Cargando...

Hace poco he tenido la suerte de poder pasar unos días caminando por montañas suizas. Lástima que al día siguiente de volver tuve la mala suerte de tener que moverme por las calles más turísticamente concurridas del Barri Gòtic de Barcelona. Un contraste excesivo. Con los paisajes suizos en la retina, recordé la categoría del país, un ejemplo de orden general, de limpieza, de respeto, de calidad de servicios turísticos, de impecable transporte público —en bus y en tren— y otros atributos que yo considero envidiables. Del turismo de calidad en un país de calidad, pasé repentinamente a hacer una pequeña cata del sector del turismo de masas que visita Catalunya. Prácticamente, todo lo que vi en el Barri Gòtic rezuma bajo nivel: masificación de gente, predominio de establecimientos destartalados, oferta de productos desnaturalizada en la que todo vale (desde bailaoras y toros con simulación de trencadís gaudiniano, banderas españolas por todas partes, camisetas del narcotraficante Pablo Escobar, tangas de mil diseños sobre Barcelona, todo lo que uno se pueda imaginar), ruido, suciedad, hedor... Uno se pregunta cómo se pueden atraer turistas en un orden general tan caótico y tan despersonalizado. En cierto modo, el Barri Gòtic, como tantos lugares de la costa catalana, es un exponente del nivel de masificación y de calidad turística baja, que se sitúa en el polo opuesto del turismo suizo o austriaco, países tan turísticos como Catalunya.

Sin cuestionar qué va primero, si el huevo o la gallina, el turismo de masas que llega a Catalunya tiene relación, entre otras cosas, con la especialización aeroportuaria de sus aeropuertos en el llamado low cost. La misma compañía que me llevó de Barcelona a Suiza, trae y retorna carretadas ingentes de turistas de toda Europa y de otros continentes. La especialización en low cost no es gratuita: somos un destino turístico y las compañías tradicionales prefieren Madrid, la capital del Estado y, aeroportuariamente, un auténtico hub. Esta circunstancia, añadida al hecho de que se acaba de adjudicar la redacción del Plan Director que debe concretar la ampliación de El Prat, me ha sugerido hacer algunas consideraciones sobre el vínculo entre una infraestructura dedicada a vuelos baratos y un país con predominio de turismo de masas. Más aún cuando la ampliación tiene todas las trazas de reforzar todavía más este tipo de turismo con visitantes de países más lejanos.

Lo que necesitamos no es más cantidad de turistas, sino reducirlos a la mitad y que generen más renta que la que generan los actuales

Catalunya ya era un destino turísticamente atractivo desde mucho antes de que se ofrecieran vuelos baratos. Pero el low cost ha sido una palanca para el sector, como lo fueron los Juegos Olímpicos o la visita del Papa. La razón es fundamentalmente económica. Los billetes no tienen los precios de las compañías aéreas tradicionales, lo que hace asequible viajar a muchas personas que antes no se lo podían permitir porque volar era una especie de lujo. Con el low cost ha dejado de serlo y ha propiciado el crecimiento del turismo de corta y de larga distancia, a la vez que ha hecho aparecer el turismo de corta duración (de fin de semana, de puente), el turismo de celebraciones (como despedidas de soltero) y el de eventos (como un concierto o un partido de fútbol). Se puede afirmar que, gracias al low cost, volar ha pasado de ser una cuestión de negocios y de gente rica a ser una práctica que se la pueden permitir todos los bolsillos. Se ha democratizado.

Naturalmente, el aumento de oferta de vuelos a bajo precio provoca más afluencia de visitantes a lugares que antes ya eran atractivos, como Catalunya. También favorece la aparición de nuevos destinos que han descubierto el potencial económico del turismo (construcción de hoteles, creación de empresas hoteleras y de puestos de trabajo, impulso de la restauración, de la venta de souvenirs, de servicios de ocio, etcétera). Como efecto colateral, los estados también están encantados porque ingresan divisas; no en vano el turismo es una exportación de servicios para no residentes.

Sin embargo, con el aumento de los visitantes gracias al low cost lamentablemente todavía se habla poco de sus efectos medioambientales, que son evidentes, tampoco se habla lo suficiente de los efectos sobre la calidad de vida de los residentes, ni tampoco de las transformaciones urbanas (colonización de barrios, sustitución del tejido comercial y de servicios), ni del encarecimiento de la vivienda, ni de la expulsión de los residentes de determinados barrios. En una línea similar, la especialización en turismo de masas lleva asociada la creación de puestos de trabajo de salarios bajos, aumento de población y estancamiento de la renta per cápita. Sin ir más lejos, Lloret de Mar es uno de los municipios con la renta familiar disponible más baja de toda Catalunya (33% inferior a la media catalana); Castelló d'Empúries, Roses, Castell d'Aro y Platja d'Aro, Cadaqués o Salou tienen rentas entre un 23% y un 33% inferiores a la media catalana. El turismo de masas es uno de los sectores señalados por parte del Informe Fénix como "sector subvencionado". Esto quiere decir que cada catalán, con sus impuestos, ayuda a pagar las vacaciones del turista de sol y playa inglés o alemán.

Por todo ello, con motivo de la futura ampliación de capacidad de recibir vuelos de un aeropuerto como el Prat, especializado en compañías low cost, corre el peligro de alimentar todavía más el turismo masivo. Es como echar gasolina al fuego. Que esto lo proponga Aena se entiende porque va detrás de aumentar la cantidad de viajeros y de beneficios; que los grupos de interés económico lo defiendan, también se entiende; pero que el proyecto tenga la complicidad y el entusiasmo de la Generalitat, del Ayuntamiento de Barcelona y de buena parte del poder político en la oposición, cuesta más de entender.

Lamentablemente, se prepara, en sentido figurado y en sentido físico, una pista de aterrizaje que engordará todavía más el turismo masivo. Decepcionante. Quiere decir más low cost y más low tourism, cuando justamente lo que necesitamos no es más cantidad de turistas, sino que necesitamos reducirlos a la mitad y que generen más renta que la que generan los actuales.