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Muchos conductores tienen una costumbre que parece completamente inofensiva. Una vez estacionado el coche, giran el volante para colocar mejor las ruedas o terminan la maniobra cuando el vehículo ya está totalmente parado. Sin embargo, numerosos mecánicos coinciden en que este gesto, repetido una y otra vez, puede aumentar el desgaste de distintos elementos de la dirección y la suspensión, además de castigar innecesariamente los neumáticos.

La explicación es sencilla. Cuando el coche está inmóvil, todo su peso recae sobre los neumáticos. Al girar el volante en ese momento, las ruedas no ruedan sobre el asfalto, sino que se arrastran ligeramente. Ese esfuerzo adicional se transmite a componentes como la cremallera de dirección, los rodamientos, los brazos de suspensión o las propias cubiertas. En vehículos antiguos sin dirección asistida, este efecto era todavía más acusado.

Volante

Un gesto habitual que puede parecer inofensivo

Aunque hoy la mayoría de los coches disponen de dirección asistida, el problema no desaparece por completo. El sistema facilita el movimiento del volante, pero sigue existiendo una resistencia mecánica importante cuando las ruedas permanecen inmóviles. Además, mantener el volante completamente girado hasta el tope durante varios segundos obliga a trabajar al sistema en condiciones poco recomendables y puede acelerar el desgaste de algunos de sus componentes.

La mejor solución es muy sencilla. Siempre que sea posible, conviene girar el volante mientras el coche avanza o retrocede muy lentamente. Basta con que las ruedas estén en movimiento para que el esfuerzo disminuya de forma notable. De esta manera, tanto la dirección como la suspensión trabajan de una forma mucho más natural y se reduce la carga sobre todos los elementos del conjunto.

Volante Unsplash

Ojo con los bordillos

Otro enemigo habitual de la dirección son los bordillos. Subirlos o bajarlos con rapidez puede alterar poco a poco la geometría de la suspensión. Incluso sin llegar a producir una avería inmediata, estos golpes repetidos favorecen un desgaste irregular de los neumáticos y pueden provocar vibraciones en el volante o una pérdida de precisión en la conducción.

También conviene evitar apoyar los neumáticos contra el bordillo al aparcar. Ese roce continuo deteriora los flancos de las cubiertas y aumenta las posibilidades de sufrir daños que, con el tiempo, pueden traducirse en un desgaste prematuro o incluso en un reventón inesperado. Además, unas ruedas en mal estado afectan directamente al comportamiento del vehículo.