“Cataluña es un hecho y no una cuestión. Es una realidad y no un conflicto”. Este es el resumen de una de las partes de que constaba la ponencia, presentada  por Josep Termes en un coloquio de historiadores del año 1974, sobre los “problemas de interpretación” acerca del nacionalismo catalán. La otra tesis de Termes, la más conocida, es la que tiene que ver con su defensa de las raíces populares del catalanismo por contraposición a la interpretación marxista que señalaba que la paternidad del catalanismo era, siguiendo las directrices de Stalin sobre el nacionalismo, de la burguesía catalana. Los comunistas catalanes de los años treinta, en sus dos versiones, estalinista y trotskista, se tragaron el anzuelo de que Cataluña era un conflicto para España y no una realidad nacional. Planteado como un conflicto, como un expediente, como un problema, está claro que Cataluña jamás tendrá remedio. Cuando alguien se considera dominado es normal que plantee un conflicto. Ahora bien, el conflicto es la dominación y no la resistencia. Los irredentos son insurrectos por pura necesidad. No pueden ser otra cosa si oponen resistencia a la represión o a la asimilación.

“¿Cómo definirían ustedes Perú?”, pregunté esta misma semana a un grupo de alumnos de este país a los que estaba explicando qué es Cataluña. Una chica me respondió decidida: “Perú es una sociedad multicultural”. ¿Y multinacional, también?”, repregunté. Y ella afirmó con la cabeza. A todos los “multis” que yo iba planteándole (multilingüístico, multiracial, etc.), ella respondía que sí. Al final llegamos a la conclusión de que el hecho que Perú fuera una sociedad diversa no era necesariamente una fuente de conflictos. Gestionar la pluralidad es uno de los grandes problemas del mundo, pero es la solución a los conflictos. Isaiah Berlin, uno de los historiadores de las ideas más interesantes del siglo pasado, decía que “es más interesante leer a los enemigos que a los amigos porque pone a prueba nuestras defensas al descubrir sus debilidades”. Y eso lo afirmaba porque estaba convencido de que las personas que creen en la existencia de una sola verdad sin reconocer que puede haber otra, en una solución exclusiva para todos problemas, en que debe forzarse una solución como sea porque sólo así se conseguirá la salvación de la clase a la que pertenecen, del país de donde son, de la iglesia que los acoge, de la sociedad o del partido de los que son miembros, al fin contribuirá a crear una situación en la que se derramará sangre, la sangre de los que se oponen a esa visión unidireccional de la convivencia.

La historia no tiene guion, según Berlin. Nada está escrito. Es la acción de las personas lo que transforma las cosas o los escenarios políticos. La historia es conflicto, por lo tanto. Marx fue el gran teórico del conflicto. Pero una cosa es que las sociedades avancen o reculen  a consecuencia de los conflicto y otra que una sociedad o un país sean intrínsecamente un conflicto. Cataluña protagoniza desde hace años, desde hace siglos, un conflicto con el Estado español. Es un conflicto provocado por la ausencia de reconocimiento nacional de Cataluña. ¿Quién es más conflictivo, aquel que no reconoce lo “multi” intrínseco de las sociedades complejas y plurales o quienes reclaman ser reconocidos? La respuesta sería obvia si no estuviéramos dominados por el fanatismo. Por el nacionalismo de “La Roja”, para entendernos. ¿Quién es más conflictivo, los que difunden un relato de odio o los que se  protegen de él? Si  piensan dejando a un lado la pasión, la respuesta es obvia. El conflicto de Cataluña con España plantea, de entrada, un problema de interpretación. Simone de Beauvoir, aseguraba que “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Evidentemente. Son los hombres los que convierten en conflictiva la feminidad y obligan a las mujeres a luchar para ser reconocidas y ocupar el espacio que los corresponde en un sociedad de iguales. Son los hombres los que convierten a las mujeres en doblemente invisibles, del mismo modo que unas naciones  oprimen a otras y les niegan el reconocimiento e incluso el espacio público.

La “Cuestión” catalana no existe. Sólo toma forma en la cabeza de quienes no saben encarar el gran problema del mundo contemporáneo, que no es otro que la libertad. No se trata de que alguien se inmole para conseguir la libertad, que era una de las preocupaciones de Berlin cuando pensaba en la libertad, debería ser suficiente con ser consecuentes con los ideales. ¿Cómo podemos convertir en natural lo que los “liberticidas” consideran una anomalía?. El gran Berlin también afirmaba que si nos fijamos bien nos daremos cuenta de que “los niños no hacen caso al paisaje. Lo aceptan como algo normal. El amor por la naturaleza llega con los años, con la juventud”. Y quien dice la naturaleza, dice la libertad, ¿no?. En Cataluña todavía esperamos que se convierta normal en España lo que el régimen del 78 no ha sabido transmitir a la sociedad español nacida bajo la Constitución y el estado de las autonomías. Es necesario que la sociedad española aprenda a respetar lo “multi” que mi alumna peruana acepta como lo más natural del mundo. Ella es más lista que su compatriota Mario Vargas Llosa, impulsor de discordias desde que lleva en el bolsillo el pasaporte español. El día que el amor a la democracia sea real en España, entonces la “Cuestión” catalana dejará de ser un estorbo para el españoles.

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