La visita del nuevo enviado especial de Estados Unidos a Groenlandia ha confirmado aquello que en Copenhague y Nuuk hacía meses que se temía: Washington no ha abandonado ni un milímetro sus ambiciones estratégicas sobre la isla ártica. Jeff Landry, nombrado por Donald Trump en diciembre de 2025, ha aprovechado su primer viaje oficial a Nuuk para verbalizar sin tapujos la voluntad norteamericana de "volver a poner su huella" sobre el territorio. Una declaración que reactiva la tensión geopolítica en el Ártico y sitúa Groenlandia en el centro de una nueva pugna global entre potencias.

El interés de Estados Unidos no es nuevo, pero sí cada vez más explícito. Trump ya había defendido reiteradamente que Washington necesita controlar Groenlandia por motivos de seguridad nacional, argumentando que la isla podría acabar bajo influencia rusa o china. El contexto geográfico da peso a esta obsesión: Groenlandia se encuentra en la ruta más corta entre Rusia y EE.UU. para eventuales misiles intercontinentales y, además, concentra reservas potenciales de tierras raras y recursos minerales todavía poco explotados.

El deshielo acelerado del Ártico ha convertido estos recursos y las futuras rutas marítimas en un objetivo prioritario para las grandes potencias. En este escenario, Groenlandia ya no es solo un territorio remoto bajo soberanía danesa, sino una pieza estratégica clave del siglo XXI. Las declaraciones de Landry apuntan directamente en esta dirección: Washington estudia incrementar operaciones militares y recuperar presencia permanente en la isla, donde durante la Guerra Fría había llegado a operar hasta 17 instalaciones militares.

EE.UU. quieren más bases militares en Groenlandia

Actualmente, Estados Unidos solo mantiene activa la base de Pituffik, en el norte de Groenlandia, pero varios medios norteamericanos aseguran que el Pentágono quiere abrir tres nuevas bases en el sur del territorio. Legalmente, el escenario es viable. El pacto de defensa firmado con Dinamarca en 1951 y actualizado en 2004 permite a EE.UU. ampliar despliegues militares siempre que informen previamente a Nuuk y Copenhague.

Bases y estaciones del tiempo en Groenlandia durante la Segunda Guerra Mundial / Anna Solé Sans

La cuestión, sin embargo, es eminentemente política. La visita de Landry —que ni siquiera había sido invitado oficialmente— ha generado malestar entre las autoridades groenlandesas y danesas. Aunque el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, ha calificado las reuniones de "constructivas", también ha admitido que Washington no ha modificado su posición de fondo.

Jugar con los intereses groenlandeses 

La Casa Blanca juega otra carta sensible: la independencia groenlandesa. Landry ha insinuado que Estados Unidos podría ayudar a la isla a abandonar su dependencia económica de Dinamarca. Es un discurso calculado. Las encuestas muestran que una mayoría de groenlandeses quiere la independencia algún día, pero el debate continúa estancado por la fragilidad económica del territorio y la dependencia de las subvenciones danesas.

El episodio más polémico de la visita ha sido la presencia de un médico estadounidense integrado en la delegación. Oficialmente, debía "evaluar necesidades médicas" en la isla, pero la iniciativa ha sido percibida como una injerencia paternalista. La ministra de Salud groenlandesa, Anna Wangenheim, respondió con contundencia: "Los groenlandeses no son conejillos de Indias de un proyecto geopolítico". La frase resume el estado de ánimo creciente en Nuuk: la sensación de que Groenlandia se ha convertido en un tablero de ajedrez entre potencias que compiten por el control del Ártico mientras sus habitantes intentan preservar soberanía, identidad y capacidad de decisión.