Siete años después de abandonar unilateralmente el acuerdo nuclear con Irán que Barack Obama había impulsado con las principales potencias mundiales, Donald Trump se encuentra ante una paradoja política difícil de esconder: está a punto de rubricar un nuevo marco de entendimiento con Teherán que, en muchos aspectos, recuerda el mismo pacto que calificó de "desastroso", "horrible" y "el peor acuerdo de la historia".
El anuncio de un memorándum preliminar entre Washington y Teherán ha abierto una ventana de oportunidad para reducir la tensión después de tres meses y medio de guerra, miles de muertos y una sacudida global provocada por el cierre del estrecho de Ormuz. Pero también ha dejado al descubierto las contradicciones de la Casa Blanca y las dificultades para presentar el nuevo acuerdo como una victoria inequívoca de Estados Unidos.
¿Qué consigue Irán?
Los primeros detalles conocidos apuntan a que las cuestiones más sensibles quedan aplazadas a una negociación de 60 días. El futuro del enriquecimiento de uranio, la supervisión internacional y la gestión de las reservas de uranio altamente enriquecido continúan abiertos. Mientras tanto, Irán obtiene algunas concesiones importantes, como el levantamiento de determinadas restricciones económicas y la perspectiva de recuperar acceso a fondos congelados o a futuras inversiones internacionales.
Este es precisamente el punto que más incomoda a una parte del movimiento conservador estadounidense. Durante años, Trump construyó buena parte de su discurso contra el acuerdo de 2015 denunciando que había proporcionado decenas de miles de millones de dólares a un régimen que Washington consideraba patrocinador del terrorismo. Ahora, aunque la Casa Blanca insiste en que no se trata de dinero de los contribuyentes estadounidenses, la posibilidad de que Irán acceda a un enorme fondo de reconstrucción o a nuevas vías de financiación recuerda inevitablemente los argumentos que el propio presidente utilizó contra Obama.
La diferencia fundamental respecto a 2015 es que el equilibrio de fuerzas ha cambiado. Cuando se firmó el JCPOA, Irán negociaba bajo una fuerte presión internacional y con una economía asfixiada por las sanciones. Hoy, en cambio, llega a la mesa después de haber resistido una campaña militar sin precedentes y de haber demostrado su capacidad para alterar el comercio mundial mediante el bloqueo de Ormuz.
¿Irán sale reforzado?
Este nuevo contexto refuerza la posición negociadora de Teherán. Las autoridades iraníes no han aceptado incorporar al debate dos de las exigencias históricas de Estados Unidos: la limitación del programa de misiles balísticos y la ruptura de los vínculos con sus aliados regionales, desde Hezbolá hasta los hutíes de Yemen. Es decir, dos de los principales argumentos que Trump había utilizado para justificar la ruptura del acuerdo anterior continúan sin resolverse.
Tampoco ayuda el cambio de liderazgo dentro de la República Islámica. La muerte del ayatolá Ali Jamenei durante la guerra ha acelerado el ascenso de una nueva generación más cercana a los sectores duros de la Guardia Revolucionaria. Esto alimenta las dudas sobre la viabilidad de un pacto a largo plazo y aumenta la desconfianza mutua.
Por ahora, lo que existe es poco más que un documento marco. El propio vicepresidente JD Vance lo ha descrito como un texto muy genérico. Trump continúa advirtiendo que "el infierno" caerá sobre Irán si intenta obtener el arma nuclear, mientras Teherán reclama garantías económicas y políticas antes de dar nuevos pasos.
El resultado es un acuerdo que puede servir para detener la escalada inmediata, pero que nace rodeado de incógnitas. La gran ironía es que Trump podría acabar defendiendo una fórmula extraordinariamente parecida a la que enterró hace años. Con una diferencia relevante: ahora Irán negocia desde una posición de fuerza muy superior y el precio político y económico para conseguir su firma parece considerablemente más elevado.