problema de verdad es, pues, que esa gente transita por el mundo esparciendo monólogos dogmáticos sobre cualquier cosa. Sobre la Constitución, por ejemplo. Hace poco escuché en una tertulia de Catalunya Ràdio a un profesor universitario que afirmaba, sin empacharse, que hay cosas que no se pueden discutir si no están contempladas en la Constitución de 1978. La autodeterminación, chillaba enloquecido. El fanatismo constitucional ha hecho mucho daño, más todavía cuando solo el 28% de la población actual votó esa ley.

En pleno siglo XXI, ese profesor, autoproclamado socialista, razonaba como si fuera miembro de un tribunal de la Inquisición. La tierra es plana y quien afirme lo contrario será quemado en la hoguera. Los unionistas no aceptan el debate, solo imponen el silencio a la mayoría social que el 27-S de 2015 obtuvo la mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya. Y cuando los independentistas deciden tomar un atajo y se convierten en patriotas que anhelan ejercer la democracia para que el pueblo decida, entonces a los unionistas les sale de las entrañas la bestia de la intolerancia. ¡Qué pena! El fracaso de la modernidad es que el conservadurismo de izquierdas haga retroceder la noción de libertad a los tiempos anteriores a la Ilustración y, además, lo haga cogido de la mano, por decirlo a la manera de Josep Fontana, de los herederos de los franquistas que durante la transición pactaron su propia supervivencia.

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