Hace unos ochenta años, mi abuelo, Josep Trueta, acababa de redactar el libro El espíritu de Cataluña. Lo escribió en uno de los momentos más oscuros de la historia de Catalunya. Los aliados vencedores de la Segunda Guerra Mundial ya daban a entender que, si bien habían hecho caer dos de las grandes dictaduras del siglo XX, una tercera —la de Franco— no solo permitirían que sobreviviera, sino que ya daban señales de querer alimentarla, en función de oscuros intereses muy alejados del espíritu democrático y liberador que afirmaban haberles guiado para derrocar al Tercer Reich.
Para Trueta, era evidente que Catalunya, como nación de larga tradición parlamentaria, sería una de las víctimas de esa política no intervencionista, con el resultado de que la democracia a nuestro país tardaría unos treinta años más en llegar que a Francia, los Países Bajos o Noruega, por ejemplo. Es evidente que la recuperación de la democracia y el espíritu catalán que defendía Trueta en su libro —que distribuyó entre toda la clase política británica y americana— no fue una causa que tuvieran en cuenta los vencedores de la guerra. Y así nos ha ido. Y, ¡cuidado!, ¿podemos decir hoy que estamos mucho mejor?
Para quien aún no lo haya podido ver, es evidente que el Sr. Illa, lejos de ofrecer una política estabilizadora para la identidad catalana, lidera hoy un verdadero proceso de sustitución nacional, cultural y emocional de la realidad catalana. Y lo hace con todo el apoyo del Estado. Es una situación distinta a la de 1939, está claro, pero con alarmantes puntos en común. El impulso nace de una clara voluntad de castigar la modalidad de catalanismo que, históricamente, ha caracterizado a este pueblo, tal y como quiso demostrar Trueta en su libro. Quieren convertir el concepto del catalanismo emancipador poco menos que en un crimen. El Sr. Illa ha dado abundantes señales de querer un catalanismo sumiso, inerte, en todo caso, decorativo. Como un capricho del gueto. Por eso aplica un plan muy concreto de contención y reprobación de quienes osaron pensar que podían decidir su futuro una vez guillotinado el nuevo Estatut de un Maragall que su partido desterró de la presidencia, recordémoslo.
Illa lidera hoy un verdadero proceso de sustitución nacional, cultural y emocional de la realidad catalana
Ahora, sin embargo, ya no son solo Madrid y los tribunales españoles los que tenemos en contra, sino la propia Generalitat y el imperio petainista y subvención-friendly que ha sabido crear a su alrededor. Y que nadie dude de que son Illa y su partido los que lo manejan todo, sin dar ni medio paso que no esté coordinado con quienes desean desde hace tiempo fulminar la tradición catalanista y reducir nuestro país a una especie de Occitania bis bien folclórica y dependiente.
Para comprobar estos extremos, basta con recordar que fue Illa quien nombró al frente de la Conselleria de Unió Europea i Acció Exterior de la Generalitat al inefable Sr. Jaume Duch, funcionario que durante años fue el máximo escudero del unionismo españolista en el Parlamento Europeo. Igualmente, fue Illa quien nombró a Cristina Farrés —una furibunda antisoberanista como directora de Crónica Global— directora de Comunicació de la Generalitat. Si queremos más pruebas, basta con observar cómo actúa la Sra. Parlon contra los maestros. O considerar cómo celebró el último 11S el propio Sr. Illa. Digámoslo claro: el Govern del Sr. Illa —que tiene el santísimo morro de llamarse “Govern de Tothom”— pretende socavar la catalanidad prostituyendo sus símbolos de país, como Montserrat o las figuras icónicas de Antoni Gaudí o el propio mundo del deporte catalán —como tal—, cada día más empequeñecido y residualizado. Ciertamente, Franco no lo habría hecho mejor.
Pero quizás lo más alarmante sea que en esta carrera catalanófoba no le va muy a la zaga el partido de Oriol Junqueras y, según cómo, el conjunto del mundo político supuestamente “independentista”, el que el pasado 7 de febrero optó por la minoritaria manifestación anti-RENFE de la tarde —en aras a alinearse con la mayoría “despolitizada”— despreciando la mucho más consecuente manifestación de la Assemblea Nacional Catalana, que es la que —muy curiosamente— muy mayoritariamente prefirieron los ciudadanos. Cabe esperar que algún día aprendan estos partidos el tiro que se disparan en el pie regresando al autonomismo y renunciando a sus principios de 2017.
Pero es en el campo emocional donde quizás se esté volviendo más insidiosa esta inercia catalanofóbica. En el cine —que, entre otras cosas, es el gran escaparate emocional de un país— los Premis Gaudí han derivado hacia una sustitución lingüística y emocional del cine catalán que nunca hubiéramos imaginado posible hace unos años. Hay una consigna masivamente promocionada por el PSOE (el PSC ya no existe) que en Catalunya busca obsesivamente la españolización de la cultura, de la Iglesia (y no solo en las procesiones de L’H), de los museos, del mundo editorial, del deporte, de la economía, de la lengua, de las universidades, de la educación y de la sanidad, donde no se nota ni un ápice de voluntad catalanizadora.
El proceso de criminalización que ha puesto en marcha el Estado incluye a todos los que luchan o han luchado, históricamente, por los derechos de Catalunya y su gente
En el fondo, y sobre todo después del 1-O, la gente de Illa —cada vez menos capaces de solucionar “los problemas de la gente” que tanto dicen defender— ven la catalanidad como un peligro. Y por eso la combaten. Sutilmente, quizás, pero la combaten. ¡Basta con recordar que acompañaron una presentación de la Generalitat en Japón con un baile de flamenco! Que nadie lo dude: el Sr. Illa está aquí para castigar a Catalunya por querer ser ella misma. No es un “Govern de Tothom” lo que lidera, ni nada que se le parezca, sino un gobierno que consigna los valores catalanes y la tradición, la historia y —sobre todo— la emotividad catalanas, al gueto. Creo que quien no lo ve hoy, no tardará en hacerlo. ¡Si ya se nos pone media cara de occitanos!
No quería terminar este artículo sin hacer una última reflexión sobre la catalanofobia y la culpabilización del impulso catalanista que vivimos, una consigna que proclamó con toda claridad Felipe VI en su discurso del 3 de octubre. Creo que sería un error conceptualizar al president Puigdemont, Lluís Puig, Pablo Hasél o Toni Comín como los únicos catalanes “criminalizados” hoy por la represión del Estado. Quizás, judicialmente, lo sean. Pero en un sentido más general, el proceso de criminalización que ha puesto en marcha el Estado es mucho más amplio, ya que incluye a todos los que luchan o han luchado, históricamente, por los derechos de Catalunya y su gente. Incluye a Macià y Companys, incluye a Pompeu Fabra y Antoni Gaudí, incluye a Sunyol —cuyo nombre ahora “cae” del palco del Camp Nou—, incluye a Muriel Casals, Josep Trueta o Lluís Llach y —por supuesto— a los dos millones de votantes del 1 de Octubre. En definitiva, ayer como hoy, criminaliza a todos los que han luchado para que Catalunya no fuera sistemáticamente despojada de su identidad y de sus derechos nacionales y sociales a lo largo de los siglos. Quieren que vivamos en un gueto, donde seremos considerados antisociales por hablar en catalán o peligrosos si queremos que nuestro Parlament pueda decidir algo que desagrade al Borbón o al siniestro Deep State español que nos ata a la Unidad de Destino en lo Universal que ni un solo día ha dejado de presidir la política española. Estoy seguro de que es lo que quería apuntar mi abuelo al escribir el libro El espíritu de Cataluña, una nueva edición del cual saldrá este año de la mano de Comanegra. A ver si, entre todos, hacemos un poco de memoria.
Antoni Strubell i Trueta es filólogo y político