La Dirección General de Tráfico ha puesto el foco en la vigilancia de la velocidad de cara a la operación especial de Semana Santa con un despliegue reforzado de radares móviles y de tramo en distintos puntos de la red viaria. El mensaje se centra en una idea muy concreta: habrá más controles en tramos donde el exceso de velocidad sigue siendo un factor de riesgo determinante y donde los dispositivos pueden pasar prácticamente desapercibidos para buena parte de los conductores.
La estrategia no gira únicamente en torno a los tradicionales radares fijos, cuya ubicación suele ser más conocida, sino a una red mucho más flexible y difícil de identificar a simple vista. En esa combinación entran radares instalados en vehículos camuflados, controles móviles situados en ubicaciones variables y sistemas de tramo capaces de medir la velocidad media entre dos puntos. El objetivo es ampliar la capacidad de supervisión en carreteras donde el margen de reacción es menor y la siniestralidad presenta un comportamiento especialmente sensible.
No es ningún secreto que los grandes desplazamientos festivos elevan la presión sobre la red secundaria, un escenario en el que conviven trayectos cortos, tráfico interurbano, adelantamientos y cambios constantes de ritmo. En ese contexto, la velocidad excesiva o inadecuada se convierte en un elemento crítico, sobre todo en vías con un solo carril por sentido, intersecciones frecuentes y menor separación física entre flujos de circulación.
Vigilancia más difícil de anticipar
El calificativo de “invisibles” responde menos a una nueva tecnología que a una forma de uso mucho más discreta. Los radares móviles permiten modificar con rapidez la localización de los controles y situarlos en puntos donde antes no existía una vigilancia constante. Esa movilidad complica la anticipación y reduce el efecto de la simple memorización de los puntos conflictivos, algo habitual cuando se trata de radares fijos ampliamente conocidos.
A ello se suman los radares de tramo, que cambian por completo la lógica del control puntual. Frente al conductor que frena al aproximarse a un dispositivo y vuelve a acelerar unos metros después, este sistema calcula la velocidad media mantenida a lo largo de una distancia determinada. En la práctica, obliga a sostener una conducción más homogénea y penaliza los cambios bruscos de ritmo que suelen aparecer en recorridos muy transitados.
También influye el carácter poco visible de algunos emplazamientos. Determinados vehículos camuflados, soportes integrados en el entorno o ubicaciones alejadas de los puntos más previsibles hacen que la detección visual sea cada vez menos sencilla. Cabe destacar que esta fórmula busca reforzar el cumplimiento real de los límites, no solo en las inmediaciones de un poste conocido, sino a lo largo de todo el trayecto.
El peso de las carreteras secundarias
La atención sobre las carreteras secundarias responde a una lógica clara. Son vías que concentran una parte importante de los desplazamientos de media distancia y, al mismo tiempo, presentan condiciones más exigentes que las autovías: menor anchura, curvas enlazadas, accesos directos, cambios de rasante y una convivencia más cercana entre turismos, vehículos pesados y motocicletas. Todo ello incrementa la exposición al riesgo cuando la velocidad deja de ajustarse al trazado o a la densidad del tráfico.
En ese escenario, el dato que sitúa el riesgo de accidente un 55% por encima cobra especial relevancia como argumento para intensificar los controles. La vigilancia se orienta así a los puntos donde la probabilidad de que una infracción termine teniendo consecuencias graves es más elevada. No se trata solo de sancionar, sino de contener uno de los factores que más condicionan la gravedad de un siniestro.
El despliegue previsto para Semana Santa encaja, por tanto, en una política de control más dinámica y menos previsible. La combinación de radares móviles, sistemas de tramo y vigilancia en vías secundarias dibuja un mapa de supervisión más amplio que en campañas anteriores. Lo destacable en este caso es que la presión ya no se concentra únicamente en los corredores principales, sino también en aquellos recorridos donde la conducción exige más atención y donde cualquier exceso se paga con un margen de seguridad mucho menor.
