La contundente victoria del SNP en Escocia es inapelable. Incluso lo destacan los unionistas acérrimos, los que en Catalunya niegan que un 42,5% de apoyo al independentismo sea suficiente para reclamar la celebración de un referéndum plenamente acordado. La sensación de victoria independentista y de derrota del unionismo escocés no es tanto por el porcentaje logrado (45%) como por el hecho de que de los 59 escaños en disputa, el SNP ha obtenido 48. Los 23 diputados independentistas catalanes —frente a los 18 unionistas— están repartidos entre tres partidos, que no se entienden entre ellos casi nunca, y por lo tanto transmiten pesimismo más que optimismo. Supongo que en Escocia existen electores independentistas de derechas, de centro y de izquierdas, pero tienen otra manera de organizarse y de afrontar la relación con la metrópoli. ERC siempre ha rechazado lo que Rufián denomina despectivamente espacio “convergente”, pero calla ante sus amigos democristianos (salidos todos ellos del partido de Duran i Lleida) que ocupan escaño en el Parlament y en el Congreso, integrados en ERC, y que son tan de derechas o más, por ejemplo, que Marta Pascal. La CUP de orden, como se hacían llamar, ahora está atrapada en la telaraña de una ERC que da marcha atrás a toda velocidad. Al parecer, Joan Tardà está más dispuesto a entenderse con Miquel Iceta que con Toni Castellà y, por supuesto, que con Carles Puigdemont.

Los políticos catalanes son especialmente torpes. Escocia no está en mejores condiciones que Catalunya para lograr la independencia, pero tiene una hoja de ruta más clara y, sobre todo, menos frívola que la catalana. Me escandalizan las declaraciones de la antigua presidenta del Parlament —y lamento decirlo, porque está encarcelada injustamente— sobre la grave equivocación que cometieron. Afirmar que no se imaginaba que el Estado respondería como respondió me parece, sinceramente, naif. Servidor, que era un simple director general, sabía perfectamente qué iba a ocurrir. Y, además, lo advirtió. Me atrevo a calificar lo dicho por Carme Forcadell porque ha dejado que la entrevistasen para hablar de política, de antes y de ahora. Estar encarcelada no le da la razón. Ella tiene un punto de vista y si ahora dice que se equivocó cuando era presidenta de la ANC, y como militante de ERC, nosotros tenemos derecho a responderle que unos cuantos ya escribimos en su momento que se equivocaba. Andar de prisa puede provocar que te rompas el fémur. Una generación entera de dirigentes republicanos está inhabilitada para atreverse a sugerir qué camino hay que seguir.

Escocia no está en mejores condiciones que Catalunya para lograr la independencia, pero tiene una hoja de ruta más clara y, sobre todo, menos frívola que la catalana

El gran problema del independentismo catalán es que vive sin vivir. No se atreve a nada condicionado por el miedo a la represión —de la que solo ahora son conscientes— y así no se pueden tomar decisiones políticas. Esta semana empieza una nueva batalla judicial para determinar el estatus legal de los tres eurodiputados electos a los que España —y la UE— niega la condición de aforados. Hoy arranca la vista sobre la euroorden de Llarena para detener y extraditar al president Carles Puigdemont y a los consellers Toni Comín y Lluís Puig y el próximo jueves se conocerá la decisión del TJUE sobre la inmunidad de Oriol Junqueras. No hace falta decir que una resolución favorable a los intereses de los dirigentes independentistas sería una gran victoria, personal y política. La justicia española se ha mostrado tan arbitraria, que la justicia belga y el alto tribunal de la UE pueden machacar a España y provocar así un cambio político radical, en especial en el exilio.

Pero las victorias legales no pueden sustituir a la política. La política es lo que echa de menos la gente. Lo he escrito y lo vuelvo a repetir: el debate sobre investir o no a Pedro Sánchez está planteado en términos españoles y no catalanes. Parece la operación de salvar al soldado Ryan. Oigo a Tardà argumentar por qué se debería investir a Pedro Sánchez y no le entiendo. Tengo la impresión de estar escuchando a los dirigentes de ERC de los años treinta, quienes, obcecados por combatir a la CEDA, se aliaron con el PSOE de Largo Caballero y en 1934 provocaron una crisis de campeonato. Si lo que propugna Tardà es que se deben tender puentes con los socialistas, entonces ¿por qué se queja de que Junts per Catalunya haya pactado con el PSC gobernar en la Diputación de Barcelona? ¿Ustedes se dan cuenta de que nada de todo esto tiene que ver con el proceso independentista? El pasado 13 de septiembre se conmemoró el décimo aniversario de la consulta de Arenys de Munt sobre la independencia, un hito histórico que desencadenó un alud de consultas populares por toda Catalunya. Entonces el independentismo electoralmente era minoritario, sobre todo porque CiU todavía no apostaba por la independencia. Al cabo de 10 años ha llegado al 42,5%. Cualquier buen político estaría más preocupado por no deshinchar este apoyo que por apuntalar al enemigo. Quizás lo que ocurre es que el independentismo catalán necesita una dirigente como Nicola Sturgeon que sepa superar los rencores y las miserias de la política catalana.

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