La derrota de Donald Trump en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos deja una fotografía mucho más profunda que la simple pérdida del Congreso. El Partido Republicano ha retrocedido en territorios que hasta hace poco consideraba seguros y ha perdido apoyo entre algunos de los colectivos que habían contribuido a ampliar su base electoral en 2024. Los votantes latinos, los hombres negros, los jóvenes y las clases con menos ingresos han vuelto a decantarse mayoritariamente por los demócratas. El resultado apunta a una fractura de la coalición que permitió a Trump recuperar la Casa Blanca.
El dato más significativo es el cambio entre los votantes hispanos. Según el AP Voter Poll, aproximadamente seis de cada diez han votado candidatos demócratas a la Cámara de Representantes, mientras que solo un tercio ha apoyado a los republicanos. En 2024, Trump había conseguido cerca del 40% del voto hispano. El giro es especialmente visible en Texas, donde James Talarico ha ganado el escaño del Senado frente al republicano Ken Paxton con el apoyo de aproximadamente el 60% de los votantes latinos.
Demografía y bolsillo
La frontera con México ofrece una de las imágenes más elocuentes de este cambio. En el condado de Starr, con una población mayoritariamente hispana, Trump había ganado en 2024 con el 58% de los votos. Ahora, Talarico —demócrata— ha obtenido el 77%. Según Reuters, en los 64 condados de mayoría hispana que celebraban elecciones al Senado, los republicanos han perdido de media 14 puntos porcentuales de apoyo respecto a los resultados presidenciales de hace dos años.
El retroceso también afecta a los votantes negros, especialmente a los hombres. Solo uno de cada diez ha votado republicano en las elecciones legislativas, frente a aproximadamente uno de cada cuatro que había apoyado a Trump en 2024. En conjunto, nueve de cada diez votantes negros han optado por los demócratas. Entre los menores de 30 años, el cambio es igualmente pronunciado: siete de cada diez han votado demócrata, después de unas presidenciales en las que este electorado había quedado prácticamente dividido entre Trump y Kamala Harris.
El retroceso es especialmente delicado porque afecta a una de las grandes conquistas electorales de Trump: la capacidad de penetrar en electorados que durante décadas habían sido una reserva de votos demócrata. En 2024, el republicano no consiguió solo movilizar su base tradicional, sino que la ensanchó con votantes que compartían su malestar con el establishment, pero no necesariamente el conjunto de su agenda política. Esta distinción es importante. Haber votado a Trump no significaba haberse convertido al trumpismo. Una parte de estos electores podía darle confianza por su promesa de mejorar la economía, controlar la inmigración o sacudir Washington, sin asumir un compromiso duradero con el Partido Republicano. Ahora, cuando los resultados no responden a las expectativas, aquella alianza electoral muestra sus costuras. Y el problema de Trump es que recuperar estos votos puede ser mucho más difícil que conservar a sus seguidores más fieles.
Pero la derrota no se explica solo por cuestiones demográficas. El bolsillo ha sido un factor determinante. Casi nueve de cada diez votantes consideraban el coste de la vida una cuestión importante o decisiva a la hora de votar, según las encuestas a pie de urna recogidas por Reuters. Los ciudadanos con ingresos familiares inferiores a los 50.000 dólares se han inclinado mayoritariamente por los demócratas. La inflación, los precios de los alimentos y la gasolina han erosionado la confianza en un presidente que había prometido aliviar la presión económica.
'Bye Texas, bye Kansas'
El mapa electoral confirma que el desgaste republicano no se limita a determinados grupos demográficos. Kansas ha elegido a Adam Hamilton, el primer senador demócrata del estado desde 1932, después de derrotar al incumbente Roger Marshall por casi cinco puntos. En Ohio, Sherrod Brown ha recuperado el escaño del Senado que había perdido en 2024, derrotando a Jon Husted en un estado que Trump ha ganado en las tres últimas elecciones presidenciales. Y en Texas, James Talarico ha conseguido una victoria de unos doce puntos frente a Ken Paxton, convirtiéndose en el primer demócrata que gana un escaño en el Senado por este estado desde 1988.
La importancia de estos resultados no radica solo en los escaños que cambian de manos, sino en el perfil de los votantes que los han hecho posibles. En Kansas, por ejemplo, los independientes han apoyado a Hamilton por más del doble de votos que a Marshall, mientras que aproximadamente un 12% de los electores republicanos también han optado por el candidato demócrata, según la encuesta electoral de ABC News. Casi seis de cada diez votantes del estado desaprobaban la gestión de Trump. Es un dato revelador: la victoria demócrata no se explica únicamente por la movilización de su base tradicional, sino también por la incapacidad republicana de retener una parte de sus propios votantes y de los electores sin afiliación partidista.
La tendencia se repite en buena parte del país. Según el análisis de Reuters, los republicanos han perdido cuota de voto en el 99% de los aproximadamente 2.100 condados analizados, con una caída media de unos ocho puntos respecto a los resultados de Trump en 2024. El retroceso se ha producido tanto en zonas urbanas como suburbanas, en territorios ricos y en condados con rentas más bajas. Esta extensión geográfica es especialmente significativa porque dificulta atribuir la derrota a un único factor o a una movilización puntual de los demócratas: lo que emerge es un descontento mucho más transversal con el partido que gobierna.
La participación, sin embargo, obliga a introducir un matiz. En Texas votaron 9,8 millones de personas, la cifra más alta en unas elecciones de medio mandato desde 1970, pero solo el 51,6% del censo registrado, frente al 61,2% de 2024. Esto no significa que los demócratas hayan ganado simplemente porque más gente haya ido a votar. Según el Texas Tribune, el crecimiento de la participación se concentró en las grandes áreas metropolitanas y en los condados fronterizos, mientras que las zonas rurales registraron los incrementos más pequeños. La diferencia, por lo tanto, no es solo cuántos estadounidenses han votado, sino dónde se ha concentrado la movilización y qué perfil electoral ha acabado teniendo más peso.
¿Qué hará ahora Donald Trump?
El presidente ha intentado desvincularse del resultado argumentando que él no estaba en la papeleta y que, si hubiera estado, habría ganado por goleada. Pero el contraste con la campaña es evidente: antes de los comicios había insistido reiteradamente en que los votantes debían imaginar que también lo votaban a él. Después de la derrota, ha señalado a los candidatos republicanos y ha admitido que la guerra de Irán y el encarecimiento de la gasolina han perjudicado al partido.
Pero las consecuencias de la derrota van mucho más allá de Washington. Reuters apunta que el nuevo Congreso demócrata puede convertirse en un obstáculo importante para la agenda internacional de Trump, especialmente a través del control de los presupuestos militares, las audiencias parlamentarias y la supervisión de las decisiones de la Casa Blanca. Irán es el primer frente donde se puede notar este cambio: los demócratas quieren limitar los recursos destinados a la guerra y exigir explicaciones sobre una intervención que Trump inició sin autorización previa del Congreso. El presidente se encuentra así ante una contradicción: continuar una guerra que ha contribuido a erosionar su apoyo electoral o buscar una salida diplomática que le permita presentar el conflicto como una victoria.
En Israel y Ucrania, el cambio de mayorías también puede tener consecuencias. Según Reuters, el control demócrata abre la puerta a revisar la ayuda militar estadounidense a Israel, en un momento en que el apoyo bipartidista al gobierno de Benjamin Netanyahu se ha deteriorado considerablemente. En el caso ucraniano, los demócratas pueden presionar para recuperar la asistencia militar a Kyiv e impedir que Washington relaje las sanciones contra Moscú. The Washington Post, sin embargo, introduce un matiz importante: una derrota interna no necesariamente hará a Trump más moderado. Con menos presión electoral inmediata, el presidente podría sentirse más libre para actuar unilateralmente en política exterior e intentar construir un legado internacional antes de abandonar la Casa Blanca.
La respuesta de Trump será determinante. Puede intentar recuperar a los votantes desencantados reorientando el discurso hacia la economía y rebajando el coste político de los conflictos exteriores, o bien insistir en la confrontación y presentarse como un presidente capaz de imponer su voluntad a pesar de la oposición interna. El nuevo Congreso tendrá más herramientas para fiscalizarlo, pero no podrá quitarle las competencias presidenciales en política exterior. El mensaje de las urnas no es necesariamente que Estados Unidos haya dejado de ser un país conservador, sino que una parte de los electores que apostaron por Trump en 2024 ya no están dispuestos a darle un cheque en blanco. Y esta pérdida de confianza puede acabar teniendo consecuencias mucho más allá de las fronteras norteamericanas.
